Un día como hoy, hace 25 años, la Organización Mundial de la Salud (OMS) retiró de las estadísticas internacionales de las enfermedades (ICD 10) a la homosexualidad. En estos años mucho se ha avanzado, pero en muy pocos países se progresó en la realización de los derechos humanos del colectivo LGTBI.

Leyes de unión civil, matrimonio igualitario, adopción, identidad género son algunos ejemplos de grandes avances en el marco legislativo que, sobre todo en occidente, han cristalizado la tan esperada justicia. Siguen siendo una minoría de países si se los compara con la situación de regiones como África, Europa del Este y Asia.

Recientemente hemos visto recrudecer el fundamentalismo religioso homófobo, ya no encarnado por la iglesia católica apostólica romana, sino por el ala más dura y peligrosamente conservadora del protestantismo. Hemos presenciado sus estragos en África, Brasil y Haití.

Como movimiento somos víctimas de un cierto grado de complacencia y comodidad. Por una lado, creemos que la sanción de leyes basta para lograr la realización de los derechos, y aunque es un gran paso, no resuelve en lo inmediato las fobias del común de la gente, de sus instituciones y de la corporaciones. Como decía Néstor Perlongher, vivimos bajo un estado de “tolerancia ampliada”.

Hoy, en muchos contextos la homofobia es políticamente incorrecta. No es “progre”. Una parte de la opinión publica se expresa más tolerante con estas “formas de vivir modernas” aunque el cambio profundo que supone una aceptación plena, el cambio de actitud y de creencia, es lento y va despacio. Sin embargo esto es difícil medir y nadie quiere empaparse de malas noticias.

Quizás, el síntoma más claro de la “tolerancia posada” es lo que sucede en los medios de comunicación en mi país en la relación con la comunidad trans. Transcurrieron años desde que se sancionó la ley de identidad de género y sin embargo hoy cualquier comunicador, panelista e invitado a programas televisivos se permite cuestionar si una personas trans femenina es hombre, homosexual o mujer. Los más cuidados alegan ignorancia; los mas “honestos”, su opinión personal. Pocos asumen que esto es violencia. Pero además, es una señal de que el iceberg es más grande y peligroso debajo del agua.

En segunda instancia, hay poca solidaridad mundial para con las y los hermanos que aún viven en países y regímenes extremadamente homo y transfóbicos. Necesitamos más solidaridad internacional porque hay que tener empatía suficiente para sufrir con los que lo hacen lejos y, además, hacer algo.

No hay que viajar muy lejos para ser más solidarios. A nuestro alrededor las personas trans encarnan el mismo colectivo de excluidos y víctimas de las más diversas formas de la violencia, aquí nomás, en algún parque cercano a nuestras ciudades.

Pero es que muchos de nosotros, la L y G de la sopa de letras, nos hemos aburguesado y hoy nos hundimos en un sillón a atorarnos con una temporada de alguna serie vía Netflix, entre hijos, sobrinos, gatos y perros. Bien merecido que nos lo tenemos, pero no nos olvidemos que esa no es una oferta disponible para todos y todas. Y aún otras burguesías cómodas pero bien pensantes al menos donan dinero para que otros hagan, y entre nosotros ni eso.

Quizás necesitemos más y mejores organizaciones LGTBI, nacionales e internacionales, no tan identificadas con un gobierno o con determinada política partidaria, lo que las hace perder su independencia. Organizaciones que hagan menos culto a las declaraciones de la ONU y la OEA, movilizando el “poder de la humanidad”. Porque hay muchas asignaturas pendientes aun en la nación más “gay friendly” del planeta, que debiéramos saldar primero antes de salir a salvar al resto del planeta.

Hay un poco de comodidad y también una crisis de credibilidad, de reputación y de representación en las organizaciones. Mucha gente potencialmente valiosa, como están las cosas hoy, no se acercaría a colaborar bajo ninguna de sus formas. Aquí hay que interpelar y reflexionar las formas, los comportamientos y la complacencia.

Porque para exigirle al resto, a las mayorías -que sienten y creen de determinada manera y no lo dicen- la comprensión, aceptación y convivencia plena, será necesario hacer mucho más y dejar nuestro lugar de comodidad.

Hoy quiero adherir a la campaña para incidir en la Asamblea Mundial de la Salud para que los derechos y necesidades del colectivo LGTBI no queden afuera de la agenda del desarrollo post 2015. Tú también puedes sumarte en este vínculo.

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