Rara vez nos pasa que en un evento escuchamos la exposición de una colega y nos emocionamos, movilizamos e inspiramos. No solo por lo que dice sino también por cómo lo dice, y nos damos cuenta de que aún existe esperanza para el activismo comunitario. Sin embargo, desconocemos que en muchos casos detrás de esas palabras, aparentemente sentidas y auténticas hay una aceitada maquinaria de organizaciones y personas que han intervenido en esa exposición.

Existen en nuestro gremio muchos “comedidos escritores fantasmas” que se sienten llamados a la misión de manipular lo que se dice, empiezan su innoble tarea con el “lavado de cabezas” por medio del bombardeo al expositor con correos electrónicos llenos de recomendaciones. Luego, antes de la reunión, piden que les compartan sus borradores de discursos por correo y se los devuelven “editados”, en la mayoría de los casos re-escritos. No conformes con eso, a horas de que dicha intervención se produzca se ofrecen a mejorar los contenidos, que no es otra cosa que la alteración completa del documento para que se encuentre alineado completamente con la agenda de los iluminados editores.

La inocencia de los manipulados

Eso pasó este 6 de abril, en la Audiencia de Sociedad Civil, en ocasión de uno de los discursos más importantes del programa. No solo basta comparar las versiones sino que han existido testigos de la re-escritura del documento, en las horas previas a su difusión.

¿Qué derecho tiene estas organizaciones y sus representantes para atribuirse semejante rol? ¿Y qué pasa con nuestros y nuestras líderes que se dejan usar?

Curiosamente, en el caso que nos ocupa, se trata de una famosa organización de mujeres y una reconocida funcionaria de la misma, que operaron semejante acto de paternalismo, abuso y utilización de otra compañera. ¿El fin justifica cualquier medio? ¿Cuáles son los recursos económicos y psicológicos que se emplean para manipular estas voluntades?

¿De quién es la responsabilidad? Yo creo que de todos, que somos parte del problema y hemos naturalizado este comportamiento. De aquellos líderes y activistas que se dejan manipular por algún incentivo o una profunda falta de autoestima. El solo miedo de ser desfinanciados, o ser dejados de lado en la próxima reunión, no volver a ser invitados, hace que muchos se presten para estas y otras prácticas reprochables. Como estrellas del mundo del espectáculo, temen pasar de moda y perder la alfombra roja.

La palabra devaluada

Ya de por sí somos un movimiento, la sociedad civil, fuertemente cuestionado por su relativa legitimidad y representación, mucho peor es que algunos ni siquiera hablemos por nosotros mismo. Podemos volvernos marionetas del mundo, de lo políticamente correcto, que nos prestamos para que otros muevan nuestros hilos,  haciéndonos los distraídos; todo por permanecer en el escenario. Pocos notarían las trampas discursivas, a veces muy obvias, pues ya pocos prestan alguna atención a lo que se lee y se dice.

Debo diferenciar aquellos discursos que se dieron en la audiencia, por organizaciones y redes, que fueron el resultado de ejercicios colectivos para que su representante transmitiera algo más sofisticado que su postura personal. En mi opinión, no hay nada malo en esto. Esta sí debiera ser una práctica más habitual. Y como parte de organizaciones y delegaciones he participado de ambos lados del mostrador, en lo que sería una construcción colectiva de una postura institucional. Pero debe ser un debate de ideas centrales compartidas y no un rompecabezas. El vocero que lo va leer o decir debe hacerlo propio, debe sentirlo, pasarlo por su cuerpo y expresarlo desde su corazón. Sino, terminamos frente al riesgo de tener personas que leen sin pausa y sentimiento un largo listado de viñetas, sin hacer sentido unas con otras. Mucho menos con lo que el expositor anterior y posterior ha dicho. Pues todo esta cocinado y solo se trata de descongelarlo frente al micrófono.

Hace más de una década que yo trabajo para una organización que jamás me ha dicho lo que tengo que decir; en todo caso, algunas veces he trabajado algunos contenidos técnicos y políticos con colegas expertos. En casi tres décadas, me han invitado a hablar en muchos espacios, reuniones y eventos, pero jamás he permitido que me insinúen lo que debo decir. He tenido discursos buenos, mediocres y malos, pero míos.

El parlamentarismo

Esto es parte de la raíz del fenómeno del “parlamentarismo del sida”  (o también de otros temas de derechos, salud y desarrollo). Asistimos, cada vez más, a reuniones donde solo se leen proclamas, demandas y agendas, en monólogos aislados. Ya pocos debaten, pocos comparten y donde se ha reducido el margen para influenciar, en igualdad de condiciones y equilibrio de poder, otras agendas. No nos escuchamos ni reflexionamos.

Viajamos, vamos y prendemos el micrófono para repetir, como discos rayados, nuestros discursos deshilachados. Menudo servicio y favor le hacemos a quienes decimos representar, aquellos mismos que no tienen voz, ni el acceso a los tomadores de decisiones y que serán los primeros y más fuertemente perjudicados por nuestro transcurrir funcional.

El comportamiento de algunas organizaciones deja al desnudo el ya conocido neocolonialismo, la cosificación de la víctima y el paternalismo sobre sus “marionetas de turno”. Porque para muchos el fin justifica cualquier medio. Y el vocero de hoy es sólo un medio que mañana podrá ser reemplazado por otro más efectivo para los asuntos de próximas temporadas.

Lo que vi me ha generado una gran decepción e indignación que se refleja en el tono de esta pieza de opinión, la que espero que desate un debate y algun cambio positivo.

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