La organización brasileña Grupo de Incentivo á Vida (GIV) hace unas semanas sorprendió a los transeúntes de varias ciudades de Brasil con la siguiente instalación artística: un cartel, escrito con sangre de personas viviendo con VIH, que explica que este virus vive sólo unos segundos fuera del cuerpo e invita a los paseantes a tocar sus letras.

Como podemos ver en este video que se filmó posteriormente a la instalación del cartel en la vía pública hubo varias reacciones frente al mismo: desde personas que se alejan levemente con cara de extrañamiento hasta un joven que besa un punto de sangre porque le da mucha ternura lo que expresa la instalación artística. Más allá de las reacciones, es importante ver cómo mediante el arte se puede vehiculizar reflexiones y romper prejuicios de las personas.

Los argentinos tenemos el ejemplo del símbolo del pañuelo de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo; que, del uso de ellas en sus cabezas en las famosas vueltas de los jueves en la plaza (ya que era obligación de los militares que “circulen”) a estar pintados en el piso de la misma, para llegar, hoy en día, a ser símbolo nacional. Al mirar este ejemplo de lucha, seguramente encontraremos el o los artistas que decidieron traspasar esos pañuelos en la cabeza a los pañuelos pintados que vemos hoy en la plaza.

Como vemos el arte no es, en sí mismo, una lucha por los derechos humanos (ya que posee sus técnicas, sus procedimientos que son meramente artísticos) pero puede ayudar para extrañar la mirada que se posee desde el sentido común.

Este extrañamiento que produce el arte, este disparador de problemáticas sociales en el que se transforma, sirve para que el espectador ya no se vea como un sujeto pasivo que consume la obra de manera apacible y placentera sino que lo interpela en su subjetividad más onda: ¿Qué miedos tienes sobre el VIH- sida? ¿Qué crees que te puede pasar si tocas el cartel? ¿Tu vida seguirá siendo la misma después de tocarlo? ¿Cuán grande es el fantasma del VIH-sida que posees? ¿Lo tocarías?

El cartel nos enfrenta a ese otro imaginario del sentido común: “la enfermedad”, “la inmoralidad”; “la homosexualidad”, “la drogadicción”, “la promiscuidad”, “lo bajo” nos interpela y nos invitan a tocarlo en su sangre, en lo más interno de sus entrañas. Ese es el poder disruptivo de esta instalación artística.

Ahora bien, ¿Qué es lo que salva al cartel de su carácter disruptivo? Poseer la información necesaria para que las personas rompan no sólo el estigma y la discriminación sino también la desinformación en la que el sentido común se maneja habitualmente.

La respuesta al VIH- sida está en todos; los que conviven con él y los que no conviven con él. Es necesario que la población entienda que la problemática del VIH- sida es una cuestión social es el gran desafío que nos presentan estos carteles.

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