Actualmente, en el mundo, ocho de cada diez asesinatos de personas trans suceden en Latinoamérica (ver carta abierta de la Alianza) y un porcentaje significativo en Centroamérica. Estos crímenes de odio no son nuevos; lo nuevo es que ahora sabemos que suceden. Y conociendo este fenómeno la pregunta es ¿qué vamos a hacer?

Después de los hechos de violencia y los asesinatos de las compañeras y colegas trans, la cosa que más me sorprende y también duele es la creciente apatía y falta de interés que despierta entre muchas de las organizaciones y líderes. En forma creciente recibimos correos reportando crímenes de trans en los e-groups de la región, algunos de los cuales cuentan con más de una decena de miles de usuarios. Y en algunos casos recientes estos mensajes no han sido seguidos por otros de apoyo, empatía, repudio o denuncia. ¿Será que nos acostumbramos? ¿O estaremos “naturalizando” este tipo de hechos?

Muchos de nosotros nos hemos sentido discriminados y excluidos en algún momento de nuestras vidas por la homofobia, la lesbofobia, el machismo, la transfobia, la xenofobia, como así también sufrimos el estigma y la discriminación hacia las personas que vivimos con el VIH, quienes usan drogas o ejercen el trabajo sexual. Pero me atrevo a afirmar que en el caso de las personas trans, a muchas de las reacciones arriba mencionadas se suman otros fenómenos únicos, lo que las ubica, en mi opinión, entre las más excluidas de los excluidos. No estoy promoviendo una competencia de “quien sufre más”. Es tan solo un observación basada en mi experiencia personal y profesional.

En los años ‘90, además de trabajar en VIH, milité en el movimiento de la diversidad y los derechos civiles. Muchos de nosotros aprendimos cuán difícil fue (y debe seguir siendo) lograr la integración y la participación activa de las trans en los movimientos sociales. En aquel entonces, en las largas reuniones de las organizaciones gays, lésbicas, travestis y transexuales, para discutir el cambio en una ley o la organización de la Marcha del Orgullo, uno podía ver la falta de paciencia, las dificultades de participación e integración, llegando en algunos casos a generar tensiones.

Siempre ha existido algún nivel de transfobia en la comunidad gay y lésbica, aunque creo que en los últimos años ha mejorado mucho. Pero lo peor que podemos hacer es subestimar las diferencias. Muchos de los movimientos sociales han tenido al frente a grandes líderes experimentados y en muchos casos formados (desde la educación formal hasta el grado universitario), de un origen de clase media, de pensamiento progresista en su mayoría y con algún grado de conciencia y participación política.

La mayoría de las trans que podemos ver en nuestras capitales han migrado desde otras provincias y estados, han sido víctimas de violencia y discriminación intrafamiliar, llegando en algunos casos a la expulsión del seno familiar. Esta exclusión es vivida también en las instituciones educativas cuando la identidad de género diferente se manifiesta en forma temprana. Ellas migran a las grandes orbes y en porcentajes muy altos optan por ejercer el trabajo sexual.

Esta puede ser un generalización injusta para con las características e historias de muchas trans en particular, pero con las disculpas del caso, quiero establecer aquí una teoría. Una teoría que refiere que los movimientos diversos, como por ejemplo el GLTTBI o el de personas viviendo con VIH, reúnen espontáneamente a un grupo de personas que lo único que tienen en común es o una determinada orientación sexual o una identidad de género o un virus en sus cuerpos. Por lo demás, son totalmente diferentes y probablemente jamás se juntarían de no mediar estas circunstancias. Por eso me parece que en el trabajo coordinado y participativo en derechos humanos, diversidad y VIH/SIDA no se deben subestimar las diferencias, ni las más obvias ni las más sutiles. Se trata de un trabajo permanente, individual e institucional, para achicar estas brechas.

Yo siento que por una lado las líderes y luchadoras trans han crecido y se han formado contribuyendo a reducir la percepción de estas diferencias. Sin embargo, el resto de nosotros pareciera haber entrado en muchos casos en un cómodo estado de negación. El no asumir estos fenómenos e interpelarse a sí mismo constantemente sobre nuestra transfobia internalizada contribuye también a la pérdida de empatía, ubicando a estas personas en el lugar de “las otras”, donde difícilmente nos podemos identificar con sus necesidades y la tragedia que afrontan. Dejándolas, sin quererlo, solas.

Desde el año 1998 vengo trabajando en programas y proyectos junto a las trans y sigo aprendiendo cada día con ellas. Junto a las mujeres trabajadoras sexuales, las trans son expertas en la respuesta al VIH/SIDA, al nivel de una maestría o un doctorado, en cuanto a: trabajo sexual, prevención del VIH, temas relacionados con el comportamiento humano, estigma, discriminación y violencia de género. Pero no olvidemos nunca que estas credenciales las adquirieron en la “Universidad de la Calle”, en total exposición e incluso poniendo el cuerpo para recibir algunas de estas dolorosas lecciones.

Creo que más allá de los llamados a las acciones coordinadas, todos debemos hacer una reflexión sobre lo que nos pasa con las trans. Está sucediendo una matanza sistemática de esta población que no se detendrá solamente con denuncias e incidencia política. También es necesario un urgente cambio de actitud. Rompamos con la inercia y la pasividad, que hace síntoma en el silencio de los correos. A pesar de no ser una persona transgénero, deberíamos hacer un esfuerzo consciente por ponernos en sus zapatos, aunque sean de taco muy alto.

Definición de La Otredad: La palabra otredad parece tratar de substancializar femeninamente al sustantivo “otro”, usándose precisamente para caracterizar a lo que no es propio (o no soy yo, en última instancia).

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