Existen muchas anécdotas sobre el trabajo y el activismo, entre las favoritas está una personal; una llamada telefónica de mi madre que sucedió hace aproximadamente 15 años. Me preguntó que estaba haciendo, a lo que respondí “empacando para un viaje”; en seguida me preguntó el motivo del viaje y le dije “para participar en un taller de incidencia política”,  “ah, pensé que era un viaje de trabajo”, respondió. Y hay infinidad de conversaciones con compañeros de asiento en el avión, taxistas o agentes de migraciones que nunca terminan de entender la naturaleza de nuestro trabajo.

¿Entendemos la naturaleza de nuestro trabajo?

En cada tema o área de interés no siempre hubo recursos financieros para que las personas pudieran dedicar tiempo a actividades de incidencia política y activismo. En el ámbito del VIH/SIDA, muchos de nosotros empezamos a realizar actividades de activismo “ad honorem y a puro pulmón”, hace ya un par de décadas. Trabajábamos en un empleo que pagaba las cuentas y dedicábamos lo que restaba del día y de la semana a participar en movimientos que cambiarían la realidad.

Marchas, campañas, redes, encuentros y leyes se gestaron y lograron fuera de horario de oficina. Pero los tiempos cambiaron, el trabajo de nuestras organizaciones se “profesionalizó” y tuvimos acceso a recursos para poder financiar a colegas que trabajaran en incidencia política.

Costó mucho esfuerzo educar a los donantes, que hasta no hace mucho tiempo dudaban del valor de financiar este tipo de actividades; no obstante, atravesamos una temporada de “vacas gordas” en la que casi todo el trabajo en políticas encontraba algún financiamiento. Uno podía comprobar que en una Conferencia Internacional sobre SIDA, no hace mucho, la mayoría de los delegados eran activistas, casi tantos o más que los médicos. Hoy, eso es historia y encontramos serias dificultades en financiar cualquier  tipo de actividad o intervención de una organización de la sociedad civil en América Latina.

Algunos de los más recientes episodios espontáneos en Egipto o España nos refrescaron la noción de que el activismo nace de la indignación, la urgencia, la bronca y la necesidad. Y así era antes; muchos de nosotros aprendimos el oficio de la incidencia política haciendo, exigiendo la solución o rectificación de situaciones que nos afectaban y hacían la diferencia entre la vida y la muerte. El ejemplo más emblemático es el acceso a tratamiento antirretroviral, que tuvo su historia previa en los oscuros años 80 y 90 cuando no existían opciones terapéuticas por las que pelear; la agenda entonces era por un trato humano en el hospital, el acceso a tratamientos paliativos y el derecho a una muerte digna.

Posteriormente, mucho de nosotros tuvimos el privilegio de trabajar en programas y proyectos de VIH/SIDA que nos permitían ganarnos la vida aunque fuera en forma parcial, haciendo lo que nos gustaba hacer, en un espacio amigable. Pero eran actividades de prevención primaria, consejería de pares y capacitación, entre otras. El activismo siguió por muchos años financiado solo por nosotros, haciendo lo que podíamos hacer en los momentos que teníamos libres.

Activismos de tiempo completo

Es importante mencionar que la gran mayoría de los activistas han estado incidiendo de lunes a domingo, aprovechando las facilidades que les daba participar en un proyecto. No existía ninguna tensión entre implementar e incidir; por el contrario, había una sinergia natural entre ambos, era muy difícil sostener una agenda que no tuviera el respaldo y la legitimidad del trabajo de base propio y de la organización que representábamos.

Esto ha cambiado un poco, y ha surgido una raza de activistas que son y han sido eso, solo activistas. Y esto no tiene por qué ser en sí mismo un problema. El conflicto surge cuando los activistas no tienen ni han tenido un trabajo de base, y tampoco hacen esfuerzo alguno por acercarse más a la masa crítica de personas que sufren algunos de los problemas sobre los que hablan en su trabajo de incidencia.

Hoy hay miles de personas alrededor del mundo que trabajan en activismo e incidencia política, labor remunerada y reconocida con un mayor “prestigio social”.

