El 2 de junio se conmemora el Día Internacional de las Trabajadoras Sexuales y en todo el mundo se realizan actos, marchas y eventos para llevar diversos reclamos a las autoridades y parlamentarios, como así también, para acercarse a la opinión pública y desmitificar el Trabajo Sexual, contribuyendo así a reducir el estigma y la discriminación.

Acompañamos este 2 de junio en Buenos Aires, a la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentinas (ammar) en su demostración en la plaza frente a las Cámaras de Diputados y Senadores de la República Argentina. El reclamo a los parlamentarios dice: “Les exigimos a todos los diputados y senadores que empiecen a legislar también por nuestros derechos, a legislar para todas y todos mas allá de sus posturas personales. Queremos una legislación que nos contemple, nos contenga, que nos otorgue derechos y obligaciones como a cualquier otro/a trabajador/a”.

¿Por qué el 2 de junio?

En Francia, un 2 de junio de 1975 alrededor de 150 mujeres trabajadoras sexuales ocuparon la Iglesia de St. Nizier en la ciudad de Lyon, para protestar por la situación de violencia que sufrían. El pueblo las protegió y apoyó el reclamo de estas mujeres, y la demostración se extendió por otras ciudades como Marsella, Montpellier, Grenoble y París. Este primer grupo de valientes mujeres dijo basta a la violencia y represión policial y pidió la intervención del gobierno para mejorar sus condiciones de vida y de trabajo. Los medios de comunicación y algunos sectores de la política se hicieron eco transformando a esta “barricada” de trabajadoras sexuales atrincheradas en una iglesia en un fenómeno internacional. La madrugada del 5 de junio la policía ingresó a la iglesia y las reprimió. Nada cambió entonces, pero las organizaciones decidieron, en reconocimiento a estas mujeres, marcar el 2 de junio como el día internacional para conmemorar a estas luchadoras.

¿Cuáles son las actuales reivindicaciones?

Lamentablemente, los reclamos se parecen mucho en las últimas casi cuatro décadas. Las trabajadoras sexuales siguen siendo “presa fácil” de la corrupción y la violencia institucional, especialmente encarnada en las fuerzas de seguridad. El “peaje” que la policía cobra a las trabajadoras resulta ser una de las principales fuentes de recursos para las “cajas chicas” de las policías del mundo, razón por la cual terminar con estos sistemas extorsivos es mucho más complejo, aunque no imposible.

Los prostíbulos y proxenetas contribuyen también a estas cajas. Las mujeres trabajadoras sexuales y trans que ejercen el trabajo sexual son un blanco habitual para los hechos de violencia callejera, abuso, tortura y asesinatos que resultan impunes, como lo hemos reflejado en artículos anteriores. Pero aún los países más progresistas de la región tienen en este tema una gran asignatura pendiente, y cada crimen impune es en sí mismo una tragedia a la que se sumaría un mensaje sobre que la impunidad es posible y que no todas las ciudadanas son iguales ante la ley.

Las trabajadoras sexuales vienen enfrentando el estigma y la discriminación a niveles bíblicos, aún cuando recientemente podemos ver algunos progresos en términos de la comprensión y respeto en la opinión pública, un manejo mejor en algunos medios de comunicación, no debemos olvidar que esto no es más que un fenómeno de “tolerancia ampliada”. Y que la realización plena de los derechos se alcanza cuando todos los sectores, en particular el gobierno y la ley, las reconocen como sujetos de derechos. Un ejemplo del efecto explosivamente positivo que tiene la introducción de normas progresistas y respetuosas de los derechos humanos en nuestros países y sociedades ya se puede sentir en Argentina y México con la reciente sanción y aplicación de las leyes de matrimonio igualitario.

Las trabajadoras sexuales enfrentan formas más sutiles de discriminación dentro de los servicios de salud, donde los profesionales se centran en sus genitales y en la profilaxis de las infecciones de transmisión sexual y el VIH, sin ocuparse de su salud integral como mujeres y madres. Existen algunas experiencias de centros de salud especialmente dedicados a esta población, pero estas son medidas paliativas hasta tanto mejore la atención en la mayoría de los servicios con profesionales de salud sensibilizados y capacitados.

