En el mes que se celebra el día de la mujer, cabe resaltar la hidalguía de un grupo de ellas, las trabajadoras sexuales, al transitar por diversas situaciones de abuso desde que se conoció el SIDA en 1981.

Las trabajadoras sexuales fueron uno de los grupos más estigmatizados cuando se conoció el tema del Sida en nuestro país. Era 1986 y apenas un año antes las habían reubicado de la Colonia Cuauhtémoc a la avenida Sullivan, donde a la fecha se siguen presentando noche tras noche. Ahí comenzó la Asociación Civil Aproase, reivindicando como principal objetivo su derecho a trabajar. La dirigente de Aproase, Alejandra Gil, es una activista que comparte sus experiencias en el trabajo sexual en un país que les debe mucho respeto y dignidad a las mujeres que se dedican a él.

La Secretaría de Salud llegó hace unos meses a sus lugares de trabajo a indicarles que debían acudir a realizarse un examen para poder continuar trabajando. “Nos citaron a las seis de la mañana, y después de toda una noche de trabajo nos metieron a un salón oscuro a escuchar una plática y ver una proyección”, contó Alejandra Gil. La mayoría apenas podían mantenerse despiertas; muchas, a pesar de lo grave de la información que recibían, se quedaban dormidas. “Recuerdo que presentaron un mapa y nos dijeron que el mono había traído la enfermedad. Con un mapa lleno de gorilas mencionaron que el SIDA se transmitía por el piquete de mosquito o por comer del mismo plato. Pero además, como se transmitía sexualmente, seguramente todas estaban ya contagiadas”; añadió Gil.

Les tomaron muestras de sangre y les indicaron acudir por sus resultados quince días después. Fueron días de angustia: “todas bajamos de peso, y decíamos ¡seguro es el SIDA, claro, ya estoy enferma!”, recordó Alejandra. Cuando fueron por sus resultados la sorpresa no cabía en el personal de salud: “primero revisaba una señorita la lista, hacía gestos y se iba por otra señorita, revisaban las dos y con incredulidad daban el resultado: Negativo. Creyeron que nos íbamos a morir toditas”, comentó con una sonrisa.

Contrario a la creencia popular, la prevalencia en México para Mujeres Trabajadoras Sexuales ha sido de 1.0%, superior a la de la población general pero menor que la de otros grupos como hombres que tienen sexo con otros hombres (10%) y de hombres trabajadores sexuales (12-15%), según los últimos datos disponibles, presentados en el Informe de Evaluación del Programa de Acción Específico 2007-2012 en respuesta al VIH/Sida e ITS y la Evaluación de Resultados del Proyecto México de lucha contra el Sida, financiado por el Fondo Mundial.

Los malos tratos y la falta de respeto no terminaron ahí. Apenas fue el inicio. “Ahora nos pedían que todas usáramos el condón, y las líderes éramos obligadas a revisar el condón usado de nuestras compañeras en sus cuartos, violentando sus derechos”, señaló Gil con cierta indignación.

Ni las autoridades, ni las trabajadoras ni los clientes sabían de VIH. Entonces fue necesario sensibilizar y educar a todos. Tarea que no fue fácil, ya que se trataba de empoderar en el uso del condón a una población que recibe mayores ingresos cuando acepta no usarlo, además de otros factores como el uso de drogas y alcohol para “fichar” y que afecta sus capacidades para negociar o exigir el uso del condón.

En los estados del país, fuera del Distrito Federal, la situación actual es similar que en aquellos tiempos, nos relata Cinthya Navarrete, también de Aproase, continúan los mismos prejuicios. Según ella, la prevalencia de VIH en las trabajadoras sexuales es mayor de lo que dicen las estadísticas porque hay muchos lugares donde se cobran las pruebas de detección y desconfía de las estrategias de testeo y acceso a la prueba.

Además, en muchos estados el tema de los Derechos Humanos es tabú. “Fuimos a Aguascalientes a dar una plática y ahí estaba el presidente municipal para que no se hablara de derechos”, comentó Navarrete. Existen ciudades donde si una trabajadora sexual adquiere el VIH no le es permitido trabajar; así, la falta de información y de atención la separan de su fuente de ingresos, de su derecho al trabajo, a la salud y otros derechos.

Cinthya Navarrete es activista, además de trabajadora sexual, y siempre es muy crítica en sus comentarios y en sus participaciones en congresos y foros. No tiene límites al denunciar la situación actual de la prevención y atención del VIH en nuestro país, y critica la forma como se asignan los recursos: “por ejemplo, existió en su momento financiamiento por parte de Censida para “proyectos pares” con trabajadoras sexuales que fueron ejecutados por… ¡una universidad!”, criticó con dureza.

Navarrete y Gil son ejemplos de mujeres guerreras a las que el prejuicio y el estigma no han vencido. Ellas han ganado espacios para sus compañeras, mejorando su capacidad de negociación con los clientes y las autoridades. Promoviendo su salud y alzando la voz cuando ha sido necesario. Ellas, junto a otras organizaciones, hacen el contrapeso al conservadurismo y rigidez de autoridades cuyas políticas e ideologías generan vejaciones y promueven la discriminación. En el mes de la mujer, son ejemplos de lucha por lograr el respeto de sus derechos.

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