“Las mujeres trabajadoras sexuales en países de renta baja y renta media tienen 14 veces más posibilidades de infectarse con el virus del VIH en comparación con el resto de la población de mujeres. Estos hallazgos sugieren la necesidad urgente de programas de prevención del VIH de calidad. Se debe considerar el contexto legal y revisar las políticas que afectan el entorno del trabajo sexual, y se necesitan acciones que reduzcan el estigma, la discriminación y la violencia que enfrentan las mujeres trabajadoras sexuales”, afirma un estudio publicado precientemente por la Escuela de Salud Pública del Instituto Johns Hopkins en los Estados Unidos.

Este estudio ha sido publicado en el suplemento de enfermedades infecciosas de The Lancet y está basado en un meta-análisis de 100 investigaciones que sumarían una muestra representativa de más de 100.000 mujeres trabajadoras sexuales provenientes de 50 países. Analizando la prevalencia de VIH en todos estos países, una mujer que es trabajadora sexual tiene 14 veces más posibilidades de infectarse que una mujer que no lo es.

“No me sorprenden algunas de las conclusiones del estudio; reflejan muchas de las cosas que la red y nuestras organizaciones venimos diciendo y exigiendo. Me gustaría poner el énfasis en la información de países como Perú y México, que como sabemos se encuentran entre los que padecen los más altos niveles de violencia de género contra las trabajadoras sexuales y femicidios. No es casual”, comentó Elena Reynaga, Secretaria Ejecutiva de la Red de Mujeres Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe (RedTraSex).

También se han publicado los hallazgos del estudio PREVEN en el Perú, liderado por la profesora Patricia García, quien durante tres años recolectó datos en 26 sitios del país. Entre sus hallazgos provee evidencia científica de que en los sitios estudiados, ante la existencia de programas de prevención de calidad con una fuerte participación comunitaria y buen acceso al condón, se reducen considerablemente las posibilidades de contraer infecciones de transmisión sexual (ITS), entre las que se cuenta el VIH.

Estos resultados apoyan las conclusiones de otros estudios recientes sobre la necesidad de intervenciones integrales, más allá de la distribución de condones. En el Perú, en el 2006 se informó que el 96% de las trabajadoras sexuales usaban consistentemente el condón. Incluso, si una mujer trabajadora sexual estuviera cursando una ITS, gracias al uso del condón con su cliente este habría estado protegido. Como correlato, el estudio muestra que se verificó una reducción en la prevalencia de las ITS en hombres jóvenes en estas ciudades del Perú.

La tabla debajo muestra un análisis comparativo de la prevalencia entre mujeres trabajadoras sexuales y la población general de mujeres, el peso que tiene esa prevalencia sobre el total de la epidemia del VIH y, en el centro, las probabilidades de transmisión. Por ejemplo, en México, con una prevalencia del 6,2%, 2 de cada 10 personas con VIH serían mujeres trabajadoras sexuales, y tendrían 35 veces más probabilidades de infectarse que otra mujer.

“La salud pública siempre se ha ocupado más de sacarnos sangre para analizar cuántos virus tenemos, por eso es importante escuchar hablar sobre la necesidad de ocuparse de los derechos humanos y laborales. Aquí tenemos un conjunto muy interesante de evidencias científicas, ¿y ahora qué? ¿Dónde están los recursos financieros para los programas integrales y participativos? ¿Cuándo vamos a terminar la peligrosa y estéril discusión sobre si el trabajo sexual es trabajo? Discusión que le hace el juego a la violencia en lugar de proteger nuestra calidad de vida. Hay que tomarse con seriedad el legislar en forma progresista con nuestra participación. Los ministerios de salud y las agencias de cooperación deben entender y actuar diferente. Esto va más allá de un tema de salud”, concluyó Reynaga.

A pesar de que los informes de estos estudios son complejos y fueron publicados en inglés, son clave para el trabajo de la sociedad civil en la región. Quizás para la comunidad científica sean sorprendentes los hallazgos, pero no son una novedad para quienes trabajamos en estos temas hace años. Hay algo que tampoco ha cambiado: las evidencias científicas son excelentes y poderosas herramientas para la incidencia política.

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