En la nota periodística de la sección policial del sábado 6 de agosto a Gaby no la tomaron en cuenta como una mujer transexual. Hicieron énfasis en los golpes y quemaduras que recibió y, para seguir con la costumbre, dijeron que “se trataba del cadáver de un hombre que estaba vestido de mujer y contaba con algunas operaciones en el cuerpo.”

Esa nota quedó en la hemeroteca del periódico mientras que para su madre quedó el dolor de perder a Gaby, la sonriente y simpática, la que siempre se preocupaba por los demás y contribuía con la economía familiar.

Para sus amigas y compañeras en la zona de Plaza del Sol, área de trabajo sexual en Guadalajara, era la compañera que trabajaba en la prevención del VIH, que formaba parte de la Red Mexicana de Mujeres Trans, la que era un modelo a seguir por su vida tranquila alejada de las drogas.

Así se explica por qué su muerte causa tanta indignación; por eso entendemos que haya convocado a tantos manifestantes hartos de la transfobia, el miedo u odio a las personas transgénero. “Mucho dolor e indignación. Mucha rabia por cómo hicieron las cosas. Mucho coraje e impotencia por no saber quién o por qué motivo le hicieron eso”, fueron las palabras de una de sus familiares.

La ausencia de Gaby generó tanto dolor que decenas de velas forman una cruz adornada con una bandera con los colores del arco iris. Su familiar, quien teme pero no calla, dice: “Queremos justicia y que esto no quede así porque peligran todas estas otras muchachas.”

Sus amigas no quieren dar su nombre ni mostrar su rostro. Temen, porque hasta la fecha no se ha consignado a ningún responsable. El asesino sigue libre. Pese a su miedo, aceptan hablar y recordar cómo era Gaby: “una chica muy buena onda, como decimos todas acá de este lado, era una chica muy nice que se llevaba bien con todas, todas nos llevábamos muy bien con ella, nunca teníamos problemas, era una chica muy light la verdad.

Lo que le pasó a ella las hace sentirse vulnerables. La forma más cruda de transfobia es el asesinato, pero cotidianamente las mujeres trans que se dedican al trabajo sexual reciben insultos y agresiones. Como contaba una de las chicas: “Recibimos agresiones verbales, nos tiran objetos con maldad o con la intención de agredirnos. Hay mucha ignorancia y lo hacen para fastidiarnos.”

Desde que ocurrió lo de Gaby, las mujeres trans que se dedican al trabajo sexual en la zona de Plaza del Sol están angustiadas. “Son días de mucho miedo y mucho temor porque no se sabe qué puede pasar, sobre todo porque las autoridades no nos protegen; muchas chicas ya no quieren venir por miedo de lo que pueda pasar”, confiesan con preocupación.

Las velas siguen encendidas. El paso de los automóviles amenaza con apagar el fuego pero las amigas de Gaby se agachan con cuidado para volver a encender cada vela. Es una noche en la que organizaciones civiles y activistas se reunieron, donde no hubo diferencias.

Jaime Cobián, de la Organización Civil Codise, es uno de los que se solidariza junto a los demás integrantes de esta organización. Lo hace porque es una responsabilidad no quedarse callado y recuerda cuando hace años agredieron a otra mujer trans: “Hace no más de 8 años estuvimos aquí porque balacearon a una compañera transexual; en aquel momento el ayuntamiento dijo que iban a poner unas cámaras de vigilancia. Si estas cámaras estuvieran habrían visto quien se llevó a Gaby, habría datos, información.”

En Guadalajara, el gobierno de Jalisco barre la casa, arregla la ciudad, prepara el escenario para los próximo XVI Juegos Panamericanos en octubre. Sin embargo, señala Jaime Cobián, “Lo más lamentable, y lo que nos preocupa, es que con los juegos panamericanos van a venir muchas transexuales, muchos homosexuales y lesbianas y ¿qué seguridad les está ofreciendo el Estado? Es algo preocupante.”

Encienden más velas y Armando Díaz, terapeuta, psicólogo e integrante del Centro de la Diversidad Sexual ayuda a entender por qué tal grado de violencia hacia las mujeres trans: “Evidentemente hay un odio muy profundo, no es un asunto personal. Es un odio que viene por esa dificultad para entender que una persona pueda vivir su ser distinto a lo que era su cuerpo biológico, a lo que se espera de ella.” Y agrega: “Las trans viven una violencia verbal cotidiana, institucionalizada, naturalizada. Es decir que a la gente le parece natural que se agreda a las personas transgénero.”

La familia de Gaby llora, se limpia los ojos y sostiene una cartulina de color vibrante mientras que Víctor Dante Galicia de la Organización Civil Checcos advierte que dentro de la comunidad de la diversidad sexual las mujeres trans están invisibilizadas: “No existen datos epidemiológicos exactos sobre su situación frente al VIH.” A esto se suma la constante agresión social que viven: “Históricamente, las mujeres trans han hecho visible la decisión corporal de transformar una cultura. Siguen siendo las mujeres transexuales las que en el ambiente de la diversidad sexual viven la violencia más cruda.”

Pese a que el cuerpo de Gaby está calcinado, gracias a un tatuaje y su cabellera los familiares pudieron reconocerlo en la morgue. Las autoridades aún no lo entregan a los familiares porque están realizando pruebas de ADN (cuyos resultados se conocerán dentro de dos semanas) debido a que hace unos días las autoridades entregaron a una familia un cadáver equivocado. Sin velatorio ni entierro el dolor aumenta.

Lo peor, señalan los familiares y amigos, es que las autoridades les pidieron fotografías de las “últimas parejas sexuales” de Gaby, lo que los activistas consideran una salida fácil para tipificar el asesinato como crimen pasional. Para Víctor Dante Galicia, es grave que “en México todos los crímenes de odio se clasifican así. Tenemos un Estado que no reconoce que es una sociedad trasgresora de la diversidad sexual. Mientras sigamos ocultando todo como crímenes pasionales, seguiremos ocultando la realidad.”

Este activista lamenta que no existan datos certeros sobre la cantidad de mujeres trans asesinadas en Jalisco, pese a que ostenta el cuarto lugar a nivel nacional en cuanto crímenes de odio por homofobia, según información del pasado informe de la Comisión Ciudadana de Crímenes de Odio por Homofobia de la organización civil Letra S.

Los allegados a Gaby tienen los ojos rojos del llanto. Sus hermanas, la voz quebrada y el dolor en el pecho. Enrollan la cartulina con las consignas y amablemente se despiden de cada una de las personas que asistieron a manifestarse. Lo hacen con una palabra: gracias.

Los activistas están callados. Palabras como “indignación” y “frustración” intentan demostrar el sentimiento que invade a la población de la diversidad sexual. Se solidarizan, se reúnen, exigen y advierten que seguirán firmes en luchar por el respeto de los derechos humanos de esta población.

En el pavimento la cruz formada por las velas sigue ardiendo. Es de noche y las mujeres trans –en menor número que lo habitual debido al miedo que generó el asesinato de Gaby- están paradas sobre la calle por donde pasan los coches, algunos con sigilosos clientes y otros con pilotos que les escupen palabras de odio y burla. Las velas continúan prendidas, recordando a Gaby, como señal de la exigencia de justicia. Aunque el viento intenta apagarlas sus amigas vuelven a encenderlas como una forma de gritar ¡alto! y no resignarse a que ése sea su destino.

Imágenes gentileza de Dabeat Ochoa Durán, integrante de CODISE (Cohesión de Diversidades para la Sustentabilidad, Asociación Civil).

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