Cuando recibí la invitación para asistir a la celebración de Miss Gay Nicaragua a fines del mes pasado tuve una mezcla de sensaciones, pues este tipo de eventos no me ha parecido imprescindible en el trabajo en pro de la equiparación de derechos de lesbianas, gays, bisexuales, trans e intersex (LGBTI).

Lo primero que llamó mi atención fue el lugar elegido para la realización del evento: el teatro nacional Rubén Darío, que constituye el máximo recinto cultural de la nación y en mi imaginario no figuraba  como el tradicional para una celebración de esta naturaleza.

Otro elemento que llamó fuertemente mi atención fue la publicidad visible del gobierno de la nación, con su eslogan “Gobierno de reconciliación nacional ¡Paz y unidad nacional!”. No pude evitar pensar en las implicaciones y lecturas que podría contener el mensaje, pero debo reconocer que me gustó  leer la frase reconciliación nacional en un evento LGBTI, como reconociendo que ha habido distanciamiento y exclusión de las comunidades de la diversidad sexual en la conformación de la visión de país.

Luego de superar los retos logísticos y de estilo para atender adecuadamente la invitación, enfilé con mis colegas centroamerican@s invitad@s al evento. En principio, reconozco mi sorpresa con el equipo encargado de inaugurar el  evento, que estaba liderado por el Director del Instituto Nicaragüense de Cultura –quien asumió personalmente la producción y montaje- y complementado por Keyla Rodríguez –una reconocida cantante local- y la lideresa trans Yandra Tatiana. Ell@s anunciaron el número de apertura, el cual me sorprendió gratamente por la calidad de su producción y la magnificencia del escenario.

Sin embargo, la sorpresa mayor vendría con la posterior presencia de familias LGBTI, quienes emitieron emotivos mensajes sobre la invisibilidad de las comunidades diversas en la sociedad nicaragüense, y sobre la necesidad de incluir en las actuales discusiones del Congreso de la República –en torno al código de familia- los elementos necesarios para garantizar la protección de otras familias que, pese a la feroz homofobia, lesbofobia y transfobia, contribuyen a construir el país desde el amor y la equidad.

Actualmente en Nicaragua se discute la aprobación del código de familia, el cual enfrenta enormes presiones para restringir constitucionalmente la protección de las familias LGBTI y  para vedar a futuro el reconocimiento de uniones civiles entre parejas del mismo sexo y otros esquemas familiares no tradicionales.

Las aguas siguen agitadas en Nicaragua luego del asesinato de un hombre gay y una mujer trans en diferentes departamentos del país, quienes fueron agredidos mortalmente por el simple hecho de ser parte de la comunidad LGBTI, así de sencillo. Los movimientos LGBTI actualmente están enfocados en impulsar el seguimiento al caso, del cual se ha identificado y detenido a tres responsables (hermanos de sangre) y todo depende ahora de la eficiencia del sistema de justicia nicaragüense que está siendo conminado a resolver en ley y reconocer como figura delictiva los crímenes de odio.

Dejando por ahora de lado la calidad de producción, la amplísima convocatoria y la magnífica función recreativa del evento, debo rescatar la invaluable perspectiva política de los movimientos, quienes además contaron con la presencia y manifiesto apoyo del Procurador de Derechos Humanos Omar Cabezas, quien además de reconocer la pertinencia y legitimidad de las demandas comunitarias, manifestó la necesidad e intención de impulsar una convención de las Naciones Unidas para tutelar y garantizar el ejercicio de los derechos humanos de la diversidad sexual. También, en un hecho sin precedentes en un evento local de esta naturaleza, se contó con la participación del Ministro consejero de Cooperación para Centroamérica del Reino de Noruega, Ole Øveraas, quien manifestó el irrestricto apoyo noruego a cualquier proceso que permita consolidar la equidad e igualdad en la región, especialmente para las comunidades LGBTI.

Aunque la complejidad social y política centroamericana supone un reto significativo para consolidar el ejercicio ciudadano de las comunidades LGBTI, resulta imprescindible impulsar procesos transformadores como este, que seguramente contribuirán a responder de mejor manera a las dificultades y retos mencionados. Las comunidades LGBTI en la región aún deben articular y accionar de mejor manera frente a situaciones vitales como el impacto de la epidemia de VIH, la violencia, la inseguridad, la impunidad y la pobreza, pero seguramente será un ejercicio infructuoso si la sociedad y estados no reconocen la legitimidad y valor de las demandas. Aún resuena en mi mente la consigna de las barras en el teatro: ¡Nicaragua somos tod@s!

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