En abril de 1984, hace 30 años, un grupo de escasos, osados y también valientes, formaron la Comunidad Homosexual Argentina, rimbombante y ambicioso nombre con que estos varones homosexuales porteños y de clase media intentaban cambiar -otra vez- la historia de la comunidad LGBTI en la Argentina. Nuevamente un grupo de homosexuales se organizaban para luchar por sus derechos y contra la represión.

Antes había sido Nuestro Mundo en 1967 (el primer grupo organizado bajo la coordinación de Héctor Anabitarte), y después en 1971 el FLH, Frente de Liberación Homosexual (con Néstor Perlongher, Juan José Sebrelli, Sara Torres, José Luis Giacosa y muchos más). Ambas experiencias destruidas o exiliadas por la dictadura militar de 1976-1983.

Habían transcurrido unos meses desde que Argentina había vuelto a la democracia. El 10 de diciembre de 1983, después de la larga dictadura militar de Videla y compañía, Raúl Alfonsín había sido elegido presidente por la Unión Cívica Radical, un partido que logró ganar sorpresivamente al también histórico Partido Justicialista, porque supo leer mejor el tiempo político y el anhelo de derechos humanos y paz que buscaba el pueblo argentino.

“Somos la vida, somos la paz” coreaban las huestes radicales al volver a la democracia. Y la gente se atrevió a confiar en ellos. Así como decenas de homosexuales confiaron nuevamente en la libertad que les brindaría ese gobierno, e incluso salieron a la calle a festejar. Pero esos festejos durarían solo un verano.

Durante los meses posteriores a diciembre de 1983, los arrestos policiales, la represión, las detenciones arbitrarias y los asesinatos contra el colectivo LGBTI continuaron y en muchos casos, recrudecieron. Pero esta vez sucedían bajo un gobierno elegido democráticamente.

El 16 de abril de 1984, en un sótano de la calle Rodríguez Peña donde funcionaba (y aún lo sigue haciendo) la disco Contramano, fue elegido presidente de la CHA Carlos Jáuregui, quién pasaría a ser el más importante dirigente LGBTI de nuestro país post dictadura. El más visible y el que mejor entendió la importancia de la articulación como método de construcción política.

Junto a él, una comisión directiva de una decena de miembros que nacía para enfrentar la vigencia del sistema represivo contra los primeros lugares de ocio propios de la comunidad, y los arrestos en la vía pública que habían recrudecido en esos meses desde las elecciones generales.

La aparente frescura que traía la victoria de Raúl Alfonsín como presidente de Argentina en las elecciones en 1983, iba tornándose cada vez más espesa al calor de la permanencia de los Edictos Policiales, la Ley de Averiguación de Antecedentes y el persistente asedio de las detenciones policiales arbitrarias o los asesinatos de travestis.

La Policía no solo arrestaba cotidianamente a personas en la vía pública, sino que también irrumpía en los bares y discotecas arrestando a los concurrentes, violando los derechos humanos, la privacidad, extorsionando económicamente, y sosteniendo los métodos de la represión dictatorial.

La homofobia y la represión estaban amparadas por instrumentos legales que se mantuvieron vigentes y en aplicación (al menos para el ámbito de la ciudad de Buenos Aires) hasta la Asamblea Estatuyente de la ciudad en 1996, donde se aprobó la cláusula antidiscriminatoria: “Todas las personas tienen idéntica dignidad y son iguales ante la ley. Se reconoce y garantiza el derecho a ser diferente no admitiéndose discriminaciones que tiendan a la segregación por razones o con pretexto de raza, etnia, género, orientación sexual, edad, religión, ideología, opinión, nacionalidad, caracteres físicos, condición psicofísica, social, económica o cualquier circunstancia que implique distinción, exclusión, restricción o menoscabo”

La CHA nació porque las ilusiones de la democracia se descascaraban; y su fundación fue la respuesta a la represión policial y estatal.

“Con discriminación y represión no hay democracia”, fue el nada metafórico título de la publicación con que se presentó en sociedad en el diario Clarín, el de mayor circulación en ese tiempo.

El ministro del Interior del gobierno radical, Antonio Troccoli sostuvo públicamente su homofobia y salió a responder que “La homosexualidad es una enfermedad y nosotros pensamos tratarla como tal. Si la policía ha actuado es porque existieron exhibiciones o actitudes que comprometen públicamente lo que podría llamarse las reglas del juego de una sociedad que quiere ser preservada de manifestaciones de ese tipo”.

La CHA también respondía, y a la publicación en el diario Clarín se sumaba una continua campaña de difusión del reclamo de los derechos de la comunidad.

