Por Vladimir Encarnación Jáquez

Según el informe mundial sobre SIDA de la ONU, 33,3 millones de personas viven con VIH en el mundo. De este total el 52% son mujeres, lo que revela una aparente “feminización de la epidemia”. Además, el 68% vive en África subsahariana, reafirmando lo que todos sabemos desde hace años: África es la región más afectada de todo el mundo. Sin lugar a dudas las cifras resultan interesantes, pero hablar de VIH es mucho más que hablar de datos estadísticos; es mucho más que citar números de infectados y afectados; hablar de VIH es hablar de vida y, aunque nos duela, es también hablar de muerte.

Gentileza de ONUSIDA

La protagonista de esta primera historia de vida es Ileana (nombre ficticio que ella misma eligió por temor a ser estigmatizada y discriminada por su diagnóstico), una joven dominicana de 20 años que vive con VIH desde los 13. Supo que era VIH positiva cuando quedó embarazada y tuvo que realizarse una serie de exámenes médicos. Por desgracia perdió su embarazo justo antes de cumplir los 5 meses. Hoy Ileana intenta, con mucho esfuerzo, concluir sus estudios secundarios, y según me cuenta muy pocos conocemos su diagnóstico.

“No me gusta hablar con nadie sobre mi vida, ni siquiera mi madre sabe la verdad sobre mi estado de salud y gracias a Dios nunca he tenido ninguna recaída, ni siquiera me enfermo, creo que es un milagro de Dios”, me confió.

Para Ileana la vida no ha sido fácil. Desde que fue diagnosticada vive con temor, procura emplearse en espacios informales y evita los empleos donde deba realizarse cualquier tipo de examen de sangre. Según sus propias palabras, la vida desde aquel día la ha golpeado incesantemente. El primer gran golpe fue la pérdida de su embarazo y más adelante la muerte de su pareja. Pero lo peor, según relata, es vivir con miedo.

“Aprendí a no confiar en nadie, aprendí a callarme lo que siento, aprendí a llorar en silencio, aprendí a no sentir amor por nadie porque sé que nadie sentirá amor por mi”, exclamó.

Escuchar la historia de Ileana me partió el alma, y desde entonces me propuse escribir historias sobre personas que han sido discriminadas o estigmatizadas (por la razón que fuese) con la finalidad de recordarnos lo que realmente importa.

Más allá de los grandes donantes y más allá de los espacios de alto nivel están las personas como Ileana, que son las llamadas a beneficiarse de los aportes de los cooperantes, del trabajo de los activistas y de las reuniones y los tratados internacionales.

“El peor día de mi vida no fue cuando me diagnosticaron, fue cuando murió mi bebé, porque pensé que se trataba de un castigo divino por no hacerle caso a mi madre cuando me dijo que mi novio no era bueno para mí”, expresó.

Hoy Ileana participa de un grupo de jóvenes que trabaja en la prevención del VIH en su comunidad. Todavía teme hablar sobre su diagnóstico, pero cada vez se convence más de que el VIH será determinante en su vida solo si ella lo permite; de lo contrario seguirá siendo una condición de salud como cualquier otra.

“Hoy veo la vida de un modo diferente, sé que quizás pueda ser feliz. Hablar con otros jóvenes me hace sentir valorada y útil”, agregó.

Las historias como las de Ileana abundan. Lamentablemente también abunda el desconocimiento y el prejuicio. Hace falta seguir sensibilizando, informando y educando porque el mayor daño lo causan la desinformación, el estigma y la discriminación.

“Yo sueño con un mundo diferente, un mundo donde no tenga que esconderme, donde no sienta que seré rechazada si hablo sobre mi vida, un mundo donde no me sienta tan mal como me siento en muchas ocasiones. Quisiera que todos pensaran y actuaran como tú”, concluyó Ileana.

Todos los artículos pueden ser compartidos y publicados siempre que sean citados los datos de la fuente.