Guadalajara es la ciudad del tequila y el mariachi. Incluso, una frase reza: “Jalisco es México”. Sin embargo, al estar en la parte occidente del país, la lucha contra la homofobia es diferente a la que se lleva a cabo en la ciudad de México.

En Jalisco el peso de la religión católica, las declaraciones homofóbicas del jerarca representante y del propio gobernador del estado, las megamarchas de grupos conservadores que se autonombran “defensores de la vida y de la familia” son una marea difícil de sortear a favor de la igualdad y la inclusión.

A pesar de eso hay quienes luchan y no se quedan callados por combatir la homofobia en Guadalajara, una ciudad donde se encuentra la arquidiócesis más grande de México y donde recientemente se llevaron a cabo manifestaciones en contra de los homosexuales y sus derechos. Si bien hay más luchadores sociales que poco a poco iremos conociendo en Corresponsales Clave, estos tres testimonios son un reflejo de la situación actual.

Rodrigo Rincón: “El avance es por el activismo, como si fuéramos los únicos responsables de combatir la homofobia”

Rodrigo Rincón

Su historia como activista es reciente, pero aún así su nombre es un referente mediático para hacer contrapeso cuando hay palabras de odio hacia gays y lesbianas. Sonriente, amable y siempre luciendo un look diferente, Rodrigo Rincón aparece en los medios de comunicación como representante de la organización civil Codise. Hoy lo hace sin miedo, pero no siempre fue así.

El 23 de diciembre de 2002, la primera vez que decidió unirse a combatir la homofobia, fue víctima de actos homofóbicos por parte de la policía. “Unos policías me pidieron revisar el coche y los dejé hacerlo. Tenía mucho miedo porque nunca me había pasado. Me acusaron de estar prostituyéndome y se llevaron mis cosas, entre ellas una computadora portátil, recomendándome que no hablara para no pasar navidad en la cárcel”, cuenta Rodrigo.

“Al verme un chavo (joven, muchacho) gay aprovecharon la situación”, reconoce al narrar lo ocurrido a la distancia. Por eso inició su trabajo de activista. Entonces Rodrigo pensó “tengo que hacer algo para que esto no suceda, para que otros no comentan los errores que cometí yo”. Fue así que comenzó a identificarse con el tema y como joven se postuló para ser diputado por un día, instalando el debate sobre la homofobia y la discriminación hacia gays y lesbianas.

Más adelante, cuando estudiaba Derecho, un profesor insistía con comentarios homofóbicos que alentaban la burla de sus compañeros. Rodrigo no se quedó callado y denunció al profesor de la Universidad de Guadalajara. El Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) intervino en el caso y el profesor recibió una capacitación para no discriminar en el aula y no cometer actos homofóbicos contra los estudiantes.

Rodrigo Rincón lamenta que Jalisco no sea un estado laico y que se les dé peso a los jerarcas de la iglesia, que “ha difundido el miedo para que gays y lesbianas no se atrevan a dar el paso para salir del clóset, asumiendo su identidad sin ser recriminados o juzgados”.

Para Rodrigo los logros en la lucha contra la homofobia se han dado desde la sociedad civil: “Los eventos contra la homofobia son impulsados por las organizaciones civiles; no hay ningún legislador ni candidato ni organismo del gobierno que impulse ese tipo de acciones”. Rodrigo señala que “el avance es por el activismo, como si fuéramos los únicos responsables de combatir la homofobia”.

Razones sobran para indignarse, enojarse y hasta deprimirse. 41 crímenes de odio en Jalisco, la mayoría impunes, que no son investigados. Aún así, en un momento Rodrigo sonríe ante la pregunta sobre qué satisfacciones le ha dado ser un activista que combate la homofobia. Y responde: “La mayor satisfacción es cuando en la calle un chavo que me encuentra me dice ‘gracias, te escuché y me dio ánimos para decirles a mis papás y a mis amigos que soy gay’.”

José Eduardo Rodríguez: “Nos agredieron verbalmente diciéndonos putos, maricones. Eso me abrió los ojos y me hizo ver que faltaban muchas cosas por hacer”

Eduardo Rodríguez

Por primera vez en Jalisco existe desde hace dos años una Red Universitaria de la Diversidad Sexual. Con el lema “las universidades no necesitan armarios”, Eduardo ha salido del closet al tiempo que inició su proceso como activista en defensa de los derechos de la población gay.

Tiene apenas 22 años y estudia la licenciatura en sociología en la Universidad de Guadalajara. Desde ahí ayuda a que más jóvenes gays y lesbianas conozcan sus derechos y se empoderen.

La red que dirige surgió como un llamado a la acción de estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México que promueven campañas anti discriminación en las aulas con el fin de “acercar información científica y veraz para acabar con ciertos prejuicios que pesan sobre la comunidad homosexual”, explica Eduardo.

