Juan es contador público y trabaja en la sucursal de un banco. Tiene un empleo fijo que incluye, entre sus beneficios, poder optar por un seguro privado de salud (medicina prepaga). Dos veces al año, luego de realizarse sus estudios de laboratorio, ve a su médico en el consultorio privado y renueva el tratamiento por seis meses. Tratamiento que retira de una discreta farmacia cerca de su casa.

María es ama de casa, madre de tres niños y esposa de un maestro de escuela. Ella gestiona su tratamiento y el de su pareja en la obra social sindical de los docentes. Dos veces al año se realiza sus estudios clínicos y seis veces por año debe ir a retirar sus recetas, las que autoriza todos los meses en el consultorio de médico y en las oficinas de la obra social, ambos muy lejos de su casa.

José es un joven compositor y artista que empieza a vislumbrar una carrera en la música, pero la mayoría de sus ingresos provienen de hacer arte en las calles de la ciudad. No tiene ni prepaga ni obra social, pero concurre al hospital municipal donde hace poco más de un año lo diagnosticaron y donde desde hace unos meses recibe su tratamiento. Una vez al mes sale de su casa antes que el sol para ver a su médica y retirar sus medicamentos en un hospital cuyas demoras están asociadas a la sobredemanda por su reputación de servicio de calidad y calidez.

María, José y Juan sólo tienen en común que viven con VIH. Todo los demás, como en la vida del resto de los mortales, puede ser significativamente diferente. Hace poco menos de un año apareció en la realidad de estos personajes otro aspecto común: el desabasto. Y junto con él, la demora, el fraccionamiento o la falta de alguno de los medicamentos en su esquema de tratamiento.

José llegó una mañana de otoño al hospital y se encontró con una larga fila de personas en la entrada de los consultorios de Infectología. “Faltan medicamentos”, le dijo un voluntario que ya lo conocía. “No hay rito ni nevi”, dijo sonriente una mujer (muy) embarazada que hacía la misma fila pero sentada en una silla prestada. Tres horas después la señora que atendía la farmacia, sin mirar la receta de José, le dijo: “Ay corazón, vení la semana que viene o cuando se te acabe todo, que hoy estamos mal, estamos en el horno… ¡El próximo!”.

María se enteró de esta mala nueva en la farmacia social, una vez recorridos los diferentes pasos de la microburocracia sindical. “No, de este no tenemos y la droguería nos dijo que no sabe cuándo viene”, le explicó la empleada y agregó mientras le devolvía las recetas: “¿Por qué no le decís a tu médico que te lo cambie?”

Juan trabaja todo el día hasta muy tarde y suele ir a la farmacia cada mes, el día que ya no le quedan pastillas en el frasco, sobre el filo del cierre. También se enteró del faltante en la farmacia, y a esa hora la empresa de medicina privada había cerrado. Mañana tendría que encontrar un tiempo para salir del banco y hacer la llamada desde la calle, donde nadie del trabajo lo pueda escuchar.

¿Qué pasó? ¿Barreras para importar algunos productos medicinales dentro del país? ¿Pobre planeamiento en la compra y distribución de algunos productos farmacéuticos e insumos en algún subsistema? ¿Cálculos financieros o demora en los pagos? ¿Empresas farmacéuticas que producen menos y distribuyen poco algunas viejas formulaciones para posicionar otras nuevas? ¿Burocracia en el sector público y privado? ¿Sistemas que no ponen a los usuarios y sus necesidades en el centro de sus procesos? Y las preguntas podrían seguir.

Al menos uno de los tres personajes habrá dejado su tratamiento esta vez, en un hecho tristemente evitable. Los otros dos, que persistieron, se habrán cruzado quizás, sin conocerse, yendo a buscar una carta oficial al prestador diciendo que le falta un medicamento o llevando dicha carta a la Administración de Prestaciones Especiales (para cambiarla por otra carta), trámite que le permitirá conseguir el medicamento en el Ministerio de Salud. O posiblemente compartir el transporte público camino a ver a sus médicos, para cambiar la receta del medicamento en falta y completar nuevamente todos o algunos de los siguientes formularios mínimos: el consentimiento del plan de tratamiento, la ficha de notificación, el anexo tres o el cinco. Eso sí, por favor, todos completos por el doctor en letra clara, de imprenta y en hoja oficio.

Vivir muchos años con VIH, gracias al tratamiento, dejó de ser un milagro para la mayoría, pero a consecuencia de algunas de las formas de la ineficiencia y la burocracia se transformó en una prueba de resistencia. Y la gente se cansa, se agota, se fatiga. No solo de tomar dos, tres, seis o más pastillas por día (solo en la dimensión antirretrovirales) sino de las gestiones inútilmente repetitivas, relacionadas con el tratamiento en los hospitales, obras sociales y prepagas del país. Parece que los procedimientos y sistemas han sido hechos por personas que, además de carecer de sentido común, no parecen estar o haber estado muy enfermas.

En nuestros países, que ya viven con VIH hace unas décadas, podemos ver que empieza a fallar la “adherencia de la política a las políticas”, que sostenga los servicios de sus ciudadanos con problemas crónicos de alta complejidad. Cuando una persona con VIH abandona su tratamiento es una falla grave de los sistemas, de los servicios, de los funcionarios y de los profesionales de la salud. La consecuencias para ese individuo, su familia y para la salud pública son incalculables.

Poco sabemos, pues venimos gastando mucho dinero en dibujar escenarios donde todos tienen acceso a su diagnóstico y desde entonces viven por siempre felices tomando sus tratamientos. Y colorín colorado, esta carga viral jamás será detectada.

Y por desgracia algunas de estas cosas pueden ocurrir con mayor frecuencia como consecuencia, también, de la pérdida de nuestra capacidad de indignarnos.

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