En la década de los ‘90 en Nicaragua despuntaron las organizaciones no gubernamentales (ONG) a favor de los derechos humanos. Carlos Tünnermann Bernheim, uno de los intelectuales nicaragüenses de mayor peso en Latinoamérica, las elogia porque trabajan más en estrecho contacto con la gente que los programas gubernamentales. Por el contrario, Domingo Quilez, analista político, señaló hace algunos años que la solidaridad internacional fue apropiada y privatizada por las ONG y las acusa de haber fracasado en resolver los problemas de la gente, que no sirven como mecanismos para la participación ciudadana y que más bien han sido absorbidas por el sistema neoliberal.

Pero poco se dice acerca de que el verdadero compromiso con los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) lo han asumido las organizaciones en cuestión, con la triste vergüenza de que algunos funcionarios públicos confundan los ODM con el programa humanitario estadounidense.

Coincidiendo con los vaivenes político-partidarios y en medio de prejuicios y fragmentaciones institucionales apareció la epidemia del VIH, retando a Nicaragua a reconocerlo como un asunto de salud pública y de desarrollo económico. Las ONG han mostrado que existen factores ocultos que inciden en el poco éxito de las menguadas políticas de respuesta ante el VIH, que tienen que ver con los comportamientos y relaciones sociales basadas en el poder que un grupo ejerce sobre otro, así como con el estigma y la discriminación.

En septiembre pasado se realizó el Foro de Sostenibilidad de la Respuesta Integrada ante el VIH, organizado por Visión Mundial y la Iniciativa para el Fortalecimiento de la Respuesta al VIH. Participaron, además de adolescentes y jóvenes, integrantes de distintas organizaciones de la sociedad civil y organismos rectores como ONUSIDA.

El Dr Alberto Stella de ONUSIDA expresó a Corresponsales Clave que en la última Reunión de Alto Nivel sobre el SIDA la mayoría de los países no alcanzaron las metas de prevención y atención y que el Estado nicaragüense fue actuando progresivamente pero todavía se necesita un liderazgo asumido, y que éste debe expresarse desde el presupuesto general de la República. “En Nicaragua es muy difícil conocer el verdadero comportamiento de la pandemia y urgen más estudios especializados sobre la prevalencia real, pues resulta incomprensible que en Honduras, estando tan cerca de Nicaragua, con una población con comportamientos culturales y riesgos similares, haya 30.000 personas viviendo con VIH y en Nicaragua solamente 6.300”, señaló.

Esos datos reflejan tanto el retraso de la llegada del virus al país como el falso sentido de estabilidad que invisibiliza la complejidad, pues resulta extraño que Nicaragua tenga una escasa prevalencia y a la vez sea el país de América con más embarazos en adolescentes, mayor incidencia de violencia física, sexual y psicológica hacia las mujeres, grandes índices de alcoholismo en adolescentes y jóvenes, una inversión de apenas el 5% en educación básica y 9,5% en salud. Sin embargo, el 49% del presupuesto nacional se destina a salarios de funcionarios del Estado y a actos de corrupción estatal denunciados internacionalmente. Todos, agravantes de una epidemia que se muestra como el reflejo de estados débiles y fragmentados.

Para dar respuesta al virus no sólo hace falta aumentar la cantidad de pruebas y acceso a medicamentos. También hace falta una profunda toma de conciencia por parte del jefe de estado, de parlamentarios y ministros/as, un sentido de alianza y unidad con la sociedad civil organizada, actores claves y gobiernos. El accionar de una de ellas no significa el cambio total, pero es el eslabón de una cadena enmarcada en procesos de incidencia de bases, políticas públicas y medios de comunicación. Es la unión de las diversas acciones lo que produce cambios significativos.

Parte de esta respuesta está ligada al financiamiento internacional. De las casi 4.500 organizaciones no gubernamentales en Nicaragua muchas dependen de las donaciones que hace el Fondo Mundial y los organismos de cooperación, un dato preocupante porque el Fondo Mundial iniciará un proceso de cambios en cuanto a países receptores y estrategias de acción. Esto puede tener como consecuencia la desaparición de muchas ONG.

Desde ONUSIDA se insiste en recordar que los países que han tenido éxito son los que progresivamente han disminuido la ayuda internacional y han aumentado la inversión propia, pues los países dependientes no tendrán una respuesta sostenida a largo plazo.

No hay una solución inmediata a procesos tan complejos y estructurales como los que vive Nicaragua. Sin embargo, la recomendación principal es apostar a fortalecer las capacidades técnico-humanas de las organizaciones de la sociedad civil, en paralelo con el aporte al pensamiento ciudadano basado en la creación de un concepto de país donde todas y todos somos funcionarios, pero a la vez articulando alianzas estratégicas con otros Estados y actores claves.

Es importante que todas las organizaciones civiles den continuidad a sus procesos de fortalecimiento interno, autosostenibilidad y acción basados en la medición del impacto. Se trata de fortalecer los recursos humanos, mejorando las capacidades integrales y profesionales de las personas que en ellas colaboran.

El Estado nicaragüense debe adoptar una nueva declaración que reafirme los compromisos actuales y se comprometa con acciones para guiar y dar apoyo a la respuesta mundial al SIDA, retomando las recomendaciones de la Reunión de Alto Nivel y de las instancias internacionales como ONUSIDA o el Fondo Mundial.

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