Una vez que nos recuperemos del loco frenesí de este primero de diciembre, lleno de eventos en todas nuestras ciudades y comunidades, quizás sea oportuno parar y pensar dónde estamos y hacia dónde vamos en esta multifacética y compleja respuesta a la epidemia.

Perdiendo las metas

El 2015 quedará grabado en nuestra historia como el año en que el mundo falló en cumplir los Objetivos de Desarrollo del Milenio, no por falta de recursos financieros y tecnológicos necesariamente, sino quizás por la perniciosa y complaciente burocracia y corrupción a ambos lados del mundo, el desarrollado y el que sigue en vías de desarrollo. La verdad es que unos años antes de vernos confrontados con esta triste realidad nos hemos afanado en negociar las metas de desarrollo sostenible. Al micro-cosmos del VIH no nos fue muy bien ya que perdimos la visibilidad y el posicionamiento que la enfermedad tenía en la edición anterior.

Hace unos días se ha hecho público el Informe Anual sobre el sida que produce ONUSIDA, y que más allá de las interpretaciones que podamos dar a los números de nuevas infecciones, personas en tratamiento y muertos por la enfermedad, demuestra que nos estamos ralentizando y que la epidemia podría estar escapándose de nuestro control en algunos lugares.

El director regional de ONUSIDA, César Núñez, afirmó hoy que “en 2014 en América Latina y el Caribe se estimaron 90,000 nuevas infecciones por VIH y casi  50,000 muertes por sida, que en la era del tratamiento son inadmisibles”. Estos datos, que fuera de contexto pueden decir poco, la verdad es que refuerzan la noción de que a este ritmo corremos el riesgo de perder la batalla, casualmente cuando las Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales nos hacen un llamado a acelerar la inversión y la respuesta a fin de terminar con la epidemia en el 2030.

¿Es esto realista?

Es difícil saber en la actual coyuntura geopolítica si terminar con la epidemia del sida para el 2030 será posible, por un lado los principales países inversores en la respuesta al VIH están atravesando por una crisis humanitaria con los refugiados en Siria, a la vez que muchos de ellos se están involucrando en el ámbito bélico. Esto significa, sin lugar a dudas, que muchos de los países donantes ya han decididos o decidirán re-enfocar sus inversiones en ayuda internacional para el desarrollo en esta crisis que sucede en tiempo real y en su propio “patio”.

El sida había dejado de ser ya una emergencia antes que estos hechos de desencadenaran.

El baño de realidad y el fin a las especulaciones no ha de tardar, pues ya pronto comienza el proceso de reaprovisionamiento de recursos del Fondo Mundial para el sida, la tuberculosis y la malaria, un excelente indicador de la disposición real de invertir en la respuesta al sida, aquí y ahora.

En una línea más optimista, César Núñez nos recuerda que tenemos cosas positivas: “La buena noticia es que ahora tenemos las herramientas y el conocimiento que se necesitan para detener la epidemia y evitar que repunte. En la región ya hemos llegado a casi 1 millón de personas que reciben tratamiento, que es vital. Y cada vez más podemos mejorar nuestra capacidad de llegar a personas que, de otro modo, podrían ser dejadas atrás”. Para ver el mensaje completo visite este vínculo.

Lo que resta hacer

América Latina es una región que tiene en sus manos los recursos financieros y técnicos para controlar la epidemia. La gran mayoría de los países de la región tienen la habilidad de poder financiar su propia respuesta, si lo hacen o no y en forma eficiente es otra cuestión. Lamentablemente, la continua asignación de recursos internacionales en la región dio la mala impresión a nuestros gobiernos de que alguien más pagaría por la respuesta al VIH; y también contribuyó a una inercia en la Sociedad Civil de sentir que esta situación sería eterna.

Somos una región con movimientos sociales y políticos capaces de hacer historia a  la hora de ampliar derechos como ninguna otra del planeta, aun más rápido que el mundo “desarrollado”. Pero también nos hemos auto-segmentado en agendas verticales, todas muy importantes, pero que han subestimado la cuestión de la sostenibilidad. Hay algo esencialmente fallido en un Estado que reconoce el matrimonio igualitario y/o la identidad de género pero que se queda corto a la hora de hacerse cargo de la salud de estas y otras poblaciones vulnerables.

Urge priorizar la sostenibilidad política y financiera de la respuesta con fondos domésticos que sean accesibles en forma equitativa para la sociedad civil. El eje pasará menos por un Mecanismo de Coordinación de País y deberá recostarse más en las Comisiones Nacionales Multisectoriales. Quizás va siendo hora de iniciar la metamorfosis de ese raro mecanismo del Fondo Mundial a un espacio institucional que permita diseñar y ejecutar una ruta lógica para el cumplimiento de nuestras estrategias nacionales.

Urge escalar nuestros esfuerzo para promover la prueba del VIH. No podemos pensar en poner coto a la epidemia si la mayoría de las personas siguen sin conocer su serología. Aunque más oneroso, sabemos que los gobiernos están más cómodos curando que previniendo, pero debemos sacarlos de ese lugar interpelándolos para que inviertan y trabajen con y para la mujeres trabajadoras sexuales, las mujeres trans, gais y otros HSH. Y a medida que más personas conocen su diagnóstico de VIH, proporcionalmente deben entrar en tratamiento antirretroviral. No nos confundamos. La cuestión de las metas 90-90-90, no se trata de una meta más que quedaría bonito cumplir, son números que refieren a personas que vivan, con una mejor calidad de vida y con VIH, a las que debemos contribuir todos, positivos, negativos y sin testear, directa o indirectamente.

En plan sostenible

En tiempos en que el sida deja de ser una excepción es cuando debemos pensar que nuestro punto de entrada principal será por medio de la educación, asegurando que nuestros adolescentes tengan oportuno acceso a la educación sexual integral como el primer paso para realizar sus derechos sexuales y reproductivos.

Hoy, más allá del 1 de diciembre, será muy difícil permear la atención de nuestra población saturada de información diversa, como la financiación y la articulación, la prevención y el testeo en la medida necesaria solo será posible con programas multisectoriales institucionalizados. Si no apalancamos hoy, los esfuerzos de sensibilización, información y educación sobre VIH e ITS en el sector educativo, laboral y empresarial, perderemos una de las últimas grandes oportunidades. Por ello, quizás debemos usar “el día del sida” para reflexionar en que un día al año está lejos de ser una respuesta necesaria y sostenible.

En tiempos en que otras emergencias de la humanidad, sumadas a la fatiga, nos corren del centro de atención, es quizás el momento de amalgamarnos en los sistemas de salud, educación y en los sistemas comunitarios para continuar trabajando.

Justo cuando muchos muestran los primeros signos de cansancio y otros se hipnotizan con el canto de las sirenas de la complacencia, es el momento en la historia de esta enfermedad en el que tenemos que hacer mucho más, mejor y rápido. ¿quién dijo que iba a ser fácil?

Por todos los compañeros y compañeras que hoy no están, por toda la gente que hay que servir y proteger, toca respirar profundo y lanzarse al siguiente round. Aunque parezca lejano y utópico, es posible terminar con el sida, sin dejar a nadie detrás.

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