La enseñanza de la sexualidad en la escuela secundaria es vital por varias cosas: es importante enseñar el respeto de la diversidad sexual para disminuir los casos de acoso escolar y, a la vez, es importante relacionarlo con el cuidado del propio cuerpo, para que los estudiantes tengan relaciones sexuales más seguras y así prevenir las infecciones de transmisión sexual y el VIH.

Hace dos semanas, encontré a unos estudiantes charlando sobre una amiga trans que había dejado el secundario y que se había dedicado al trabajo sexual. Ahí mismo les dije que las personas trans podían ser muchas cosas, no sólo trabajadoras sexuales. Charlando, charlando, llegamos al acuerdo que le iba a llevar un cuento de Naty Menstrual para leer en clase.

A la clase siguiente, llevé el cuento y les explique la diferencia entre sexo biológico, género y orientación sexual. Los estudiantes se sorprendieron al ver la diversidad de opciones que había en la vivencia de la sexualidad: desde una orientación sexual no normativa, un sexo biológico no normativo o un género no normativo.

La clase fue una de las más intensas del año. Los estudiantes debatían, se peleaban, mostraban sus prejuicios y se hacían notar los prejuicios que tenían unos a otros. Así se pasó la última hora del viernes que, generalmente, es una hora casi perdida por ser la última de la semana y donde todos están con muchas ganas de ir a sus casas, cambiarse y salir a las fiestas.

El problema nunca fue con los estudiantes, que se interesaron muchísimo en la clase y, por lo menos, remiraron sus prejuicios. A la semana siguiente, una profesora de unos 50 años me increpó escandalizada por aquella clase. Ella empezó a hablar de que hay pocos estudiantes en la clase que tienen el sentido de familia y de trabajo y que eso es lo que hay que inculcar. Me llamó la atención. Porque las personas trans, los homosexuales y las lesbianas forman también familias y también trabajan.

Y después reflexioné una idea más amplia: nosotros y nosotras, profesores, a veces, en nuestro afán de objetividad y ciencia pura (como si ésta existiese) tendemos a inculcar prejuicios de todo tipo que calan hondo en las formas de relacionarse, de vivir la vida de sus alumnos.

Pensaba que a veces los estudiantes tiene expresiones racistas, sexistas u homofóbicas no porque ellos y ellas lo crean así, sino porque hay un adulto (sea profesor, padre o medio de comunicación) que avala esos insultos. Lo mismo pasa cuando dicen “puto”,  “traba”, “tortillera”. Esos insultos son espejo de lo que nosotros y nosotras, como adultos, les estamos inculcando.

Me imaginaba a esta profesora hablando de valores de familia (obviamente, heterosexual) y de trabajo asalariado. Me imaginaba los prejuicios que esta profesora tendría con lo no normativo o lo diferente, y no hablo sólo de sexualidad, hablo también de esos dos estudiantes de la comunidad boliviana que se sientan al fondo y casi no hablan, o de esa chica que no lo dice pero sabe hablar guaraní porque sus padres son inmigrantes paraguayos.

La norma es tan construida como lo no normativo: que una persona sea “masculino, heterosexual, caucásico” no es privilegio de nada, aunque mucha gente cree que sí.

La norma nos hace creer que el sexo biológico es lo mismo que el género autopercibido (si me autopercibo como mujer es porque mi sexo biológico es una vagina) y que la única orientación sexual normal es la heterosexualidad.

En ese momento, caí en cuenta que si queremos una Educación Sexual Integral, tal cual dice la ley, debemos educar no a los estudiantes, sino a los adultos.

Parece ser que los derechos sexuales y reproductivos  no se están enseñando, ni siquiera los derechos civiles más fundamentalesporque las y los profesores se olvidan que lo que tienen que enseñar son problemáticas. Enseñan datos, sin problemas, sin tensiones ni discursos de poder que se contraponen.

Un primer paso para formular una Educación Sexual Integral debería ser un cambio de foco en toda la situación del aula: no debemos sólo enseñar datos, información, sino problemas, construir dudas y no certezas en los y las estudiantes.

El futuro está en ellos y ellas pero también en cómo nosotros les acerquemos el mundo que nos rodea. Si queremos un mundo diferente, nosotros, los adultos, tenemos que mostrarles que otra forma de aprender y de vivir la sexualidad es posible.

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