Creo que poca gente en el mundo desconoce lo que pasó en el club Pulse de la ciudad de Orlando, donde Omar Mateen decidió perpetrar una masacre contra un grupo significativo de personas de la comunidad LGTBI. No se sabe aún, si el acto obedeció a su odio homofóbico, si se trató acaso de un acto de terror de alto impacto mediático o una letal mezcla de ambas.

"Dejen de matarnos" se lee en la pancarta que sostiene un joven en una manifestación.

El mundo, una vez más, ha quedado en shock, dolido, vulnerable y angustiado. Más de 50 personas perdieron la vida y un número similar están gravemente heridos y luchan por su vida, en este caso puntual, por ser parte y estar en un local de la comunidad LGTBI. Día a día, surge más información sobre qué componentes de una mente enferma se combinaron para lograr el cóctel letal.

Si el accionar de Mateen tiene que ver con el Estado Islámico, no es novedad para nadie, que éste asesina personas LGTBI a diario, usando como método preferido empujarlos al vacío desde altos edificios. Por eso quizás, no sorprende que como parte de su formación, esta células terroristas incluyan en su blancos a estas eterminadas poblaciones.

Más allá de acompañar el duelo y la solidaridad mundial para con las víctimas de este atentado y sus familiares, ésta debe ser una oportunidad para reflexionar al interno de nuestras organizaciones y familias, sobre el genocidio sistemático que sucede contra la población LGTBI en nuestros países, que en unos meses fácilmente llegan sumar tantas o más víctimas que este episodio de los Estados Unidos de Norteamérica.  ¿Dónde están esos casos reflejados en los medios? ¿Cuántos de estos casos quedan impunes? Hay una masacre sucediendo en el mundo, que quizás sume diariamente más víctimas del odio en y contra las poblaciones LGTBI.

Algunas organizaciones y colectivos han decidido utilizar este caso para levantar su perfil en los medios locales y en las redes sociales ¿Cuánto de esto es en respuesta a un móvil legítimo o una oportunidad de posicionamiento? ¿De qué sirve hablar en nuestros países de la región sobre los hechos de Orlando si no los vinculamos inmediatamente con hechos parecidos más próximos, pero de idéntico resultado?

Organizaciones de América Latina hicieron vigilias y manifestaciones por lo sucedido en Orlando. (Foto: Somosgay)

Si no usamos esta tragedia para hablar de la violencia y las muertes en casa, se tratará más de oportunismo que de lucha. Lo importante y urgente es generar un movimiento global donde lo que se busque es que la comunidad LGTBI no sea reeducada, torturada, abusada física y verbalmente, víctima de bullying en instituciones educativas, excluidas del mercado laboral y que los casos de muertes violentas no sean curiosamente el resultado de hechos pasionales según las autoridades.

Desde nuestras organizaciones e iniciativas, en este caso, Corresponsales Clave, trabajamos -entre otras cosas- para que las personas puedan amar a otra persona del mismo sexo sin por eso poner sus vidas en riesgo. Y que una persona por ser trans no tenga la mitad de la expectativa de vida que quien no lo son, como sucede hoy.

Quizás las expresiones de solidaridad desde lugares recónditos del planeta sirvan menos que renovar el compromiso por frenar un lento  genocidio que sucede a la vuelta de nuestras esquinas, en nuestros países, en nuestras comunidades.

Todo esto sucedió a pocos días que los Estados Miembro de las Naciones Unidas decidieran que no era importante apoyar y priorizar un lenguaje claro en la Declaración Política de la Reunión de Alto Nivel que ayude a promover, proteger y realizar los derechos humanos de las poblaciones clave. Al mismo tiempo, el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas se reunirá en Ginebra, a punto de aprobar una resolución de Orientación Sexual e Identidad de Género (SOGI), con un colectivo de organizaciones LGTBI internacional dividido, por si se debe o no incluir un experto independiente para monitorear su cumplimiento.  Y todo responde a una misma matriz, en la que muchos políticos y tomadores de decisión siguen perpetuando un doble estándar que se refleja, al referirse a nuestras poblaciones, en un discurso de la retórica política que no protegerá a las que reciben las balas.

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