El 17 de mayo de 1990 la Asamblea General de la Organización Mundial de la Salud decidió retirar la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales del Clasificación Estadistica de  Diagnóstico de Enfermedades (ICD, por sus siglas en inglés). Lamentablemente, las identidades Trans continuaron en esta lista bajo la categoría disforia de género y trastornos de la identidad de género.

En los últimos años ha habido algunos avances en la reducción de la homofobia y transfobia en algunos países de América Latina, al menos en algunas de sus expresiones institucionales, como la sanción de leyes de matrimonio igualitario e identidad de género. Estos nuevos marcos legislativos son quizás la aspiración máxima de la comunidad LGTBI y en esta dirección se han concentrado los esfuerzos de incidencia política de redes nacionales y regionales. También han mejorado algunos servicios de salud y hoy las personas Gays y Trans participan en muchos espacios donde se diseñan y evalúan políticas públicas. Ver mapa de la homofobia y transfobia en este vínculo.

Hay varios esfuerzos, regados de recursos, por reducir la violencia basada en el género, pero persiste, en mi opinión, una agenda con un fuerte sesgo en la mirada del género dirigido solo a mujeres y niñas. ¿Dónde entra en estos programas la orientación sexual e identidad de género? El Fondo Mundial fue quizás una de las primeras organizaciones de nuestro rubro en reconocer este aspecto en el diseño de la Estrategia SOGI como parte de su política en género.

Esta es la realidad en los espacios políticos, institucionales y programáticos, la calle es otra historia.

Mucho se habla de la violencia contra personas gays y trans. Los crímenes de odio, en muchos casos impunes, nos llegan por las noticias, por los correos y el relato desesperado de nuestro@s amig@s y colegas. Pero poco se hace desde las políticas y los programas para reducir la violencia y el odio. Los políticos y funcionarios suelen afirmar que el cambio cultural en la población lleva mucho más tiempo. Pero, ¿quiénes están empujando este cambio, además de las organizaciones comunitarias y sus asociados? ¿Quiénes son responsables por promover esta transformación? ¿Quiénes son los responsables de estos crímenes políticos, en última instancia?

Se necesita de mucho liderazgo político y gubernamental para acelerar estos cambios. Nuestros presidentes, ministros, líderes sociales y formadores de opinión deben decir fuerte y claro “NO a la violencia, el odio y la impunidad”.

Los limitados logros en la respuesta al VIH/SIDA están en riesgo, como en riesgo están las vidas de las poblaciones más afectadas por esta epidemia. Debemos promover y fomentar un diálogo honesto sobre el odio, sobre la homofobia y la transfobia. Estos no son temas solo de las organizaciones de la diversidad o de los Derechos Humanos. Si nosotros en cada lugar y oportunidad hablamos del tema, hacemos las preguntas más incomodas y empezamos a encontrar soluciones concretas, podremos contribuir a la reducción de la violencia, criminalización, estigma y discriminación.

Cada hecho de violencia y crimen de odio es una pequeña historia de una gran tragedia, evitable, que pone en evidencia que la democracia y los derechos civiles que la acompañan no están disponibles para todas y todos. El largo y arduo camino de la realización de nuestros derechos parece que comienza por la declaración clínica y burocrática de que no somos enfermos. ¿Quiénes están enfermos entonces? Más que un virus nos mata el fundamentalismo, que no es otra cosa que el síntoma de una sociedad enferma de una mezcla letal entre odio e ignorancia.

Desde Corresponsales Clave hacemos un humilde homenaje y expresamos nuestro agradecimiento a tod@s l@s Gays, Lesbianas, Trans, Bisexuales e Intersexuales que hacen de este mundo un lugar mejor.

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