Las primeras reuniones con los organismos de derechos humanos se hicieron esperar, pero desde la organización se diseñaban distintas estrategias para ese acercamiento.

En 1984 en Parque Lezama y dos años después en Parque Centenario, la CHA salió a la calle a protestar contra los Edictos Policiales. Minoritarias experiencias, pero sin dudas, el antecedente más claro de lo que fue en 1992 la primera Marcha del Orgullo en Buenos Aires.

La CHA fue mi primer refugio como militante de diversidad sexual, el espacio que terminó de convertirme en sujeto político desde aquel día de noviembre de 1984 cuando crucé por primera vez la puerta de su pequeña sede en la Diagonal Roque Sáenz Peña.  Carlos Jáuregui me abrió esa puerta y fue mi anfitrión. Como lo fue con tantos otros.
Su docencia militante y su amistad están grabadas en mi piel para siempre.

Me honra haber conocido su valentía y su coraje.

El presente de esta organización, después de 30 años de vida, tiene la mirada de las conquistas sociales y legales que en los últimos años fuimos obteniendo.

Su rol cambió como cambió la sociedad. Conserva  el mérito de haber sido la primera organización de homosexuales que nacía después de los terribles años de la dictadura militar. Reunió al activismo que venía del campo de los derechos humanos y confluía con lo mejor de la vanguardia social y política que nacía en esa época.

Su trayectoria está marcada por constantes divisiones y deserciones producto de profundos debates políticos que no eran otra cosa que el reflejo de la misma sociedad argentina -en 1988 Carlos Jáuregui renunció a la CHA y junto a él nos fuimos un grupo de compañeros, que en 1991 fundamos GAYS DC (Gays por los Derechos Civiles)-.

La CHA fue atacada por la derecha, la policía, pero también por otras organizaciones. Estuvo menos precisa en algunas políticas tanto como certera en otras.

Pero fue la primera en muchos temas. Fue la primera en salir a la calle a denunciar la represión de las leyes represivas y discriminatorias; la primera en denunciar ante organismos nacionales e internacionales los abusos de poder de la Policía y el Estado; la primera en marchar junto a los movimientos sociales y de derechos humanos; la primera que promovió querellas y apelaciones penales incluso contra el Cardenal Quarraccino, el jefe de la Iglesia en este país en la década del noventa; la que diseñó la primera campaña por la lucha contra el Sida, la STOP SIDA en 1987; la primera que creó alianzas con otras organizaciones de gays y lesbianas en Latinoamérica y el mundo; y también la primera organización LGBTI argentina en obtener la personería jurídica -el 17 de mayo de 1992- después de una larga lucha legal y política nacional e internacional.  Fue la primera en los años noventa en pensar en la Unión Civil. Todo esto por nombrar sólo algunos hechos políticos enmarcados en 30 años de historia.

Sus militantes tuvimos que enfrentarnos a otro enemigo: la pandemia del Sida. Las primeras víctimas fueron algunos de nosotros, o nuestros amantes o nuestros novios o nuestros amigos.

El propio Carlos Jáuregui, una de ellas. Y también muchos otros integrantes de la CHA que no son tan conocidos masivamente, pero que viven en el corazón de todos los que los conocimos.

La sola existencia y fundación de la CHA fue un inmenso hecho político y de visibilidad. Carlos Jáuregui fue el motor del desarrollo de ese hecho.

La soledad en la que tuvimos que militar (institucional, gubernamental, de la casi totalidad de los partidos políticos, y también de muchos sectores de la propia comunidad LGBTI), hace mucho más meritorio ese hecho reivindicador de un trabajo activista de mano a mano, de colectas, de improvisación y mucho pero mucho esfuerzo personal.

Eran épocas de invisibilidad, de soledad, de miedos, de pandemia, pero a pesar de ello, una época gloriosa de compañerismo, intensos debates, profunda amistad, y una enorme ilusión de que un sueño maravilloso podía ser posible.

En estos 30 años, ha habido mucho dolor por la muerte de tantos compañeros; ha habido durísimas peleas políticas que llevaron a abandonos; ha habido desilusiones, logros, éxitos y fracasos.

También ha habido varios errores graves y muchísimos aciertos; varios presidentes y alguna presidenta; enfrentamientos y alianzas.  ¡Es que son 30 años!

El pasado de la CHA está marcado por la lucha; el presente por la consolidación institucional; el futuro ¿quién puede asegurarlo? Seguramente estará marcado por el mismo futuro político-social que le espera a la Argentina.

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