Victimizar a todas

La “madre de todas las batallas” es el reconocimiento del trabajo sexual como trabajo, punto de partida para poder luchar por condiciones y derechos laborales. Esta noción permite la oportunidad de organizarse en centrales de trabajadoras independientes, que tributan impuestos y tienen acceso a la salud y a una jubilación. Sin embargo, no es tan fácil como parece y no basta con que una comunidad quiera autónomamente construir una identidad (personal y política) y nombrarse de determinada manera, en este caso como trabajadoras sexuales. Este colectivo enfrenta una fuerte resistencia en algunos grupos y organizaciones de (otras) mujeres, de corte abolicionista, que las nombran como prostitutas. Rechazan y buscan eliminar al trabajo sexual como trabajo, entre otras cosas por considerarlas a ellas mujeres oprimidas.

Casualmente, el mismo 2 de junio un artículo en el sitio Artemisa refleja esta postura, donde Ana Lia Glas escribe: “Adhiero a los planteos abolicionistas. Considero la prostitución como una violación a los derechos humanos de las mujeres porque es violencia, subordinación y opresión. Implica la mercantilización del cuerpo y de la subjetividad de las mujeres en la sociedad capitalista y patriarcal en que vivimos.” Me pregunto: ¿Qué derecho tienen algunas intelectuales, académicas y activistas en otras cuestiones de género a semejante afirmación? Definir cómo deben ser y llamarse otras mujeres, a “punta de bibliografía” y aboliendo, ¿no es al menos violento y paternalista, con un aroma a patriarcado? Que fácil parece ser acomodar, etiquetar y ordenar la realidad, a las personas, comunidades y mujeres a través del uso elitista del conocimiento.

La trata de personas no es igual a trabajo sexual

En los últimos años hubo un incremento de la preocupación y atención a la problemática de trata de personas. Era necesario y oportuno que el tema tuviera importancia en la agenda de algunos tomadores de decisión, sobre todo por tratarse de un fenómeno muy complejo. Delito normalmente vinculado a entramados de corrupción con fuerte complicidad de algunos gobiernos o fuerzas de seguridad. Es el poder ejecutivo, legislativo y judicial el que debe tomar el tema de trata como una prioridad y como un fenómeno integral. Lamentablemente no es así. Los primeros esfuerzos alimentados por raras agendas foráneas confunden trabajo sexual con trata, y como consecuencia avanzan en algunos casos con normas o leyes que como efecto secundario reprimen a las trabajadoras sexuales, que ejercen la profesión por decisión y voluntad propia. Estos “daños colaterales” podrían reducirse si en la discusión del tema de trata se incluye la participación activa de las organizaciones de trabajadoras sexuales.

Elena Reynaga, Secretaria de AMMAR Nacional, dijo en el acto de hoy: “No se puede seguir confundiendo a la trata de personas con el trabajo sexual. Nuestra organización está comprometida con la lucha contra la trata de personas porque es una forma de esclavitud, es una violación de los derechos humanos que incluye el secuestro, la violación y la tortura, y también se trata de un delito. Son nuestros gobiernos y nuestros legisladores quienes deben hacer su trabajo para combatir la trata de personas vinculada con la explotación sexual, como también la laboral en talleres clandestinos. Exigimos la persecución real a los proxenetas y a los tratantes y no a las mujeres mayores de edad que prestamos un servicio por voluntad y decisión propia”

Quizás es hora de unirse en serio para trabajar el tema de trata. No esperar que en soledad los grupos comunitarios de base de mujeres trabajadoras sexuales enfrenten a estas multifacéticas mafias. Tampoco verse tentados a usar un tema tan costoso para empujar agendas de abolir y reglamentar. Hoy en Argentina y en el mundo hay cientos de miles de mujeres trabajadoras sexuales organizadas que ya no están dispuestas a seguir discutiendo sobre si el trabajo sexual es trabajo, y mucho menos parecen dispuestas a hacerlo con aquellas que no son trabajadoras sexuales. Hay que cerrar un poco los libros y abrir un poco más los oídos para escuchar y el corazón para sentir la valentía que contagian estas líderes, que encabezan una de las revoluciones contemporáneas.

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