Un cuestionamiento clave es la legitimidad. Ser PVVS, Gay, Trans, Trabajadora Sexual, Joven o Usuario de Drogas solo te habilita a hablar por tu propia vivencia y perspectiva. Para avanzar más allá del “yo” hay que trabajar, y mucho. Uno puede ocupar un espacio en nombre y por mandato de un colectivo, comunidad o grupo de personas y en este caso hablamos de una representación (otro tema polémico de nuestro sector). Otros pueden ocupar el mismo espacio por sus condiciones personales, trayectoria, por invitación o incluso por accidente. Pero lo que legitimará y hará efectiva esa participación, si no es representativa, es la búsqueda constante de los “otros”, para escucharlos, aprender y ser el vehículo de sus necesidades, urgencias e indignación. La primera persona del singular es reprochable e inaceptable, aunque paradójicamente se volvió una constante de gran parte del activismo.

Infiltrarse en el enemigo

En los años 70 y 80 existía la noción romántica que cuando un líder comunitario pasaba a ser parte “del sistema”, como empleado por ejemplo, tenía el potencial beneficio de contribuir a cambiarlo desde adentro. La realidad muestra que las organizaciones y los sistemas han cambiado más a las personas que lo que estas han logrado humanizarlos.

La existencia de Agencias Internacionales y Gobiernos Democráticos más progresista han promovido la cooptación de personas muy valiosas de la sociedad civil. Hoy se ha generalizado la existencia de funcionarios con un “pasado activista”. Además de minar la capacidad de la sociedad civil, no se me ocurre ninguna otra cuestión negativa relacionada a la cooptación (siempre y cuando esta nueva oportunidad laboral haya sido el resultado de un proceso transparente y basado en los méritos, porque el resto es nepotismo). El o la líder deben entender también que no se puede estar en ambos lados. Nuestra realidad esta organizada por un Sector Público, uno privado y un tercer sector que agrupa a todas las organizaciones no gubernamentales y sin fines de lucro. Aquí no hay grises.

Aquellos líderes y activistas que lucharon por una causa pueden ser consecuentes con lo que creen, con lo que saben y con lo que sienten. Y eso los hará únicos y con una carrera breve. Si la gente que encarna el rol de funcionario, no “sale al encuentro con la historia”, perderá la capacidad de reconocer las tensiones, los conflictos, como así también el don de promoverlos. Será un buen funcionario, componedor, constructivo y promovedor del consenso que ha perdido “la llama sagrada del activismo”.

No hace falta estar en la nomina de ningún ministerio para perder la sangre activista, es lo mismo que cualquier líder de una organización de la sociedad civil que calla ante una situación que afecta a la comunidad por miedo a perder sus privilegios. ¿Cuál es el tan mentado conflicto que padecen tantas organizaciones entre implementar un proyecto y sostener los esfuerzos de incidencia política? La respuesta está en la potencial pérdida del acceso a los privilegios, sean estos en metal o especies. La indignación de antaño ha sido procesada en obsecuencia y genuflexión.  Las consecuencias merecen ser mencionadas, una sociedad civil desarticulada y débil que responde servil a las decisiones de otros.

En el camino hemos confundido la noción de trabajar con y para el gobierno que han pasado a ser la misma cosas. Si el gobierno es de los buenos debe estar muy interesado en tener una sociedad civil independiente, fuerte y crítica. Lo demás tiene un tufillo a autocracia clientelar.

Hoy el activismo ha devenido en un oficio y una profesión y esto tampoco es necesariamente un problema, el inconveniente surge en cómo se ejerce esta ocupación. Y lo que está pasando últimamente en nuestro sector, lo reconozcamos o no, es la consecuencia, entre otras cosas, de tanta “confusión vocacional”.

Hay luz al final del túnel pero no se llega ahí con más de lo mismo. No se trata de empujar a los nuevos protagonistas emergentes a participar, remplazando viejos por nuevos, una población por otra con la misma condescendencia y paternalismo. La respuesta a la crisis de la sociedad civil no se resuelve cambiando la lista de invitados, pues lo que urge es facilitar procesos de construcción de movimientos y liderazgos ascendentes con algún grado de representación y legitimidad.

Hoy, en el Día del Trabajo, nuestro reconocimiento y saludo para los miles de activistas, jornaleros de la indignación, que se acuestan y despiertan cada día pensando en como lograr un mundo mejor.

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