Reyna, Déborah y Gerardo, son los tres protagonistas del documental. Todos viven la dificultad de vivir con el VIH en una comunidad pequeña, cerrada y llena de prejuicios. Todos viven al día y todos se levantan con el firme propósito de luchar por sus metas, por cuidar lo que más aman, por vivir plenamente.

Gerardo, jardinero, nos ha enseñado a agradecer a la vida, a agradecer al árbol que lo saluda en la mañana, a agradecer al pájaro que canta en su ventana, al vaso de agua que sacia su sed. Discriminado por sus compañeros de escuela y hasta por su propia familia por su orientación sexual, cuando experimentó fuertemente los síntomas de las enfermedades oportunistas, su padre lo apartó a un chiquero; su familia quemaba su ropa después de cada vómito. Ahora que se ha empoderado en el Oasis, donde apoya cuidando el jardín del albergue, ya se lleva bien con sus familiares, quienes lo quieren y respetan.

Reyna quiere trabajo; quiere dedicarse a la cocina. Pasó gran parte de su juventud como cocinero en las plataformas petroleras de PEMEX. El diagnóstico del VIH lo obligó a renunciar a su trabajo. La otra faceta de su vida es el trabajo sexual. Para eso se transforma durante las noches. En ese oficio lo que le interesa es lo gordo de la cartera del cliente, más que todo. De cuarenta años, hace cinco recibió el diagnóstico. Perdida en el mundo de las drogas, fue a dar al hospital y de ahí al Oasis. A pesar del apoyo que ha recibido, Reyna vive hastiada hasta del mismo albergue; “ver tanto sufrimiento, tanta hipocresía”, y se aparta del mundo. De repente regresa a Cancún o a Playa del Carmen para ejercer el trabajo sexual.

Déborah llegó al Oasis después de haber sufrido una golpiza de parte de su pareja a bordo de un taxi. Cuando llegó no sabía hacer nada. Ahora ya sabe coser y cocinar. También se dedica al trabajo sexual, ama a José, un albañil a quien conoció en el albergue pues también vive con VIH. A los 19 años fue diagnosticada. Déborah es paciente solamente con José, pues le molestan en demasía los regaños de Carlos, el director del Oasis; pero a José lo cuida y lo procura aún cuando él se acabe su salario en cervezas.

Alejandro Cárdenas no es cineasta, es economistay periodista de Querétaro y está dedicado principalmente a la consultoría en negocios entre Finlandia y México, pero su forma de comunicar la vida en el Oasis es comparable a la de cualquier director de cine consagrado. Cinco años de convivencia con las personas de este alberge bastaron para que se convirtieran en parte de su vida. El gobierno de Finlandia financió este proyecto.

Cárdenas  quiso comunicar la situación que vivimos en nuestro país y específicamente en la vida de las personas de este alberge que se convitieron en parte de vida y quienes le compartieron sus sueños y esperanzas. En México viven veinte millones de personas, de las cuales sesenta millones son pobres y veinte millones viven en extrema pobreza.  Este documental nos muestra una realidad tal y como es, a nosotros nos toca encontrar cómo resolver los problemas que enfrentamos como país y como sociedad.

Gran parte del tiempo que Alejandro Cárdenas permaneció en la comunidad trabajó sin cámaras. Durante el proyecto vio que ocho inquilinos del albergue fallecieron. Carlos Méndez, director del lugar, ha visto 350 muertes desde 1996, cuando fundó el lugar. De ahí la importancia de hacer escuchar la voz, los sueños y las ilusiones de aquellos que viven y dan su vida al Oasis.

Alejandro Cárdenas opina que algo podemos hacer para resolver la situación. La simple colecta no es la solución. Durante la presentación, hace algunas semanas, el director reflexionó que hay un montón de medicinas, pero la mejor medicina es la tolerancia, es sentirse útil y ser parte de algo. La mejor satisfacción que encontró fue poder “dignificar a aquellos que viven a todo y a nada al mismo tiempo.”

Gerardo Chan Chan, uno de los protagonistas principales del documental.

Una historia que no debiera repetirse

Hubo una historia sin palabras en el documental, una historia de soledad, casi anónima. Un hombre postrado en su cama, jadeante. Flaco, cada vez más flaco, esquelético. Al principio alcanzaba a sonreír, y con el tiempo la mirada se hacía más perdida, ya sin luz. Le daban de comer y era todo lo que ya podían hacer por él. Finalmente, en abril de 2011 falleció. Fue enterrado en el panteón particular del albergue. Hasta ese momento supimos su nombre: Carlangas.

Esta última historia fue la que más me conmovió, pues en junio de 2011 conocí a alguien con el mismo nombre que vive con VIH.

Para los que vivimos en ciudades puede parecer inimaginable un lugar como el Oasis. Llena de impotencia saber que con el avance en la ciencia y en el tratamiento y atención del VIH, aún en México existen lugares donde la gente solamente espera morir, donde el pueblo circundante hable con desprecio de los habitantes del albergue, donde una persona que entre ahí quede marcada con el estigma y el rechazo.

Aún así, hay personas que persisten, resilientes, que entregan su vida por cuidar a los que viven en la misma situación. Personas que tienen sueños, objetivos, metas. Son las personas del Oasis las que generan el milagro de sobrevivir a la adversidad, de cuidar al vecino como a un familiar, de encontrar el amor y el sentido de la vida aún en las condiciones más difíciles.

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