En la mayoría de nuestros países se ha estrenado la película “Dallas buyers club” con un título en español muy poco feliz: “El club de los desahuciados”. El tardío estreno en América Latina fue potenciado por los buenos resultados en la 86va edición de la entrega de los Premios Oscar de la Academia de Cine de Hollywood.

La película cuenta la historia de personajes en una muy difícil etapa de la epidemia del Sida, a fines de los 80, cuando la gente adquiría la infección, enfermaba y moría, sin un tratamiento eficaz; algo impensable hoy.

La película recoge el momento histórico cuando se empiezan en Estados Unidos los protocolos (o estudios clínicos), doble-ciegos, con altas dosis de zidovudina o AZT. Altas dosis de esta droga, que no solo eran ineficaces en controlar la replicación viral, sino que también, por la naturaleza de la droga, tenían una serie importante de efectos adversos. Un tiempo después se redujo la prescripción a una tercera parte de la dosis con un inexistente efecto antirretroviral. Este, uno entre muchos de los históricos errores en la lucha contra el Sida, fue también distorsionado con los años al extremo de ser el pilar fundamental y argumento central de los grupos “negacionistas” -grupos que sostienen que el VIH no es la causa del Sida y que sostienen que el AZT, como todos los antirretrovirales, son venenos que matan a los pacientes y llenan las arcas de la industria farmacéutica. Un extremismo que se ha llevado muchas vidas también por el abandono precipitado de los tratamientos indicados.

Hay otro artículo muy interesante sobre esta película de nuestro colega Gustavo Pecoraro en el Suplemento Soy de Página 12, que pueden leer en este vínculo.

Los clubes de la estafa

Todas las crónicas sobre la película omiten interpelar la existencia misma de los “Clubes de Compra”, un modelo que después se exportó al sur. Ante las dificultades y limitaciones que muchas PVVS tenían para acceder a los protocolos de estudio y al AZT, surgen estas “farmacias paralelas” que para evitar ser cerradas por la justicia ajustan su modus operandi al de un club con membresía. En lugar de vender un medicamento cobraban una cuota mensual, ofreciendo a cambio un diverso set de medicamentos, mezcla de drogas alópatas y alternativas, tan ineficientes como las que se ofrecían en forma más limitada en los centros de salud.

Muchas personas inescrupulosas se llenaron los bolsillos con este proceder. En América Latina estos clubes tomaron la forma de ONG que nos esquilmaron por varios años, disfrazadas de buenas intenciones, hasta su extinción con el acceso a los antirretrovirales (ARV) en los sistemas públicos de salud. Sin embargo, el también denominado “mercado negro” de reventa sigue existiendo en algunos de nuestros países, casi en forma aislada; pero su persistencia es el síntoma de los problemas de acceso de algunas personas a sus medicamentos.

Exacerbando la ignorancia sobre las Trans

Otra de las cuestiones relacionadas con esta película que me llamó mucho la atención fue el revuelo ocasionado por la interpretación de Jared Leto de Rayon, una mujer trans que tiene un rol protagónico en la historia y muere de complicaciones relacionadas con el Sida. Las principales críticas que queremos reflejar en este artículo son las que provienen del las organizaciones y grupos trans del mundo, sobre algunos aspectos que quizás pasen desapercibidos:

Un actor representando a una trans: Es difícil de justificar la necesidad de buscar un actor hombre para encarnar el personaje de una mujer trans, habiendo tantas actrices trans. Comparto con la comunidad trans la sensación que este tipo de actitud refuerza el estereotipo de que “una trans es un hombre vestido de mujer”. Y las declaraciones de Leto sobre la depilación, los tacos y el maquillaje ayuda a esto y a una preocupante trivialización del tema trans. Muchos argumentaron que no siempre se quiere que un personaje sea representado por una trans, y que podría existir mayor fluidez en las transformaciones actorales “en ambos sentidos”. Pero la realidad es que no hemos visto mucho personajes de Hombres y Mujeres (cisgéneros) representados por personas trans, e imaginamos que no tendrán una carrera fácil esta población en la industria cinematográfica.

Proyectando una imagen negativa: Aun cuando partes de la historia de la película son ciertas y testimoniales, el personaje trans es de ficción, no existió en la historia que da origen al guión. Y es evidente que se buscó el estereotipo extremo para lograr un contrapunto con el personaje principal de un cowboy racista y homofóbico. Ni el actor, ni el guionista ni el público podrán usar esta película como parte del aprendizaje y comprensión de los desafíos que enfrentan las personas Trans; por el contrario, ha contribuido a proyectar una imagen estética negativa. Poco ayuda la supuesta gesta que ha emprendido el actor, cada vez que agradece un premio, como abanderado de algo que esta lejos de comprender.

La realidad es que los actores son profesionales en la composición de personajes y la actuación de guiones escritos por terceras personas bajo la dirección y producción de otras personas. No podemos esperar de ellos grandes alocuciones políticamente correctas con precisión técnica y no están para representarnos.  Entonces ¿por qué insisten en opinar sobre las “realidades” de todo lo que actúan? Solo debieran tener un poco de cuidado habida cuenta de los miles de personas que los escuchan y les otorgan algún grado de sabiduría.

Debo reconocer que las películas sobre temas relacionados con el Sida no son mi primera opción cinematográfica y creo que tiene que ver con el hecho que en treinta años de epidemia hemos tenido una muy pobre oferta de películas sobre el tema. La gran mayoría malas, melodramáticas y que han hecho más potencial daño, promoviendo la desinformación y los prejuicios. Dallas buyers club se inscribe en esta lista por todo lo antes dicho.

En los últimos días muchos, en nuestro “gremio”, han celebrado los premios y el efecto de concientización que esta exposición tiene sobre el casi olvidado tema del Sida, pero creo que no debemos perder la capacidad de leer entrelíneas, reflexionando sobre las cuestiones que promueven desinformación, ignorancia y como consecuencia una mayor discriminación.

El cine no existe para educar sino para entretener y, al igual que los clubes de compradores de medicinas de los ochenta, aunque se disfracen de empresas con un bien público, ambos no son otra cosa que un negocio.

Todos los artículos pueden ser compartidos y publicados siempre que sean citados los datos de la fuente.