La segunda reunión regional de la Plataforma Regional de Apoyo, Comunicación y Coordinación de la Sociedad Civil y Comunidades para América Latina y el Caribe (Plataforma LAC), que se lleva a cabo en Bogotá, Colombia, empezó con una acalorada discusión sobre el rol de la sociedad civil frente a la salida (transición) del Fondo Mundial de lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria de la Región.

Paul Bonilla del Fondo Mundial, durante la presentación sobre transición.

En los comentarios y preguntas que siguieron la presentación de Paul Bonilla del Fondo Mundial sobre la transición, se pudo sentir la molestia de algunos activistas que entendieron en la sugerencia para el trabajo de la sociedad civil: “ser propositivos y estratégicos en sus demandas”, un llamado de atención al rol que debe jugar la sociedad civil.

Violeta Ross, de la Redbol (Bolivia), señaló enérgicamente que parecía que el Fondo Mundial estaba pidiendo a los países y, sobre todo a las personas de sociedad civil, que se hicieran cargo de la transición, aun cuando los países no están preparados para cubrir ciertas actividades, sea por razones normativas o presupuestarias.

En esa misma línea, Fausto Vargas, de la Coalición ecuatoriana de personas que viven con VIH, hizo hincapié en la necesidad de apoyo a las organizaciones de sociedad civil en el proceso de transición para hacer la incidencia y abogacía necesaria para asegurar la protección de los derechos humanos.

En esta línea, varios activistas presentes respaldaron la idea de que el Fondo Mundial debía hacerse responsable de “lo que había creado” y continuar financiando las actividades de la sociedad civil.

La transición lleva varios años

Si bien el término transición y el enfoque en la sostenibilidad han sido relevados en los últimos dos años, lo cierto es que, como también se señaló en la discusión, la región latinoamericana ha ido perdiendo países y poblaciones financiadas por el Fondo Mundial. Primero unos pocos países dejaron de ser elegibles, luego se focalizaron las poblaciones en mayor riesgo a las epidemias (PEMAR) –con un canal de financiamiento distinto- y últimamente, con esos dos criterios, se redujeron las asignaciones de fondos a cada uno de los países y un grupo más dejó de ser elegible. Es decir, como región, hace años que venimos transicionando.

También es cierto que los países –unos más que otros- apostaron por la sostenibilidad y la transición desde el inicio; muchos incluyeron desde la primera subvención contrapartidas que año a año fueron aumentando para la adquisición de los medicamentos antirretrovirales y anti-tuberculosis, otros lanzaron espacios y estrategias para el testeo de las poblaciones más vulnerables a las enfermedades.

Sin embargo, las organizaciones de sociedad civil y activistas continúan reclamando que el Fondo Mundial no se vaya de la región, en lugar de aumentar la presión sobre nuestros propios países para introducir mecanismos de financiamiento de las actividades de sociedad civil con recursos públicos.

“Dejemos de llorar y pongámonos a trabajar”

“Dejemos de llorar y pongámonos a trabajar”, dijo Julio César Aguilera, de Bolivia, para luego sugerir -medio en broma-: “hagamos una gran coalición de tuberculosis y VIH y exijamos a nuestros países que financien la respuesta”, una propuesta que resume las impresiones de otros participantes que señalaron que las organizaciones de la sociedad civil han sido propositivas y han luchado por conseguir la respuesta al VIH desde antes de la llegada del Fondo Mundial.

América Latina, desde finales de los años 90, antes de la creación del Fondo Mundial, hizo demandas a los estados para que proveyeran de manera gratuita los medicamentos antirretrovirales, desarrolló acciones orientadas a las poblaciones más jóvenes para la prevención del VIH y la promoción de los derechos sexuales y reproductivos. Y desde hace varias décadas, organizaciones basadas en la fe han promovido activamente los derechos de las personas afectadas por la tuberculosis y su acceso a la salud.

La llegada del Fondo Mundial, como oportunidad de financiamiento, es cierto, redireccionó la agenda de la sociedad civil y, en muchos países, con organizaciones débiles en formación política, en lugar de fortalecerse, se debilitaron, dedicándose al quehacer programático y dejando de lado su rol político.

Tal vez es hora de mirar más allá –o más acá- del Fondo Mundial, no solo hacia los recursos públicos de nuestros países, sino a otros donantes que pueden apoyar actividades necesarias para lograr esa ley, esa norma, esa ordenanza y ese protocolo de atención que hagan posible la sostenibilidad de las respuestas al VIH, la tuberculosis y la malaria.

Con quince años de acceso a financiamiento del Fondo Mundial debemos haber aprendido algo, mucho o poco, lo importante es que no estamos en el mismo lugar que hace dos décadas. Lo hemos hecho antes y lo podemos volver a hacer, pero tenemos que creérnoslo.

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