Por Brenda Iris Chignoli.

Las personas con VIH que padecen los efectos secundarios que les provocan los antirretrovirales (ARV) suelen abandonar la terapia ante el fracaso del tratamiento convencional para mitigar algunos de los síntomas como náuseas, vómitos o anorexia. Estos desaparecidos del sistema suelen regresar cuando ya están enfermos y su vida corre riesgo. Otros recurren al cannabis o marihuana.

Luis Vega, de la Unidad Coordinadora y Ejecutora del Programa Provincial de VIH-Sida y ETS de la Provincia de Córdoba, Argentina, sostiene que “a noviembre del 2013 están diagnosticadas oficialmente 8305 personas con VIH en la provincia;  tres mil de ellas reciben tratamiento antirretroviral (TARV) del Programa y el resto lo hace a través de sus obras sociales”. Sin embargo, no hay información de las personas que, pese a tener indicado el TARV, no lo siguen: “Si en seis meses no retiran los ARV se les da de baja en el padrón”, explica Vega. “Entran dentro de ese hueco que no se ve. Y creo que no hay un seguimiento de las personas; que no se hacen los controles y que no hacen tratamiento. El TARV es una sugerencia que hace el profesional y en última instancia el paciente decide. Los que estamos en el programa sabemos que utilizan el cannabis porque les ayuda a la ingesta o porque además, a quienes están en tratamiento oncológico, les ayuda con las secuelas, y hay un grupo grande de profesionales que lo sabe. Se sabe pero mejor ni hablar. Hay un número importante de médicos que ante las consultas les dicen que no hay efectos (adversos) entre la marihuana y los ARV. Encontrás profesionales que saben y la sugieren pero no es lo que se aconseja”, relató Vega.

Una opción cada vez más difundida entre las personas con VIH es el uso del cannabis, conocido también como marihuana, maría, macoña, faso, porro, entre otros. Esta planta produce una resina que contiene cannabinoides, que funcionan no solo como antieméticos, anti nauseosos y anti anoréxicos sino también para el alivio de los dolores neuropáticos y el mejoramiento del ánimo. En la Argentina se han presentado recursos de amparo de personas con VIH que utilizan el cannabis terapéuticamente, como el de Cibotti en Buenos Aires o el de Escalzo en Córdoba. En un sector de la comunidad médica existe una tolerancia tácita para su uso.

Otras experiencias en salud pública

El actual sistema de salud argentino ofrece la farmacopea convencional como posibilidad para tratar los efectos indeseados de los ARV. Si esto fracasa no hay otras opciones. Hay quienes acuden a tratamientos complementarios, que son una tendencia en el mundo, para disminuir los molestos síntomas y otras enfermedades. Un ejemplo es el vecino país de Chile, que dentro de su sistema público de salud “otorga reconocimiento y regula” estas disciplinas llamadas medicina complementaria-alternativa.

La Estrategia de la Organización Mundial de las Salud (OMS) sobre Medicina Tradicional y Complementaria 2014-2023 dice que “(esta) es una parte importante y con frecuencia subestimada de la atención de salud. Se la practica en casi todos los países del mundo, y la demanda va en aumento. La medicina tradicional de calidad, seguridad y eficacia comprobadas contribuye a asegurar el acceso de todas las personas a la atención de salud”.

El derecho a tener opciones

La restricción de otras opciones y de información sobre terapias probadas o en estudio genera una ausencia de derecho en las personas con VIH. Un sistema inclusivo debe contemplar la posibilidad de dar solución a este problema social. La contradicción es tal que mientras algunas alternativas terapéuticas como el cannabis son prohibidas o demonizadas, grandes laboratorios como Bayer y GW Pharma ya elaboran el Sativex a base de cannabis, y lo comercializan en algunos países donde la planta está prohibida.

Los programas de VIH ofrecen talleres de adherencia a los TARV, pero en ellos no se brindan alternativas para sobrellevar los efectos secundarios del tratamiento.

La discusión sobre el uso de cannabis en personas con VIH recién se está introduciendo en los países de América Latina y probablemente tome algún tiempo demostrar sus ventajas y desventajas. Pero esta discusión debe continuar si ofrece una salida para evitar que tantas personas desaparezcan del sistema de salud.

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