Llego a la Central de Trabajadores Argentinos con varios sentimientos de otras épocas. Me dirigen hacia una oficina donde hay varios carteles; uno de una boca con un rouge potente que dice “Por la boca el pez muere”, haciendo referencia al sexo oral como medio de transmisión de enfermedades sexuales. Me piden café y me lo traen a mi mesa.

Escucho la grabación  de esa entrevista que tuve y me doy cuenta de mi tartamudez. ¿Qué le puedo preguntar yo, un nene de pecho, a una mujer como Georgina Orellano? Sin embargo, avanzo entre la espesura de mis pensamientos y me dan ganas de charlar mil horas, escucharla contar su sabiduría de calle.

Georgina Orellano, Secretaria General de AMMAR.

Horas antes, en la Universidad de Buenos Aires ella expresó “desde AMMAR estamos convencidas que las trabajadoras sexuales somos parte de la solución del flagelo del virus del HIV en Argentina. Trabajamos día a día para concientizar tanto a nuestras colegas como al resto de la población acerca de las medidas que hay que tener en cuenta para evitar la infección y las formas de prevenirla”.

Georgina es una mujer fuerte. Se nota que el tiempo y el dolor la hicieron fuerte. Me habla de AMMAR con cariño, me explica que cuando recién llegan a un barrio o a una casita muchas chicas creen que es un delito ser trabajadora sexual. El primer paso que dan en el empoderamiento es explicarles a ellas, de par a par, de trabajadora sexual a trabajadora sexual, que tienen derechos, que ningún policía las puede llevar o pedirles dinero.

Me cuenta que en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires los policías allanan las casas a la fuerza, sin mostrar órdenes de allanamiento ni golpear la puerta. Es más, agrega, usan los mismos preservativos que nos da el Gobierno de la Ciudad, que tienen su sello, como prueba de que en esa casa se ejerce el trabajo sexual.

“Eso es hipocresía” dice, cruda. Le creo. Yo le recuerdo la canción del cantor de mis pagos, Horacio Guaraní, que dice “enamorado, el mismo juez que te ha condenado” haciendo referencia a aquellos que levantan el dedo de la moral y antes se estuvieron revolcando en sus camas.

Me explica que el trabajo sexual debe ser autónomo: una mujer, hombre o trans (o cualquier identidad génerica que sea) debe ser mayor de edad y ejercer libremente su profesión, con obra social, jubilación y todo lo que debe llevar el trabajo autónomo.

Sin querer, me cuenta que hay varios países de Latinoamérica y el Caribe, como República Dominicana, que lo que quieren hacer es no criminalizar a la trabajadora sexual pero si desalentar al cliente, entonces, lo criminalizan: “lo llevan preso” me dice, cruda, nuevamente.

Para finalizar le presento un caso: ¿Qué pasaría si un cliente quiere tener relaciones sin preservativo? La respuesta es tajante: “Nuestra salud no se negocia”. Y me explica que si sucede eso, si nos quieren dar mucha plata por tener relaciones sin preservativo, hay que decir que no. Y, agrega, no sólo es el VIH sino muchas enfermedades, como la sífilis, nos podemos contagiar”.

Antes de despedirnos, le digo mi secreto tímidamente: “nunca pagué por sexo, nunca lo necesité”. Lanza una carcajada y me dice “Te voy a hacer un ticket de descuento”.

Todos los artículos pueden ser compartidos y publicados siempre que sean citados los datos de la fuente.