Actualmente el modelo de financiamiento del Fondo Mundial está basado en los resultados y pone énfasis en los números (cuánto se gastó, a cuántas personas se alcanzó) y en los indicadores sanitarios como la ampliación de cobertura, pero no se toman en cuenta los indicadores de tipo social o de contexto como por ejemplo las debilidades en el sistema nacional de salud y en la cadena de suministro de medicamentos.

Esto genera a su vez una forma autómata de trabajar, dejando de lado nuestra visión como sociedad civil. Y dará siempre como producto un informe irreal de nuestra situación, debido a que invisibiliza una serie de factores fundamentales para la toma de decisiones y la medición del impacto.

Ningún impacto es duradero si no atacamos las raíces estructurales de los problemas: en el acceso universal hay que ir más allá de analizar cuántos tratamientos se entregan para evaluar la calidad de los paquetes de atención, si estos existen.

Es necesario consolidar políticas y presupuestos a nivel local, nacional y regional que nos permitan no depender del Fondo Mundial. Para ello hay que sincerar los números estimados y reales de tratamientos necesarios, fortalecer los procesos de compra y la cadena de distribución, y recuperar la noción de “propiedad de país”: las prioridades nacionales las fijamos nosotros y nosotras a partir de la escucha activa de las necesidades de las comunidades más afectadas.

Llamamos a un análisis al interior de las organizaciones de la sociedad civil, que implique un estudio profundo de la sinergia entre los programas financiados y los planes nacionales de lucha contra las enfermedades. El activismo es el corazón de los logros del acceso universal. Si nos quedamos callados y no evidenciamos de manera sistemática y propositiva las debilidades y desafíos del proceso, nos estamos fallando a nosotros mismos.

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