Por: John Kimani, corresponsal para Kenia

La policía keniana siempre se ha destacado por su trato inhumano para con los ciudadanos de ese país. Muchas organizaciones, incluyendo a Human Rights Watch, han hecho fuertes reclamos por reformas policiales para poner fin al peligro público pero no se ha hecho mucho, dejando a los kenianos expuestos a sufrir la “protección policial”.

La siguiente historia se trata de mi experiencia de primera mano de un incidente. Esto demuestra hasta qué punto pueden llegar las acciones implacables, temerarias e inhumanas de la policía keniana.

Calles de Kawangware

Era una mañana de martes calurosa y decidí dirigir mi trabajo de alcance público a una alcantarilla en las barriadas de Kawangware, conocidas como “el río de Kigamboni”. Es un lugar preferido por los usuarios de drogas pues sirve como un buen escondite de la policía. Para llegar allí hay que hacer una caminata muy larga por una calle polvorienta. Cuanto más uno se adentra en los arbustos que rodean el río, menos gente se encuentra en la calle hasta que no queda nadie, y ahí es cuando se pone riesgosa la cosa. Pero tenía mucho coraje; mi determinación para llegar al destino que me había propuesto y hablar con usuarios de drogas me empujaba y seguía con la cabeza en alto, por si acaso alguien me tomaba por un cobarde y me atacaba.

Ese día, al acercarme al río, vi a cuatro policías y seis jóvenes en la orilla. Parecía que se trataba de una confrontación, lo cual me hizo pensar que los jóvenes eran ladrones. Me escondí en los arbustos sin hacer ruido, asegurándome de que nadie me había visto y de tener una buena visión de lo que iba a pasar. Del enfrentamiento logré entender que habían pillado a los seis jóvenes fumando bhang. La policía amenazaba con matarlos.

Suplicaban a la policía que los perdonara pero los uniformados parecían estar disfrutando de la situación. Ordenaron a los jóvenes que se desvistieran. Me incorporé, curioso de saber adónde llevaría todo esto, y entonces uno de los policías apuntó con su pistola a la cabeza de uno de los jóvenes y les dijo que se lanzaran al río de cabeza y que nadaran. Quería levantarme y gritar ¡no! Quería correr pero mis piernas no me respondían. Los jóvenes lloraban, pedían a los agentes de policía que los perdonaran o les dieran otro castigo que nadar en aguas servidas, pero siguieron empujándoles a meterse en el río y nadar, diciéndoles que si desobedecían estarían muertos. Y como si eso no fuese castigo suficiente, les dijeron que comiesen los desechos que había en el agua.

Policías en Kawangware

No pude aceptar el hecho de que alguien pudiera hacer eso a un ser humano prójimo y disfrutarlo. Las mismas personas que deben mantener el orden público y proteger a los ciudadanos de un país, los envilecían. ¿Tenían motivos reales? ¿La ofensa merecía semejante castigo?

Después de forzarlos a nadar, obligaron a los jóvenes a vestirse, mientras los golpeaban. Entonces los llevaron a la estación de policía. Sentí un gran odio por los hombres de uniforme azul y anhelaba poder hacer algo para detenerlos, pero me di cuenta de que no tenía el coraje.

Me alejé, enojado con un país que hace poco promulgó una nueva constitución. Una constitución que debería hablar por quienes no tienen voz, pero a la que aún no se respeta. ¡Y casualmente ese país es mi país!

Traducción al español: Jenny Stanley Smith

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