Durante las sesiones de trabajo de promotores de Derechos Humanos de las personas LGBTI y de las personas que viven con VIH a los que asistí en el Programa Interdisciplinario de Información y Acción Feminista (PIIAF), surgieron varios temas sobre la pertinencia de hablar o no de comunidad LGBTI, así como de las maneras comunes de proceder – algunas positivas y otras no tanto – dentro de nuestras organizaciones y en nuestro activismo.

Nos preguntamos si realmente somos una comunidad; si la comunidad gay es la marcha del orgullo; si es la Zona Rosa, los antros, los eventos sociales o es el activismo. Y es que en México se observan características particulares de nuestra gente LGBT. Desde mi punto de vista, el común denominador de la comunidad es un egocentrismo bastante fuerte, a veces como consecuencia de la homofobia interna y externa.

En este contexto, es importante identificar las actitudes que no nos dejan avanzar. Cuando vemos a alguien realizar algo especial sospechamos que algo debe estar sucio. El protagonismo también es un mal que nos aqueja, “si yo no organizo la marcha, no va a salir bien”, “si no hago yo el evento, no vale la pena”. Y agreguemos la rivalidad y revanchismo entre grupos, situación que se arrastra desde los primeros grupos que surgieron hacia finales de los años 70, según comenta Carlos Angulo de la Asociación Mexicana para el Fomento de la Educación en la Sexualidad, la Salud y el Sida (AMFESSS). Parecemos perros y gatos entre nosotros, cuando podríamos trabajar todos por una causa común.

Por otro lado, la rumorología, parece haberse vuelto un deporte olímpico en la comunidad gay, también nos juega en contra. Escuchamos sobre robos en los proyectos o asignación de recursos gubernamentales. Como dice Alejandra Gil, de Aproase, AC, “los recursos han generado una guerra encarnizada y ha dividido a las organizaciones entre los privilegiados y los relegados”. Además Gil añade: “la organización que hoy está de moda, mañana la botamos a la basura”.

Esto conduce a la atomización de grupos comunitarios y, como consecuencia, pocas organizaciones llegan a consolidarse y, por el contrario, se reducen a su mínima expresión.

Las nuevas organizaciones de jóvenes y los nuevos activistas jóvenes parecen repetir los mismos patrones, lo que quiere decir que la dinámica de los activistas del futuro podría tener los mismos golpes bajos y las mismas deficiencias que han aparecido durante décadas.

Finalmente, tenemos una débil agenda LGBTI. ¿Alguien me puede decir cuál es el proyecto histórico de mediano y largo plazo que la comunidad LGBTI se ha planteado? ¿Y cuál es el proyecto que el Estado está dispuesto a generar con nosotros? De acuerdo con la revisión histórica, los primeros grupos buscaban proporcionar un sentido político a la sexualidad y su meta era la liberación de la misma. Ahora nos limitamos a alcanzar el matrimonio y la adopción, que por demás tiene una carga heterocentrista.

Entonces, ¿No hay esperanza para la población LGBTI? la hay.

Durante las sesiones de trabajo de la Red de Promotores de Derechos Humanos del PIIAF, hemos llevado a cabo muchas actividades tendientes a lograr el autoconocimiento y dinámicas de convivencia. Hemos recibido herramientas e información sobre sexualidad, sobre las identidades LGBTI y queer, sobre los derechos de las personas que viven con VIH y las personas LGBTI, además de nociones para la consejería comunitaria.

Las actividades de formación del PIIAF son un lugar donde compartir ideas, donde aclarar dudas, donde vencer miedos; un lugar donde encontrar personas afines con quien establecer alianzas y un trabajo colaborativo. Es como una isla, en la que ya estamos algunos convencidos. Pero no es suficiente

AMFESSS está iniciando un proyecto formativo de nuevos valores, que junto con TRI GAY y otras organizaciones aliadas, generará proyectos que fortalecerán también la construcción de una comunidad. Pero no es suficiente.

Están en marcha otros proyectos que proporcionan herramientas a la población LGBTI. Algunos grupos de jóvenes están fortaleciendo a sus pares en temas de autoconocimiento y de relación de pareja, entre otros temas. Hay organizaciones y fundaciones que están capacitando a otras para fortalecer los proyectos; con bases sólidas se obtendrán mejores resultados y mayores oportunidades para nuestra población LGBTI de vencer los obstáculos presentes. Pero, tal vez, no sea suficiente.

Al interior de nuestras organizaciones hace falta un elemento fundamental que ayude a que nuestro proceder sea eficiente y demuestre la responsabilidad que genere nuestro desarrollo en comunidad: un marco ético.

¡Es necesario! Con mínimos acuerdos sobre cómo proceder entre nosotros y, con el respeto de esos acuerdos, generar mejores resultados.

Ejemplos existen. Frecuentemente se menciona el caso de España, donde las organizaciones, enfrascadas en disputas encarnizadas, pudieron lograr un fin común: la aprobación legal del matrimonio y mostrarse como un frente unido ante la sociedad. Aquí, por el contrario, el año pasado tuvimos dos marchas.

Algunos estados de la República tienen un trabajo comunitario eficiente y con pocos conflictos internos entre las organizaciones. Hay quienes han dejado la posta a los más jóvenes para organizar las marchas, como en Cuernavaca.

Construyamos entre todos ese marco ético que sea referencia para nuestro trabajo. El primer paso, es establecer las reglas del juego que vamos a respetar. Con esto, todos resultaremos beneficiados.

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