En 1986 dio a conocer por primera vez en un evento de organizaciones sociales de izquierdas en el Estación Mapocho, en Chile, su manifiesto Hablo por mi diferencia, emblema universal de la lucha LGTBI contra el sistema heteropatriarcal y contra el desprecio de la izquierda y los movimientos sociales contra los maricas, las lesbianas y las personas trans, siempre relegadas a la última fila, a la vergüenza pública, presos en los Umap Cubanos, expulsados de las Plazas, condenados a la denominación de “decadencia burguesa”, o al rol de “cobardes”.
Ese día, se plantó antes miles de militantes con una hoz y un martillo maquilladas en su cara, unos zapatos de taco alto, y entre otras cosas les dijo:
“…Mi hombría no la recibí del partido
Porque me rechazaron con risitas
Muchas veces
Mi hombría la aprendí participando
En la dura de esos años
Y se rieron de mi voz amariconada
Gritando: Y va a caer, y va a caer
Y aunque usted grita como hombre
No ha conseguido que se vaya
Mi hombría fue la mordaza
No fue ir al estadio
Y agarrarme a combos por el Colo Colo
El fútbol es otra homosexualidad tapada
Como el box, la política y el vino
Mi hombría fue morderme las burlas
Comer rabia para no matar a todo el mundo
Mi hombría es aceptarme diferente
Ser cobarde es mucho más duro
Yo no pongo la otra mejilla
Pongo el culo compañero
Y ésa es mi venganza…”

Hablo por mi diferencia (fragmento)

Alguien escribía esta mañana “se ha muerto un atrevido”, y no hay mejor definición para contarles a quienes no leyeron su obra o conocieron su transitar, quién fue Pedro Lemebel.
Hijo de la pobreza chilena que habitó los márgenes del río Mapocho, ingresó a la Universidad de Chile donde se graduó en Artes Plásticas y donde comenzó a relacionarse con los movimientos contra la dictadura pinochetista.
Sus relatos siempre reflejaron la precariedad social y la dificultad de la vida de los jóvenes homosexuales. La derecha chilena por un lado y el estalinismo del comunismo por el otro fueron dos manos que apretaron sus ideas, su libertad y su deseo.  Escribió y luchó contra ambos.

Su distanciamiento del Partido Comunista sin embargo no lo alejo de las luchas sociales y fundamentalmente de las reivindicaciones del colectivo LGBTI, de DDHH y contraculturales.
Fue fundador, junto a Francisco Casas, de “Las yeguas del Apocalipsis”, grupo político performático con el que generaron innumerables acciones político-culturales de carácter disidente.

Íntimo amigo del escritor Roberto Bolaños, fue él quien hizo posible que la obra de Lemebel sea conocida internacionalmente, primero con su publicación en Barcelona de Loco afán, y más tarde –con el interés despertado- traducido a diferentes idiomas.

Crítico de ese activismo LGTBI oficializado que ronda los despachos y se escapa de las calles, polemizó abiertamente con muchas organizaciones y referentes de Chile sobre todo por el auge de la teoría queer de la que desconfiaba: “A ratos me parecen nuevas formas de rearmar guetos, pero tengo que reconocer que es una explosión de discursos trasgresores interesantes que le han dado aire al desprestigiado panorama del género”.

Lemebel nos habló desde lo marica, de esa loca que se enamora del chongo, la que busca al marinero en el puerto o al obrero en el acto del Partido, la locaza mal pintada, con la peluca a cuestas de tantos besos y tantos vasos. Pero también nos dijo “a luchar chicas”. Su lucha fue poesía y fue calle, fue ruptura y risotada borracha.
Poesía pura y lucha errante que los jóvenes casi ni conocen, o que tal vez recuerdan por un murmullo de algunas frases que repiten otras locazas disidentes, otras activistas, otras poetas, que claro, hoy lloran porque hoy toca llorar la muerte de otra faraona marica.

Se nos fue un atrevido, en un atrevimiento más de su pirueta cueca, marica, enferma, cancerosa, sidosa, apestada, brillante, amada, luchadora, inconformista, y tremendamente extrañada a partir de hoy.

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