Antonio Martínez, vive en León, Nicaragua; tenía 52 años cuando le diagnosticaron Tuberculosis. “Mi pareja y yo estábamos fuera del país, ella estuvo muy enferma hasta que falleció, no sabíamos que era y, al ser migrantes, no teníamos la condiciones para atenderla. Me regresé a Nicaragua y a los dos meses me empezaron los mismos síntomas. Fuertes calenturas, frío, debilidad, tos seca y constante. Bajé de 178 libras a 96 libras”, recuerda.

Donald Moncada, experto epidemiólogo, señala que es este cuadro dramático, más las enfermedades asociadas en las cuales aparece la tuberculosis, lo que hace de ésta una enfermedad llena de estigmas y discriminaciones. Aunque hace años hubo una campaña intensiva para informar e incentivar el cuidado en las comunidades, la tuberculosis sigue siendo un atacante peligroso y, aún hoy, es vivida con temor y en silencio.

La tuberculosis es producida por una bacteria que suele desarrollarse cuando la persona está con un sistema inmunológico frágil y son más propensas las personas con VIH, desnutrición, diabetes y alcoholismo.

Evidentemente la vinculación con el VIH ha sido una de las fuertes barreras, esto significa que muchos pacientes huyen, mienten sobre su condición y se niegan a internarse y cumplir el tratamiento. Esto ha significado graves riesgos a la salud pública pues crean resistencia a las dosis y transmiten a los demás una bacteria más fuerte y resistente.

“En mi familia sentí mucha discriminación, muy pocos me visitaron. Solo me llamaban por teléfono pero nadie llegaba por miedo a que se los pasara. A nosotros nos explicaron que no besáramos ni abrazáramos a nuestra familia, que tuviera puesta una máscara para protegerlos. Yo les explicaba eso pero aun así nunca llegaron”, nos cuenta el señor Martínez.  De hecho nos comparte que el haberlo superado y que hayan pasado 8 años es lo que le facilita brindarnos la entrevista y hablar abiertamente de su caso.

Conocí varias historias, había adolescentes de 17 años, jóvenes, adultos provenientes de distintas localidades del país, a muchos nadie los llegaba a visitar.

Joaquín es de Bilwi, tenía 14 años cuando le diagnosticaron la tuberculosis. Las condiciones de vulnerabilidad de él fueron distintas, estuvieron más relacionadas al agua que se consume en el Caribe de Nicaragua que proviene de pozos caseros en patios donde también existen letrinas y desechos.

Aunque no fue internado y cumplió su tratamiento en su hogar, nos cuenta que es un secreto familiar bien guardado, pues aunque ahora él ya tiene 26 años no se atreve a confesar que tuvo tuberculosis en su niñez por el miedo a que le digan “dañado”, un sobrenombre utilizado para referirse a las personas afectadas por la tuberculosis en Nicaragua.

Sumado a la necesidad de información y disminución de estigmas se requiere mejorar las condiciones de los hospitales y centros de salud. Porque, si bien el medicamento es clave, la atención y el equipamiento son elementos fundamentales.

Martínez nos cuenta: “en el hospital público me hicieron los rayos X pero no detectaron nada, solo me mandaron vitaminas; sin embargo yo seguía con el malestar.  Me fui a una clínica privada y me dijeron ‘Andás vivo porque Dios te quiere. Tenés tuberculosis.’ Me internaron inmediatamente para controlarme y luego de una semana me transfirieron al Hospital Rosario Lacayo de León que es donde van solo las personas con TB, porque el medicamento solo ellos lo tienen. Me ponían inyecciones y daban cápsulas, me controlaban la comida y las visitas. La comida era gratis pero de muy mala calidad. Nos daban de comer bastante mango porque nos decían que eso regeneraba los pulmones”

“El MINSA (Ministerio de Salud) es el único que controla los medicamentos para las personas con tuberculosis, se ha acortado el esquema y ya no existen centros de internamiento. Ahora las personas toman sus dosis supervisadas durante 2 meses y luego asisten a diario al hospital durante 4 meses”, explica el doctor Moncada.

Nicaragua sigue siendo el segundo país más empobrecido de América Latina. En los últimos años ha experimentado una crisis política frente a los nuevos megaproyectos de infraestructura que han decidido poner en marcha, ajustes al marco jurídico, retirada de organismos de cooperación internacional y se vienen elecciones presidenciales en el 2016. Todo ello implica grandes retos para los sistemas de educación y salud.

En el caso de la tuberculosis, cada esquema de 6 meses de tratamiento puede costar alrededor de US$3,000, si a ello le sumamos tratamiento, infraestructura y acciones de prevención; el costo del Programa Nacional para hacer frente a la tuberculosis asciende a $4.3 millones de dólares. De dicho monto el 54% es asumido por el Fondo Mundial de lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria, garantizando así el acceso gratuito a los medicamentos. Pero de la otra parte Nicaragua solo ha logrado aportar el 1% y mantiene un déficit del 45% que no está cubierto.

Definitivamente el Fondo Mundial ha sido decisivo “acabamos de ganar (recibir la aprobación) una nueva nota conceptual con el Fondo Mundial para cubrir 2016 a 2018. Con ésta se espera obtener medicamentos y aparatos de última generación, con más precisión, calidad y durabilidad, así como el fortalecimiento comunitario”, finalizó Moncada

La tuberculosis sigue siendo peligrosa y silenciosa para la población de Nicaragua, el reto es grande. Poco a poco otras enfermedades y virus están atacando y mostrando las debilidades y vulnerabilidades del sistema sanitario. Los deseos son muchos pero las voluntades y la información están varadas en la inestabilidad que enfrenta el país.

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