Por Andrea Correa.

El Estado colombiano no solo discrimina y niega el derecho a la salud a mujeres trans por tener VIH, sino también vivir en situación de calle. Una de las primeras barreras con las que estas mujeres se enfrentan es la entrada misma al centro de salud, donde el encargado, celador o vigilante les niega el acceso por su apariencia física. Si las mujeres logran pasar esta primera barrera, al interior de los centros se continúa negando el servicio por diferentes razones, ya sea por la falta de documentación, inscripciones, o por el hecho de que su nombre en la cédula “no se corresponde” con su apariencia física.

Es difícil encontrar datos y fuentes que den sustento a la negación continua de los derechos que sufren las mujeres trans. Esta invisibilidad se expuso en el comunicado Las Personas Transgénero y el VIH: Lo Que Sabemos de Human Rights Campaing: “En la mayoría de los estudios, las personas transgénero sólo han sido contadas como del sexo asignado al nacer, lo que no solo niega sus identidades, sino que además las deja relativamente invisibles a los ojos de los funcionarios de salud pública y organizaciones defensoras de sus derechos que trabajan por la prevención, el tratamiento y la atención de la salud relacionada con el VIH.”

Distintas organizaciones civiles que trabajan por los derechos humanos de la población LGBT, incluyendo a la Red Comunitaria Trans, con trabajo permanente en la calle, en comunicación horizontal con las comunidades, que realizan pruebas rápidas de VIH y dan seguimiento a casos, tienen información sobre esta negación del acceso a la salud, los casos de discriminación y violencia que sufren muchas mujeres transgénero en la ciudad de Bogotá y principalmente en el Barrio Santafé. Según el mismo comunicado de Human Rights Campaing, al 19% de las personas trans encuestadas le han negado la atención médica debido a su identidad de género, mientras que el 28% ellas han vivido acoso en un consultorio médico.

Cabe destacar que la población de mujeres trans muestra una alta prevalencia de VIH debido a la falta de recursos preventivos y de acceso a los servicios de salud; la vulnerabilidad social, el consumo de drogas y la violencia ejercida por una parte de la comunidad y del Estado, especialmente la policía y los prestadores de salud.

Debido a estas situaciones de estigma, discriminación y violencia institucional, las mujeres trans suelen estar desprotegidas en un sistema que no les pone atención y que ni siquiera reconoce su identidad. Entre la lucha por lograr el acceso y la negación, algunas deciden abandonar su tratamiento antirretroviral debido a que la burocracia, la discriminación y la violencia simbólica desincentivan continuar con los procesos, poniendo en riesgo su salud física, y llevando incluso a la muerte.

Tal es el caso de Juana, a quien llamaremos así para resguardar su identidad y confidencialidad, quien nos relata que el acceso y comunicación con las entidades de salud es un proceso tedioso, lleno de barreras y violencia, por lo cual prefiere “cuidarse sola” y pedir consejos de sus amigas. “A mi amiga se le agravó la tuberculosis y la sífilis, murió en un hospital cuando ya no había nada que hacer. Todo eso se habría podrido evitar si la hubieran atendido a tiempo”, contó Juana.

La Red Comunitaria Trans (RCT) ha realizado peticiones a la Secretaría de Salud y al Ministerio de Protección Social para que se preste el servicio de salud indistintamente de si son o no mujeres trans en situación de calle. Además, ha realizado plantones, marchas y comunicados oficiales para visibilizar el problema. Sin embargo, no ha podido realizar denuncias formales por miedo a las represalias de las autoridades policiales.

Este panorama desalentador que viven las mujeres trans en Bogotá nos hace reflexionar y hacer un llamado de atención a las organizaciones internacionales en cuanto a la estrategia 90-90-90. Pareciera que las normas de inclusión y acceso se quedan en el papel, ya que al momento de llevarlas a la realidad, no existen. No hay acceso, no hay oportunidades.

La comunidad de mujeres transgénero sigue siendo una de las más vulneradas y seguirá pasando desapercibida mientras en los titulares sigan llamando “Pedro” a una mujer trans que realmente se llama Johanna.

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