La Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el 24 de marzo Día Mundial de la Tuberculosis. Pero más allá de este día, que sirve para recordar la cantidad de personas afectadas y que fallecen por esta enfermedad, además de los desafíos por detectar los casos a tiempo, es imprescindible volver sobre nuestros pasos y ver qué medidas podemos tomar para detener su propagación. En este artículo, recordaremos lo que expresó Anthony Harris, experto en salud, en la conferencia de SIDA en 2012 respecto de la coinfección de VIH y tuberculosis.

Harris empezó su exposición en una de las plenarias de la última Conferencia de Sida con una frase que realmente da escalofríos: “Esto se trata sobre todo del tema de la muerte. En 2010, de 1.100.000 personas con coinfección de VIH y tuberculosis, 350.000 murieron”.

Según sus palabras, esto se debe a tres causas: las personas que son diagnosticadas con VIH no saben que están coinfectadas, las personas que son diagnosticadas con tuberculosis no saben que están coinfectadas o, por último, se diagnostica demasiado tarde. Este panorama, que sobre todo se da en África, Latinoamérica y Asia, realmente debe conmocionar al mundo.

Harris propuso tres herramientas para combatir esta situación: desde el lado de la prevención y el diagnóstico, la estrategia propuesta es que los pacientes se enteren rápidamente de su coinfección a partir de hacerse los dos exámenes. En segundo lugar, debe existir una política de estado de los países para proveer y hacer accesibles estos exámenes en toda la población. Y, por último, esto se debe acompañar con una buena política de prevención que ayude a concientizar y a visibilizar el problema en las poblaciones más afectadas.

Desde el lugar de la investigación, si bien en cuanto a análisis de VIH se está muy avanzado, no existe una prueba rápida y accesible de tuberculosis. En palabras de Harris, “Es necesario investigar para crear una nueva forma de análisis de la tuberculosis y que esta sea más accesible a toda la población, sobre todo a las más afectadas, que son los más pobres.”

La tuberculosis es esencialmente una enfermedad de la pobreza: el hacinamiento, la falta de luz o de una buena ventilación en el hogar, hacen que las personas se enfermen. Esto también hace que las grandes empresas no destinen su dinero a investigaciones sobre esta enfermedad, ya que no será redituable a futuro.

En América Latina, las favelas en Brasil y las villas de emergencia en Argentina (por dar sólo un par de ejemplos) promueven unas condiciones de vida que ayudan a que esta enfermedad se disemine entre sus habitantes. Los que menos tienen son los que más sufren de esta coinfección.

Otro ejemplo claro de la situación latinoamericana es Perú que, a pesar de un crecimiento económico envidiable, presenta la tasa más alta de tuberculosis en América Latina. Como vemos, no es sólo un problema de crecimiento económico sino también de una justa distribución de la riqueza.

Los medios de comunicación hablan mucho sobre enfermedades de transmisión sexual y, sobre todo, aún hoy, el mercado cinematográfico sigue haciendo sus negocios con el VIH. Sin embargo, la tuberculosis queda relegada a un segundo plano por ser el mal de los países subdesarrollados, que no mandan en la agenda de los grandes medios de comunicación.

A la propuesta de Harris, agregaría que, así como se habla y se sigue hablando del VIH, es necesario que las cinematográficas y los medios de comunicación pongan la vista en la tuberculosis (y, sobre todo, su coinfección con el VIH), una gran problemática que causa muchísimas muertes al año.

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