Durante la consulta regional de prevención combinada en la ciudad de Panamá tuve la oportunidad de compartir la presentación de mis colegas de Corporación Kimirina y su experiencia de prevención en la red llamada Ponte Once. Además de dar a conocer la iniciativa, la idea de la presentación fue plantear una reflexión sobre el uso -y desuso- que hacemos de la tecnología en nuestro trabajo, por ejemplo de prevención. La conversación despertó mucho interés y debate, quedó en muchos la necesidad de seguir el diálogo y, de mi parte, el compromiso de empezar un ejercicio y espacio de reflexión sobre que podemos hacer mejor y distinto.

No voy en tren, voy en avión

Todavía me sorprende, cuando escucho a algunos colegas referirse a “las nuevas tecnologías”. ¿Nuevas? Hace mucho años que no lo son. Y hemos sido muy lentos en abrazar la actualidad, no el futuro, sino el presente. Pensamos y nos comunicamos con la vieja lógica 1.0, que ya cumplió más de 15 años. Basta ver el pobre impacto de nuestras páginas web (la métrica en la analítica de Google), pero sobretodo la baja eficacia en las redes sociales.

Los invito a ver algunas de las más recientes publicaciones en las redes y comprobar cuantas personas han marcado “me gusta” en Facebook, retwitearon o marcaron “favorito”, por mencionar redes de más alto tráfico.  Ninguno (0), dos o cinco en el mejor de los casos, es decir, nuestra familia y los colaboradores de la organización. Hay excepciones por supuesto, pero la masa crítica de nuestras comunicaciones en las redes sociales es de muy bajo impacto. ¿Por qué pasa esto?

Muchos dicen que es el resultado de la brecha “digito-generacional”, que varios de nosotros venimos de la época del Fax y la gacetilla impresa. Quizás esto tenga algún grado de verdad. Pues parece que seguimos cada vez más incomunicados, y desfasados con las formas actuales de informar. Esta especie de autismo comunicacional e institucional fomenta el culto de unos pocos, en el que parece que solo nos interesa el ritual de dialogar solo entre nosotros y en código.

Las lógicas 1.0 y 2.0

Las ONG nos seguimos comunicando con la lógica 1.0, los contenidos son producidos y emitidos por nosotros y circulan desde nosotros hacia el resto, como emisores jerárquicos, de arriba hacia abajo, sin sufrir alteraciones, en forma lineal y casi unidireccional.  Con la vieja lógica de red nodal, donde nuestras organizaciones y secretarias, serían el nudo de una red simple pero anacrónica.

La lógica que hoy caracteriza las comunicaciones dice que cualquiera es a la vez: productor, emisor, distribuidor y receptor de los mensajes. La información y los contendidos se co-crean y enriquecen en forma horizontal y espontánea, generando infinitas vías de comunicación. Esta interdependencia, interconexión y colaboración en línea, es quizás lo que más resistencia nos provoca. Dejar fluir los contenidos en manos de los otros. Pero ya estamos en el mundo de la Web 3.0, donde ya nos relacionamos mayoritariamente a través de aplicaciones, y el computador fue desplazado por el teléfono inteligente. Los contenidos que insistimos en producir están en arameo y muy lejos de transitar fluidamente estos medios y formatos vigentes.

Todavía, desde nuestras organizaciones creemos que participar es dejar comentarios en la sección para dicho fin de nuestra página web y todavía seguimos con una fijación con los correos electrónicos. Hasta que no fue publicado en un e-group o alguien acusó recibo, todavía pensamos que nuestro mensaje se ha perdido en el espacio. Fenómeno análogo con creer que las noticias siguen siendo solo aquellas que se publican en la prensa. Creemos que aún podemos marcar agenda por medio de un correo, de una cadena de estos o un comentario dicho, de cuerpo presente, en una reunión. Así estamos, los mismos de siempre, predicando entre los conversos.

La realidad actual muestra que existe una relación simbiótica entre los medios de comunicación y las redes sociales, donde una parte importante de la información y las noticias se generan en las comunidades virtuales y saltan a los diarios, la radio y la TV, porque los productores y periodistas hoy ejercen gran parte del oficio mirando qué se discute en las redes.

