Cuando los argumentos mitológicos anti-PrEP se agotan, la discusión tiene un viraje moral y de puro prejuicio, transformándose en ataque. Muchos, cómodamente escudados en las guaridas de su virtualidad, lanzan dardos ponzoñosos hacia todo aquel que promueva la PrEP como “promiscuo”. Señalar en el otro el supuesto vicio pareciera que los esculpa del propio. O será nomás de pura envidia.

Indignados se preguntan: ¿cómo vamos comprar un medicamento que cuesta cientos de dólares cuando debieran usar preservativos? En América Latina, hay países donde menos de la mitad o una tercera parte de los hombres gais y bisexuales usan preservativo en forma consistente. Este pobre argumento, nos hace sentir un cierto perfume a hipocresía de parte de los guerreros del látex.

La aparición, recomendación de uso y promoción de la PrEP, nunca vino a cuestionar la eficacia del tan “mal querido” y para otros, entrañable condón. Hay estudios de personas usuarías de la PrEP que reportan uso combinado y consistente de ambos. Pero la realidad es que poco sirve un accesible preservativo si se queda en el bolsillo. Sin embargo, está científicamente demostrado que, aún en la ausencia del condón, la eficacia profiláctica de la PrEP es de más del 95%.

Cuando se presentaron estudios, y la Organización Mundial de la Salud recomendó tratar a todos, muchos fuimos (aquí me incluyo) los que salimos a decir: ¿por qué poner a personas en tratamiento dos o tres años antes que lo necesite? Luego de escuchar y leer sobre el asunto, algunos pocos, aprendimos que tratar a todos permite reducir la inflamación celular de las personas con VIH con alta carga viral; reduce su morbilidad y mortalidad; como también, evita que la persona pueda transmitir el virus a otra, sin quererlo. Argumentos convincentes para repensar nuestras posturas.

También uno debe permitirse la honestidad intelectual de preguntarse: ¿Si en mi época hubiera habido PrEP siendo VIH negativo lo hubiera tomado? Si, absolutamente. Pues no sé a ciencia cierta cuándo me infecté, sólo tengo la certeza que lo hacía como lo hacía, y lo hubiera seguido haciendo. Por lo que infectarse entonces, sería cuestión de meses o de años. ¿Quién mejor que las personas con VIH para entender la vulnerabilidad desde la experiencia propia?

¿Si me diagnosticaran recientemente hubiera aceptado el tratamiento inmediato? Si, sin lugar a dudas, pues tuve la dolorosa experiencia de vivir una década con VIH (antes de la existencia del cóctel) y hay tres cosas que me marcaron: vivir con certeza de una pronta e inminente mortalidad, la enfermedad y sistemática extinción de amigos y compañeros, acompañado lo anterior con una obsesión, por no transmitir al otro.  No es una temporada que le desee a nadie si se la pudiera evitar.

Pero soy consciente que en los dos párrafos anteriores estoy pecando de lo que critico: la auto-referencia. Pero sabrán disculpar esta breve digresión que puede ser apropiada en este contexto. Pues el debate sobre la PrEP está ya bastante contaminada de tratar de imponer en el otros lo que uno cree o hace, o pregona que hace. Me gustaría ser mosquito, para saber si los fieles cruzados de la “logia doctrinaria anti-PrEP”, usan siempre condones. Porque los humanos somos muy buenos, en mucho ordenes de la vida, para predicar lo que otros deben hacer aunque no lo hagamos.

Todos tenemos derecho a vivir con calidad si tenemos VIH o, si no lo tenemos, recibir los recursos para permanecer negativos. El Estado, en primer lugar, tiene la responsabilidad de proveer todos los medios para que esto suceda. Dudo mucho que veamos en unos años “Estados totalitarios” que salgan a quemar preservativos y obliguen a embutirse la PrEP a toda persona en riesgo sustancial al VIH. Asumo que la PrEP, como las píldoras anticonceptivas y las del día después, no serán obligatorias. Tampoco, ninguna de las tres, ofrecen protección alguna contra las infecciones de transmisión sexual (ITS); pero esto no las hace menos útiles.

Debiéramos en realidad preocuparnos que la industria farmacéutica cada vez produce menos tratamientos para las ITS; se investiga y desarrolla menos para el tratamiento de algunas versiones resistentes de estas enfermedades, sencillamente porque es menos rentable. Y encima de esto hay muy pocos países que tienen programas y estrategias nacionales para las ITS.

Cuando se ve en el perfil de un usuario de una aplicación de red social para el ligue: “afeminados, latinos, negros, asiáticos, etc. abstenerse”, no dejo de trazar un imaginario paralelismo entre estas personas, con aquellas que lideran con epítetos la guerra contra los usuarios confesos de la PrEP. No es otra cosa que homofobia, la raíz común –sospecho-, que germina como internalizada y hace síntoma en ambos gestos de segregación y discriminación. Dos caras quizás de la misma moneda, nacidas de una imagen de un deber ser gay (muscular, sano, potente, dominante, altamente aspiracional) y con los valores necesarios para predicar religiosamente: “Has lo que yo digo pero no lo que yo hago”.

Quienes además, en muchos casos, no necesitan mostrar su orientación sexual dentro de su closet corporativo, sino basta con mostrarse en sus perfiles, y una vez al año, en la marcha del orgullo. ¿Cuántos marcharán por las calles de nuestra ciudad con el “orgullo” sólo de sus tallados torsos desnudos, pero portando sus invisibles capuchas blanca de forma triangular en sus cabezas?

Hay a la vista herramientas para controlar o poner fin al VIH que ha diezmado a nuestra comunidad, más no debemos subestimar una de las principales barreras por superar: nosotros mismos.

*Este Editorial se ha publicado en simultaneo con la Iniciativa QuieroPrEP.

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