Casi la mitad de las trabajadoras sexuales entrevistadas señaló a la policía como la institución más agresiva hacia ellas, seguida por la pareja, la familia, y otras mujeres. Cuando se les preguntó qué personas o instituciones las apoyaron más en situaciones de violencia, las trabajadoras sexuales identificaron a organizaciones de la sociedad civil, la familia, las amigas, la pareja, y en último lugar (con el porcentaje más bajo: sólo un 5%) la policía. Apenas el 3% de estas mujeres declaró no haber experimentado ningún tipo de violencia.

Estos son algunos de los resultados del trabajo de investigación “Mujeres, Violencias y VIH. Participación, Investigación e Incidencia Política (PIIP)” realizado en el segundo semestre de 2011 con el liderazgo de la Red Nacional de Personas Viviendo con VIH y SIDA de Bolivia (REDBOL) y el apoyo financiero de ONUSIDA.

Para la realización de esta investigación se entrevistó a una muestra de 189 trabajadoras sexuales de tres ciudades de Bolivia, además de mujeres viviendo con VIH y mujeres trans. Las ciudades escogidas fueron La Paz, Cochabamba y Santa Cruz, por ser las que presentaban la mayor cantidad de casos reportados de violencia hacia las mujeres. Mediante entrevistas individuales, grupales, y mapas corporales las mujeres fueron poco a poco abriéndose y dejando al descubierto las marcas psicológicas y emocionales de las situaciones de violencia vividas.

“Escuchar a las trabajadoras sexuales fue una experiencia muy dura porque las formas de violencia que sufren parecen una película de terror. En lo que hemos investigado juntas, no es fácil identificar algún apoyo para las trabajadoras sexuales, la mayoría de las personas e instituciones se sienten con el derecho de maltratar a una trabajadora sexual, porque ejerce el trabajo sexual”, explica Gracia Violeta Ross, coordinadora del estudio, reconocida activista en temas de género y VIH y mujer viviendo con VIH.

“Tú ¿qué haces, trabajas de puta, no puedes buscarte otro trabajo? (…) te has buscado eso, aguántate”, es la respuesta que una trabajadora sexual refiere haber recibido por parte de la policía al denunciar un caso de violencia. Y hay más: “No lo atacan al cliente sino a una, a la mujer (…) una chica me dijo que un hombre la violó, llamó al guardia y él le pegó a ella”. Estos testimonios abundan en el estudio. La violencia experimentada por las trabajadoras sexuales es de doble vía: son víctimas de violencia y nuevamente se exponen a ella al intentar denunciarla. Es que por ser “putas” no merecen la ayuda de la policía: “La policía sólo nos saca plata (…) En Oruro los locales son ‘tierra de nadie’, los policías no hacen nada (…) más bien, las mujeres tienen que pagar” o “La policía nunca nos va a tomar en cuenta; ‘yo odio a las putas’, me decía el policía”.

Investigaciones como esta ya existen en algunos países de Centroamérica y el Cono Sur, pero no se habían realizado hasta ahora la región andina. Este fue uno de los motivos que impulsó el estudio, junto con la hipótesis de que Una raíz del VIH está en la violencia, además de otras condiciones sociales y culturales, pero sobre todo en la violencia. Muchos programas de prevención y atención en VIH, en la práctica, en la vida cotidiana, están seriamente limitados porque la mujer sufre violencia”, reflexiona Violeta. Y agrega “Aunque los programas de prevención lleguen a las adolescentes, a veces es tarde, muchas de ellas experimentaron violencia desde muy temprana edad. Si somos serios/as sobre el objetivo de prevenir el VIH, tenemos que detener la violencia.”

Durante las entrevistas y trabajos en grupo que aportaron la materia prima para la investigación hubo confesiones duras y lágrimas, pero también contención y solidaridad. La experiencia de reunir a mujeres que viven con VIH, trans y trabajadoras sexuales para hablar sobre sus experiencias fue novedosa y positiva. Según Violeta, “No es muy difícil entender a una trabajadora sexual ni a una mujer trans, porque las mujeres que vivimos con el VIH también hemos experimentado muchas formas de violencia. Fue muy terapéutico y nos pidieron más sesiones de este tipo. Especialmente las trabajadoras sexuales, quienes nos contaron que nadie les pregunta cómo se sienten “como mujeres”; solamente les firman la libreta de salud (sin revisarles en muchos casos) y las despachan. Las trabajadoras sexuales necesitan mucho apoyo de todos los grupos de mujeres que se llaman a sí mismos defensores de los derechos humanos. Tristemente, somos las propias mujeres quienes a veces cometemos violencia contra las trabajadoras sexuales, no solamente con palabras sino con acciones.”

Mapa de las huellas de la violencia en el cuerpo de las mujeres: un aborto producido a patadas por el cafisho, estrangulamiento, cortes y quemaduras en las piernas por parte de los clientes.

Debido a limitaciones de presupuesto el estudio se centró en tres grupos de mujeres, pero las investigadoras sugirieron a líderes gay viviendo con VIH impulsar el mismo tipo de investigación en su comunidad, ya que ellos también han experimentado (y muchos lo viven a diario) situaciones de violencia.

No podemos, no debemos acostumbrarnos a la violencia. Según Violeta y las mujeres que participaron de las entrevistas, eso equivale a un suicidio. “Algunos hombres dijeron que el estudio no valía la pena porque siempre habrá violencia, probablemente es cierto, pero no por ello nos quedaremos calladas. Lo que me dio esperanza es que la lucha contra la violencia basada en el género tiene el potencial de unir a muchas personas e instituciones en una mesa de acuerdo común. Instituciones que a veces no quieren hablar del condón en la prevención del VIH, estuvieron presentes en los talleres de socialización”, concluye Violeta.

La publicación del estudio está prevista para fines de mayo. Por el momento se encuentra disponible un resumen con imágenes de los mapas de huellas de la violencia trabajados con la misma metodología por mujeres viviendo con el VIH, trabajadoras sexuales y mujeres trans.

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