Lohana -que irónicamente adoraba el Carnaval- en medio de su padecimiento tomó el tiempo justo para despedirse de puño y letra con un texto, un último legado militante de una de las más importantes dirigentes LGTBI de todos los tiempos en la Argentina.

Lohana en la primera marcha travesti a la Casa Rosada (1995). Foto de Marcelo Ferreyra.

“Todos los golpes y el desprecio que sufrí, no se comparan con el amor infinito que me rodea en estos momentos”, decía (nos decía) con un aleteo final y agradecido. Generosa como siempre, nos ofreció otro abrazo a cada una y cada uno de los que desde infinitos lugares preguntaron, difundieron sus noticias, donaron sangre, o tal vez encendieron una vela o dijeron una oración, en una especie de magma infinito de amor colectivo que simplemente devolvía lo que Lohana había sembrado toda su vida.

Por ahí leí que “amor con amor se paga”, gran verdad en este caso donde su furia travesti nunca olvidó el abrazo, la palmada en el hombro, el interés, la palabra afectuosa, la risa, la compañía.

Lohana, gran pachamama y madraza (otra que perdemos los putos, las tortas, pero sobre todo las travestis y las personas trans), se caracterizó por un agudo sentido político que la llevó a estar al frente de innumerables acciones del colectivo LGTBI y del feminismo.

Luchó contra todos los gusanos de este mundo capitalista, pero también por abrir las puertas de los movimientos sociales que años atrás no veían con buenos ojos que una travesti anduviera proclamando sus verdades en sus espacios.

Ella tejió alianzas y rompió otras, siempre en beneficio colectivo.

Cuando tuvo que levantar la voz, no dudó un segundo en poner el pecho, incluso en lugares donde no sería popular. Su voz tronó en los primeros Encuentros Nacionales de Mujeres, encabezando la Contramarcha en las Marchas del Orgullo, o en las acaloradas discusiones por la Ley de Identidad de Género.

Apoyo del colectivo LGTBI a la Carpa Blanca de los docentes (1997). Foto: Alejandro Correa

Esa voz -su voz- era temida, escuchada y necesaria.

Nació en Pocitos (Salta) en ese norte de la Argentina que el conservadurismo domina y que ella enfrentó, rebelándose primero, y habitándolo después en esas vacaciones familiares de descanso, empanadas y encuentros.

Hoy que la despedimos, no puedo dejar de recordar esa vitalidad tan apabullante que nunca te dejaba indiferente. Que mejoró nuestro colectivo, nuestra sociedad y nuestro mundo. De eso tengo la absoluta certeza.

Otra certeza que tengo es que la vamos a extrañar mucho. Es muy reciente aún pero recordaremos este día cuando debamos escucharnos nuevamente.

No hoy. Hoy hay que llorar y mucho.

Lohana como parte de un panel en el encuentro de la RAJAP en noviembre de 2014.

Lohana escribió en ese adiós que “estaba convencida de que el amor es el motor del cambio. El amor que nos negaron es nuestro impulso para cambiar el mundo”.

Perdimos a una inigualable y nos deja un poco más solos.

Lohana se desempeñaba en la actualidad como Directora de la Oficina de Identidad de Género y Orientación Sexual del Observatorio de Género en la Justicia de la Ciudad de Buenos Aires. Fundó la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual (ALITT) y la Cooperativa de Trabajo para Travestis y Transexuales “Nadia Echazú” e integró el Frente Nacional por la Ley de Identidad de Género que se gestó durante la lucha por la aprobación de dicha Ley en Argentina.

En los años 90 fue la primera travesti en integrar la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) y más tarde el Área de Estudios Queer del Centro Cultural Ricardo Rojas. En 2003 ganó el premio Felipa de Souza, por su activismo por los derechos civiles de la comunidad de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales de la Comisión Internacional por los Derechos Humanos para Gays y Lesbianas (IGLHRC).

Primera jornada Carlos Jáuregui (2011). Foto: Fuentes&Fernandez

Colaboró y fue autora en diversas publicaciones, como “Sexualidades migrantes. Género y transgénero”; “La gesta del nombre propio. Informe sobre la situación de la comunidad travesti en la Argentina” y “Cumbia, Copeteo y Lágrimas”.

Era -además- colaboradora del Suplemento SOY de Página/12.

Su muerte es un golpe durísimo a los movimientos sociales, el feminismo y el colectivo LGBTI, por su legado político, pero también por su construcción amorosa. Muchas personas que transitamos ese camino militante con ella, la recordaremos por sus abrazos contenedores y su furia travesti luchadora.

Alejandro Modarelli escribió hace un tiempo que “…somos estrellas que se apagan, pero que derraman -en su difuminarse- polvo de oro”.

Lluvia de oro cae sobre Argentina, y yo solo espero -bella mariposa- que nos volvamos a encontrar en otro lugar donde no existan los gusanos.

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