Este es el segundo artículo de una serie que analiza y socializa los cambios más recientes a la Guías sobre VIH y Trabajo Sexual que iniciáramos en con este primer artículo. Trata sobre los abordajes y estrategias posibles para la prevención del VIH en el contexto del trabajo sexual.

Los abordajes efectivos para la prevención del VIH en el contexto del trabajo sexual son aquellos que reconocen las realidades de esta población y permiten a las trabajadoras sexuales protegerse a sí mismas del riesgo de la transmisión del VIH.

En momentos en los que se promueve el tratamiento como prevención y otros abordajes que podrían ser complejos y costosos, es muy desafiante hacer llegar en forma suficiente y oportuna el insumo de prevención más eficaz y económico: el condón. Si es difícil hacerlo llegar al bolsillo de jóvenes de clase media metropolitana, más aún lo es a las poblaciones en mayor riesgo, algunas de las cuales, como resultado del ejercicio del  trabajo sexual, no necesitan uno sino varios por día o por turno de trabajo.

¿Qué dicen las guías?

El uso correcto del condón durante el sexo con penetración es una forma eficaz de reducir la transmisión del VIH y otras infecciones de transmisión sexual. Sin embargo, en muchos lugares, problemas como una escasa disponibilidad de condones y lubricantes a base de agua, persecución policial y arresto de trabajadoras sexuales cuando llevan condones, el uso de los condones como evidencia de la existencia de un burdel, la falta de conocimiento de los clientes sobre su uso y la preferencia de tener sexo sin condones son barreras para el uso consistente de los mismos.

Los condones son fundamentales pero por sí solos no son suficientes. Las actividades de prevención deberían promover el empoderamiento de las trabajadoras sexuales para que puedan protegerse a sí mismas de la infección por VIH.

El término “poner fin a la demanda” se utiliza a menudo para referirse a políticas, estrategias y esfuerzos legales para señalar a los clientes de las trabajadoras sexuales en un intento por reducir o eliminar la demanda del trabajo sexual. Proveedores de salud y especialistas en políticas de organizaciones de base, de organizaciones no gubernamentales, donantes, organizaciones internacionales y agencias gubernamentales bien intencionados quizás pero mal informados, creen que estén ayudando a las trabajadoras sexuales cuando piden la criminalización de los clientes. Sin embargo, no existe evidencia de que estas iniciativas de “poner fin o reducir la demanda” disminuyan la transmisión del VIH o mejoren la calidad de vida de las trabajadoras sexuales. Reducir la demanda es criminalizar a las trabajadoras sexuales, empujando más a los márgenes a una actividad que ya debería estar regulada.

Deben desarrollarse y apoyarse las actividades para asegurar que los clientes asuman la responsabilidad de su propio comportamiento sexual, y en consecuencia se protejan a sí mismos y a todas sus parejas sexuales de la infección por VIH.

¿Qué significado tiene esto para el VIH?

Se debe empoderar a las trabajadoras sexuales para que tengan un mayor control sobre sus condiciones de trabajo, en vez de impulsar abordajes de “poner fin a la demanda”. Este debería ser el enfoque de los esfuerzos de prevención del VIH. Adicionalmente, reducir hasta erradicar la explotación y la violencia hacia las trabajadoras sexuales es una estrategia clave en la prevención del VIH y en la salud y seguridad integrales relativas al lugar de trabajo para todas las trabajadoras sexuales.

“El tema central para la prevención del VIH debería ser cambiar las actitudes de los clientes hacia las mujeres, hombres y trans trabajadores sexuales, y el uso del condón.”

Típicamente, los actos sexuales involucran a dos personas. Ambos tienen responsabilidad por practicar sexo más seguro, si bien es importante reconocer que las dinámicas de poder en los encuentros sexuales comerciales tienden a favorecer a los clientes, en particular si éstos están dispuestos a pagar más dinero por tener sexo sin condón.

Es improbable que las estrategias de comunicación dirigidas a los clientes tengan éxito si son moralizantes o culpabilizan, o si describen a los clientes como perpetradores de explotación o como inmorales. Los clientes son personas. Los clientes también merecen servicios de prevención del VIH, incluyendo educación sobre el uso del condón con parejas a quienes pagan.

Pero los condones no deben ser el único enfoque de las intervenciones en VIH para trabajadoras sexuales; deberían ser provistos junto con el acceso a una atención de la salud libre de prejuicios, el desarrollo del liderazgo entre las trabajadoras sexuales, empoderamiento económico, fortalecimiento de la identidad colectiva, y la eliminación del estigma y la discriminación relacionados con el trabajo sexual y las trabajadoras sexuales.

El objetivo es promover un cambio desde un enfoque no realista que demoniza a los clientes y los muestra como criminales o explotadores, hacia un enfoque más pragmático que reconoce que los clientes participan en todos los actos sexuales comerciales, y por lo tanto tienen un rol clave que cumplir tanto en los esfuerzos de prevención del VIH como en proteger a las trabajadoras sexuales.

Reducir la demanda es aniquilar la oferta

Esta es una sección muy interesante, en particular en una coyuntura donde poco a poco se están promoviendo marcos legales que criminalizan la transmisión del VIH. Y hace un llamado a la corresponsabilidad entre trabajador y cliente.

Sin embargo, debo admitir que soy bastante escéptico sobre las campañas dirigidas a los clientes, salvo aquellos mensajes que se pueden promover en lugares cerrados de trabajo sexual. El cliente es de muy difícil acceso para cualquier intervención, pues es diverso, fugaz, móvil y sobre todo aprecia la discreción. ¿Cómo se desarrolla un mensaje que impacte en esta masa sin forma ni patrones comunes? Hay sobradas evidencias de que el mejor abordaje siempre ha sido empoderar a las trabajadoras sexuales y dotarlas de todos los condones y lubricantes que puedan necesitar.

A pesar de que muchas organizaciones y líderes sueñan con intervenir en el colectivo de “los clientes” y en un puñado de países ya hay leyes en este sentido, no es otra cosa sino acariciar la idea de erradicar el trabajo sexual, pensando que sin clientes no hay trabajadoras sexuales. Muy obsesionados con la mirada moral de este trabajo y su interminable diatriba sobre las relaciones de poder, el uso del cuerpo y la cosificación, se olvidan de pensar en cómo esas mujeres y madres sostendrán sus casas y sus familias.

Pareciera ser que el dogma es más importante que el derecho a trabajar de estas mujeres. Es la doble moral de los grupos conservadores y fundamentalistas que se oponen al aborto, que centran toda su energía y esfuerzo en los “no nacidos” pero son los mismos que bajo el idéntico color político e ideológico poco les importa si “los ya nacidos” tienen acceso a la salud, a una alimentación saludable y a la educación. Pura hipocresía.

Fuente: ONUSIDA

Colaboración: Cecilia Dávila

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