La conmemoración del Día Internacional de los Pueblos Indígenas de hace algunos días nos recordó el mundo plural en el cual estamos inmersos, donde las distintas formas de vida tienen lugar, que generan culturas, creencias y sociedades, algunas apartadas de ese anillo urbano al cual tanto estamos acostumbrados.

Hoy en día, la mayoría de los países de América Latina y el Caribe poseen  leyes que reconocen la autodeterminación de los pueblos originarios, con énfasis en la protección de las comunidades indígenas y de su cosmovisión, así como el cuidado de sus tierras y la consideración del impacto de las actividades humanas sobre el medio ambiente. Sin embargo, en materia de derechos sexuales y reproductivos aún es poco lo abordado y hay una discusión pendiente sobre las prácticas sociales ancestrales, la concepción indígena de la salud, los roles del género y hasta las determinantes de la lengua.

Los matrimonios forzados, las mutilaciones, entre otras prácticas ancestrales, colisionan con los derechos sexuales y reproductivos y los derechos individuales más fundamentales, siendo más vulnerables las niñas, adolescentes y mujeres.

Yina Paola Rodríguez, una joven colombiana indígena de la etnia Zenú que vive con VIH, compartió con Corresponsales Clave su testimonio: “Desde que tengo memoria  siempre se me indicó quée debía hacer, cómo debía hacerlo y por qué debía hacerlo, añoré seguir jugando con muñecas, seguir jugando con otras chicas y pasar tan rápido mi etapa joven, sin cuestionarme el por qué llegaban los hijos y la responsabilidad de un hogar a mi corta edad. Tan solo no entendía pero debía seguir los estereotipos de una cultura que te encamina hacia el único objetivo dentro de la comunidad para una niña: ser mujer”.

Constantemente las adolescentes son vendidas y casadas a la fuerza por sus familias, suprimiéndoles la libertad para elegir sobre sus relaciones sexuales, convirtiéndolas en meros objetos reproductivos que se pueden vender, usar, desgastar y desechar.

“El ser mujer predetermina tu rol dentro de una familia, aunque mi esposo en aquella época era un hombre mayor,  acepté sin protestar porque debía y tenía que casarme  y sin pensar mucho en ello, llegó mi primera hija, un tesoro especial, pero no con el gusto de saber que quería ser madre debido a lo prematura de la situación”.

En algunas comunidades, el valor de la mujer indígena se mide a razón de su fecundidad, una mujer indígena que no tenga hijos no es bien vista pues la procreación es comprendida como una obligación divina.

“Y así transcurrió el tiempo, consolidando un hogar y esforzándome por mantener una familia, aunque no era lo que realmente quería, pues estudiar, ser alguien, ser yo misma era mi verdadero sueño y cuando recién lo descubrí, también comenzó mi calvario, pues llegó a mí el diagnóstico VIH+ y en una comunidad no es nada fácil manejarlo(…).”

Las decisiones del hombre están por encima de los gustos de la mujer, de hecho, en las relaciones sexuales generalmente es el hombre quien decide si usar o no el preservativo.

“Y nació mi segundo hijo, aún seguía la carga de ser muy joven; sin embargo, ya era una madre madura impregnada de pensamientos de sabiduría y tranquilidad y comencé a cuestionarme  la clase de vida que estaba viviendo al pasar mis mejores años dentro de una jaula mientras mis sueños se desvanecían en mi mente.

Ya no quería seguir conservando una cultura donde no te permiten pensar e inicié una etapa de rebeldía frente a reglas que no te dejan escoger, ni siquiera eliges como vestirte, todo lo escoge tu esposo. Y me pregunté: ¿Tendré derechos? ¿Quiero seguir teniendo hijos solo porque representan una familia? ¿Qué quiero realmente?”

Las mujeres sufren constantemente de violencia psicológica, física y sexual, un ejemplo de ello son las relaciones sexuales obligatorias, un cruel hecho naturalizado en las comunidades.

“Cambiar de pensamiento fue difícil, con ello llegó la violencia hasta el punto de generar cicatrices en mi rostro,  fue cuando comprendí que no tenía un esposo, tenía un monstruo durmiendo a mi lado”.

“Estar sujeta a una tradición donde la familia lo es todo, que la mujer es el pilar fundamental y es la base de todo, ocasionó que me despegara de una cultura que afecta seriamente el pleno ejercicio de nuestros derechos sexuales y reproductivos y con esta idea en la cabeza me convencí que había más de mí para dar a otros que quedarme allí.

Eso me trajo alegrías pero también el destierro de mi familia,  la separación de los míos  y por poco el no tener más a mis hijos, porque ya no tenía un esposo, ni una comunidad, tenía enemigos declarados. El simple hecho de pensar diferente es deshonra para un hombre, porque compromete su supuesta autoridad, pero hoy por hoy pienso que aunque perdí algo, gané mucho más: Ser quien soy.

De ser yo misma, de seguir mis sueños y, sobre todo, de ser libre, de ejercer mis derechos sexuales y reproductivos. Ahora he experimentado lo grandioso de un orgasmo, vivo la experiencia de hacerlo, a la hora que quiero, como quiero y con quien quiero, sin presiones, sin prejuicios, vivo mi sexualidad al máximo y he descubierto lo mucho que tengo para dar como mujer”.

En la mayoría de países de nuestra región, se defiende el Derecho a la libre determinación de los pueblos indígenas, el autogobierno y el respeto a las prácticas culturales, que otorga cierto grado de autonomía para preservar  los valores ancestrales. Pero dentro de las comunidades, se mantienen estas y muchas otras prácticas y costumbres que vulneran los derechos especialmente de niñas, adolescentes y jóvenes.

¿Y la convención sobre los derechos de los niños, niñas y adolescentes? ¿Y Los derechos sexuales y reproductivos anexos a la declaración universal de los derechos humanos?

Ninguna tradición debiera estar por encima de los derechos humanos universales, por ello es importante profundizar en la discusión de cómo acercarnos a los pueblos originarios. Es momento de evaluar los marcos legales y su implementación en los pueblos originarios o de lo contrario más mujeres y niñas estarán lejos de vivir a plenitud su sexualidad y expuestas a infecciones de transmisión sexual, entre ellas el VIH.

Imágenes: fuentes varias.

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