Hace unos días vi, en un canal de televisión pública de la Argentina, la película “Un año sin amor” basada en el libro de Pablo Pérez. El libro es un diario sobre el rechazo que va teniendo este “yo- escritor” hacia el tratamiento antirretroviral  y cómo, poco a poco, empieza a tomar la medicación.  El diario fue escrito en 1996, justo en el momento que empiezan a llegar los primeros cócteles de pastillas a la Argentina.

Hay una visión contundente: frente a la muerte anunciada, Pablo vuelve a vivir su vida. Vivir, con toda la potencia vital que tiene esa palabra, con todo el dolor y amor que conlleva. “Un año sin amor” tranquilamente se podría llamar “Crónica de una muerte fallida” ya que lo que parece siempre aproximarse (el final al mejor estilo Philadelphia) termina siendo un nuevo comienzo.

Sin embargo, más allá de la trama general, me asombró mucho una de las escenas finales de la película que no aparece en el libro: la charla que Pablo tiene con su padre una vez editado el libro y puesto a la venta en todas las librerías de Buenos Aires. El padre, sintiéndose “deshonrado” por la visibilización de su hijo frente a la problemática del VIH y frente a toda la sociedad, lo echa de su casa.

Me quedé pensando en ese gran tema que nos acosa a las personas que vivimos con VIH y que nos visibilizamos no sólo ante nuestros familiares sino también de manera masiva. El problema que surge es cuáles son las reacciones de nuestro entorno más cercano (amigos, familia, etc.) no ante el decir que uno tiene VIH frente a ellos y ellas; sino ante escribir y mostrar sus propios modos de vida en forma de obra de arte, en el caso de Pablo Pérez en forma de un diario íntimo, frente a la multitud, al qué dirán de la “persona común”, esa a la que supuestamente no le aqueja ningún problema de salud.

Hay algo de lo íntimo que se rompe y que se vuelve del ámbito público, algo devastador y cruel. Mostrar los modos de relacionarse, de estar en el mundo mientras uno vive con el virus parece algo tonto para uno, por esa cotidianidad del vivir mismo, pero puede ser un quiebre radical de la mirada y los sentimientos con los otros. ¿Cómo entender al otro? ¿Cómo ponerse en su lugar? Son cosas que deberían pasar por la cabeza, antes que el dedo acusador que prescribe la discriminación se levante.

En mi visibilización, que se dio a través de una nota del suplemento Las 12 del diario argentino Página/12, pude notar dos posturas de los otros frente al virus: por un lado, la más conocida: la discriminación y el estigma; pero por otro lado, esa discriminación positiva que se parece mucho a la caridad y a la lástima cristiana.

Con respecto a esta segunda postura la versión oficial sería: “vení, pobrecito, que yo, para ganarme un lugar en el cielo de los justos, te daré mi hombro para que llores tus desdichas, te arrepientas y vuelvas a una vida sana y correcta”. Entre estos dos polos se mueve la mirada de los otros hacia nosotros: las personas que vivimos con VIH y que decidimos visibilizarnos en los medios masivos de comunicación.

A mí, como persona viviendo con VIH, me gustaría que todos los que somos jóvenes visibles no sólo relatemos el momento en el que conocimos nuestro estado serológico sino también que relatemos el momento en el que se sobrepasa ese quiebre entre el ámbito de lo privado y lo público y quedamos en una especie de transición impúdica en la que se convierte nuestra vida.

“No tengo más intimidad, chicos” parece decir uno después de ese momento de shock en el cual los medios masivos de comunicación se apropiaron de nuestra historia. Lo que dicen los otros suele convertirse así en un in crescendo de mentiras, idas y vueltas que nunca terminan en nada, y que demuestran una puesta en escena de las problemáticas asociadas al VIH- sida, el estigma y la discriminación.

Frente al estadio de plena exposición, prefiero ser uno más en el montón que nos movemos, hinchamos, golpeamos puertas, luchamos, reímos y, también, en alguna de esa, construímos un mundo más igualitario, no sólo para las personas que viven con VIH, sino para todos y todas, cada cual con su diferencia que lo hace único. Darse cuenta de esa simpleza de ser uno más en un mar de gente nos vuelve más auténticos y, quizás, menos vulnerables.

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