Luego de los terribles hechos en París contra la revista Charlie Hebdo, quienes trabajamos en comunicación, en periodismo y –por qué no- en humor (no al mismo tiempo, ni en el mismo lugar), sentimos la necesidad de decir algo.

Lo que sucedió la semana pasada fue un hecho violento de terrorismo y es insoslayable que se transformó en un atentado contra libertad de expresión, realizado este, por un grupo de fanáticos religiosos, soldados del odio y la muerte.

Quienes trabajamos en VIH/sida, no nos terminamos de acostumbrar a ver y reportar como los fanáticos arrebatan en forma espontánea o sistemática la vida de gays, HSH, trans  y trabajadoras sexuales. Sean estos de autoría directa en el acto criminal o por la promoción y apología del odio. También, en la región, tenemos otros hechos de inexplicable violencia, como ha sido la reciente masacre de 43 jóvenes en Iguala, México. La impunidad de estos crímenes es lo que puede permitir su continuidad.

Mucho se ha criticado también el estilo y las formas de la publicación francesa atacada, y para muchos sus contenidos van de incómodos a ofensivos, llegando, por supuesto, al más alto grado de sacrilegio para algunos. ¿Cuál es el límite para el humor? El límite del humor es el límite de la libertad de expresión. ¿Quién lo define y custodia?

La tiranía de lo correcto

En lo personal, creo que no debiera haber ningún límite y ninguna forma de control, represión y censura. Creo que muchas veces los comunicadores y humoristas producen contenidos denigrantes para nuestras comunidades, haciendo hincapié en los estereotipos, los prejuicios y, queriendo, o sin querer, contribuyen al estigma y discriminación. En estos casos, bastante habituales, creo que nuestras organizaciones deben seguir trabajando en sensibilizar, incidir y educar a la gente, logrando una mejora en el tratamiento de los medios, una moderación, una retractación o una disculpa.

Pero nada de esto justifica la censura. Hoy reprimimos a los que nos hacen daño con alguna herramienta, que alguien luego utilizará en el futuro en nuestra contra.  Estoy seguro que muchos no coinciden con mi postura y los invito a debatir por este o cualquier medio.

Muchos podrán afirmar que este humor no es necesario, que ha lesionado en algún grado a muchos creyentes de muchos cultos. Aunque por ahora, el fanatismo y fundamentalismo religioso en sus diferentes formas de expresión vienen costando muchas más vidas que el humor mas políticamente incorrecto.

Muchos de nosotros, entretanto, ejercemos cero tolerancia a cualquier desvió en el uso de la terminología sensible, correcta, inclusiva y apropiada. Esto, usado en forma extrema, tiene un efecto bastante disruptivo en la comunicación con todos aquellos que no integran “el club” y dominan nuestros “códigos”. En ocasiones llegamos a algún grado de fanatismo, incomparable este con los que motivan este escrito. Y al mismo tiempo, muchas veces, nos perdemos en la forma abandonando la importancia de los contenidos. Nos gusta mucho oír y oírnos en encendidos discursos llenos de terminología políticamente correcta que pareciera comunicar menos de lo que creemos y generar pocas acciones y cambios. Amamos ver documentos, declaraciones y conclusiones “bien escritos”, con todos nosotros como poblaciones bien listadas, con todas las “palabras claves” bien ubicadas en los grandes textos completos y complejos en las  formas pero pobres de contenidos. La perfección es enemiga de la pasión, y con déficit pasional, en nuestra tarea, los cambios son más difíciles.

El mercado de la palabra

En la respuesta al VIH/sida, y temas adyacentes, existe una sobre-oferta de palabras, sobretodo las dichas y las escritas, que lamentablemente tienen poco correlato con la acción. No dudo de la importancia de las declaraciones de compromiso de los gobiernos o de las agencias a favor de nuestras luchas, contra la discriminación, por un mayor acceso, etc. Todas aquellas son el resultado de un arduo trabajo de incidencia de muchos de nuestros colegas. Pero son eso, declaraciones, nada más.

Ahora, si estos documentos no son acompañados por acciones y actividades en los países por parte de quienes los han impulsado (nosotros) o suscripto (los otros), resultan en una sopa de letras de pura retórica, que difícilmente mejore o extienda la vida de ninguna persona.

Creo que a veces nosotros tenemos algún grado de responsabilidad en fomentar este mundo paralelo y  artificial del tipo declarativo sin darle seguimiento para su cumplimiento. Sin querer, endosamos ejercicios retóricos, creyendo que es un fin en sí mismo y no solo uno de los medios para lograr los tan necesarios cambios. Urge una evaluación honesta sobre el impacto de la llamada “incidencia política de alto nivel” y la reproducción serial de documentos, que revise su eficiencia e impacto en la vida de las personas de carne y hueso.

Todos los días, por expresarse hay gente que pone en riesgo sus vidas o las pierden. Y otros que transcurren las suyas perdidos en construcciones retóricas que ya han dejado de ser revolucionarias. Y lejos de provocar cambios, son quienes mejor alimentan un status-quo, donde la mejor vacuna para no hacer, es el decir. Sin lugar a dudas, un mundo con menos fanatismos y extremismo religioso, será un lugar mejor.

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