La Red Universitaria de la Diversidad Sexual organiza una Marcha del silencio en memoria de las víctimas de la homofobia, lesbofobia y transfobia. De 1995 a 2010 se han cometido 41 crímenes de odio “pero estas cifras se pueden incrementar si consideramos que las familias no denuncian”, advierte José Eduardo Rodríguez.

Según Eduardo, en Jalisco y en el resto del país “los crímenes de odio por homofobia se mantienen impunes y no hay iniciativas de políticas públicas que busquen erradicar la discriminación”. Lo más grave es que esto alienta “la resistencia de las familias a que se investigue aunque conozcan las razones; sigue habiendo una negación de los crímenes y continuar clasificándolos como crímenes pasionales contribuye a ocultar que se trata de crímenes de odio”, explica Eduardo.

Para Eduardo Rodríguez, en México como en otros países de la región, los avances en el terreno de la diversidad sexual son lentos: “los logros que veo son que en la ciudad se han recuperando espacios, es una ciudad de activistas que están viendo que nosotros podemos tomar las calles para exigir derechos”, dice.

Ser un activista que organiza marchas contra el odio a gays y lesbianas fue un camino que Eduardo inició al vivir la discriminación en carne propia: “Tuve una discusión con unos policías; iba tomado de la mano con mi pareja y varios policías nos detuvieron durante media hora y nos agredieron verbalmente diciéndonos ‘putos, maricones’. Eso me abrió los ojos y me hizo ver que faltaban muchas cosas por hacer y que teníamos que tener mucho valor para denunciar esto. Luego nos pidieron que nos retiráramos de la plaza donde estábamos”, recuerda.

Eduardo se fue de una plaza pero recuperará otras más, por aquellos a quienes el miedo les ha hecho irse. De la misma forma como hizo él ese día que no se volverá a repetir.

Jaime Cobián: “En México hubo gays y lesbianas que desgraciadamente murieron y no tuvieron la oportunidad de manifestarse, como nosotros

Jaime Cobián

Jaime Cobián

Su voz es firme y todos callan cuando da un discurso ante el megáfono. Irreverente y con una dosis de humor negro, su imagen quedó en la memoria cuando se disfrazó del Cardenal Juan Sandoval Iñíguez, quien ha pronunciado discursos homofóbicos.

“Los homosexuales, lesbianas y transgéneros hemos sido a lo largo de 189 años discriminados. En México hubo homosexuales y lesbianas que desgraciadamente murieron y no tuvieron la oportunidad como nosotros de manifestarse. Hombres a quienes por el solo hecho de ser afeminados los agarraban, los apedreaban, los encarcelaban y los llevaban a las islas Marías; no lo estoy inventando, pueden ver los informes de la presidencia municipal de los años ‘20”, grita en sus discursos Jaime Cobián, el mismo que confeccionó una enorme bandera gay.

Se inició como activista por los derechos de la comunidad gay en 1983, cuando era muy difícil encontrar libros sobre sexualidad en la ciudad. Entonces comenzó a darse cuenta de la homofobia que existía. Recuerda que en 1988 había dos transexuales que ejercían el trabajo sexual, y oyó a la policía ordenar “¡Hay dos degenerados que se visten de mujer y tienen sida! ¡Manden patrullas ya!”. “Imagina cómo era de difícil la vida”, reflexiona.

El Parque Revolución era un punto de encuentro para los homosexuales, a donde frecuentemente “llegaban chavos y te agarraban a madrazos, a golpes” y si había policías “no hacían nada”. “Dejaban a los chavos casi muertos de los golpes”, dice con el rostro serio y el silencio invade el lugar.

Durante la entrevista en un café vemos pasar a una pareja de adolescentes gays tomados de la mano. Para Eduardo ése es el avance que se dado en la sociedad: “Los lugares donde antes podías vivir tu sexualidad eran clandestinos, pero ahora es distinto”, explica. Reconoce que “quizás ahora no se viven los golpes con la complicidad de la autoridad, pero en otras regiones del estado puede vivirse distinto”.

Para Jaime Cobián las formas de discriminación y homofobia, aunque sutiles, siguen existiendo. Por ejemplo, en Guadalajara hay una zona con bares abiertamente gays, lo que según Jaime hace que la policía llegue con otras formas de presionar a la comunidad. “Hacen operativos para levantar los coches, obligando a los chavos a negociar porque su vida es clandestina aún; prefieren corromper al agente vial antes que les aparezca una multa con la dirección de los bares gay”, explica.

Por cada voz que los grupos conservadores quieran callar, la de Jaime Cobián –al igual que la de muchos otros activistas en México- seguirá estando ahí para decir “¡Basta a la homofobia!”.

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