En la era de los posmedios

Admitámoslo, cada vez hay menos personas a quienes les interesa lo que comunicamos. Y no es necesariamente es un problema únicamente de los contenidos y las ideas, sino de la forma jurásica en que los transmitimos. Siempre las comunicaciones han tenido que ver con las expectativas de las audiencias, y estas hoy, esperan informarse por una convergencia de medios, herramientas y aplicaciones. El mundo del VIH/SIDA nunca fue un gremio muy adicto a leer lo que otros producen, y cada vez lo seremos menos. Y además, nuestros contenidos son cada vez más irrelevantes, sobre todo por su cariz de monólogo o de relato propagandístico. Nos encanta mostrar fotos de actividades, talleres, reuniones, contarle al resto del mundo, que aún nos quiera oír, lo buenos que somos haciendo lo que hacemos. Esto no es comunicación es propaganda, no muy diferente de un gran cartel en la autopista donde un jefe comunal nos dice sobre los puentes que construyó en su gestión. ¿Irónico verdad?, dado que venimos de un sector donde todo lo que comunicamos debiera formar opinión, incidir e influir para mejorar la realidad.

Hace años, que se ha extendido, lo que Manuel Castells dio en llamar la auto-comunicación de masas, y nuestra gente es la que produce y consume contenidos en tiempo real, en forma más horizontal y des-jerarquizada. Cada vez tiene menos valor el vocero, la autoridad de la institución que comunica, en un medio donde el efecto viral de la comunicación (casi tan importante como el contenido) es lo que hace la diferencia y el impacto.  Nuestras audiencias, cada vez más esquivas y heterogéneas, construyen su propio mosaico de información, con lo que pescan más de las redes sociales, que de los medios tradicionales. Y ya hemos experimentado que los wiki-conocimientos sesgados o imprecisos  pueden promover algún comportamiento riesgoso, un prejuicio o forma de discriminación. Y es que, en el ciberespacio hay de todo y para todos, y es solo en ese terreno, donde debemos construir nuestra reputación, ser relevantes, para ser efectivos, cuando lo que se necesita comunicar, realmente importa.

El mundo al alcance de tu mano

América Latina, después de Asia, es la región donde la telefonía celular inteligente y sus aplicaciones, se han expandido, aún en detrimento de las necesidades básicas sociales de aquellos que menos tienen y más caro pagan la conectividad. Si necesitamos llamar la atención, dejemos de lado las conferencias y comunicados de prensa con un par de medios amigos. La próxima vez, empecemos la movida en las redes sociales, pero de forma tal, que solo plantemos una semilla y el resto lo hagan y deshagan las comunidades virtuales, si hemos tenido un éxito relativo, seremos noticia. Serán entonces, los medios quienes vendrán por nosotros, como también se interesaran aquellos que tienen el poder de cambiar las cosas, los políticos y funcionarios. Nuestros gobiernos, sean del color que sean, ya no nos temen como sociedad civil, como tampoco a muchos otros movimientos sociales tradicionales, sino que pierden el sueño por el ciberactivismo; nuevas formas de militancia que, como en Egipto, Turquía, España o EE.UU, un día producto de la indignación dejan su mundo virtual para tomar las calles.

Los próximos talleres y capacitaciones serán virtuales, como así también las reuniones y las conferencias. Ellas estarán solo a un click de nuestro ratón. Todo esto también catalizado por la carencia de recursos financieros para sostener los viejos formatos de participación.

En el ámbito de nuestras intervenciones, las personas (sobre todo jóvenes) que busquen consejería, se diagnostiquen y traten por el VIH e ITS, no pasarán por sala de espera, sino por salas de chat virtuales. Debemos empezar a aceptar que lograr un mayor acceso con servicios no será presencial sino virtual. El asunto es y será, asegurar los derechos y la calidad de los servicios.

Quienes trabajamos en las comunicaciones muchas veces teorizamos sobre las brechas en el conocimiento y la brecha digital, y se abunda en todos los condicionantes estructurales que hacen que muchos tengan menos acceso al conocimiento que el que tienen las élites, los grupos de privilegiados.

Este paradigma perdió su vigencia.

Quizás debamos preguntarnos si no somos nosotros los que nos quedamos del otro lado de la tan mentada brecha, con nuestros power point, micrófonos y papelotes.

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Fotos tomadas de internet: Foto 1: Blog atrasnoqueremosestar; foto 2: iniciativamexico.org; Foto 3: Compostime.

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