A propósito de la información disponible sobre nuevos casos de VIH, la continua reducción de recursos disponibles para la prevención de la infección y la reciente exigencia del Movimiento Latinoamericano y del Caribe de Mujeres Positivas para incluir a las personas VIH positivas –especialmente a las mujeres- como poblaciones clave, abordamos la discusión sobre esas definiciones y el impacto que han tenido en la respuesta.

Los organismos internacionales focalizaron las intervenciones a través de definiciones como poblaciones clave y vulnerables y los países dejaron de lado una respuesta comprehensiva.

La definición de Poblaciones Clave de ONUSIDA es clara: “comunidades que tienen más probabilidades de vivir con el VIH o que se ven desproporcionalmente afectadas por el virus en comparación con la población en general…”. Esta definición se sustenta en función de la evidencia sociodemográfica y epidemiológica disponible. Para Naciones Unidas y las organizaciones con trabajo en VIH, estas poblaciones son hombres que tienen relaciones sexuales con otros hombres, usuarios de drogas inyectables, trabajadores(as) sexuales y población trans.

Pero, ¿qué ocurre con las poblaciones que quedan fuera de estos cuatro grupos? Es posible que la comunidad internacional, al “tratar” de entender que este abordaje estaba quedando limitado frente a los desafíos emergentes, introdujo las “poblaciones vulnerables” que, según el Fondo Mundial de lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria(FM), son poblaciones que no son claves pero cuyas situaciones les hace “especialmente vulnerables”. Es posible que algunos todavía no entendamos la gran diferencia conceptual entre estas nuevas poblaciones y las anteriores, o toda la gama que conforma a los grupos humanos, porque todas pueden ser más o menos vulnerables en función del contexto que se quiera visibilizar o de la situación que se quiere mostrar o denunciar. Para el FM las poblaciones vulnerables son: huérfanos, personas en situación de calle, personas con discapacidad,  personas en extrema pobreza, migrantes, ocupaciones particulares como la minería, mujeres embarazadas, niños, niñas, adolescentes, jóvenes, mujeres, personas con VIH o la combinación de una o más condiciones.

Estas concepciones debieran despertar la preocupación y la crítica de la “sociedad civil”, porque ha terminado por limitar la respuesta. Recientemente, el Informe de la Prevención de la Infección por el VIH Bajo La Lupa, a cargo de la Organización Panamericana de la Salud, evidenció que del 2010 al 2016 no fueron reducidas las nuevas infecciones por VIH, a pesar que la mayor parte de la inversión en prevención fue encaminada hacia las “poblaciones claves”, mas no a los grupos vulnerables, y esto es prudente resaltarlo. Este mismo informe insiste en aumentar la inversión en las poblaciones clave, restando atención a todas aquellas que no se incluyan dentro de esta categoría, como por ejemplo la población heterosexual (hombres y mujeres), que representa el 36% o más de las nuevas infecciones.

En América Latina, en 2015, las mujeres representaron un 29 porciento del total de nuevas infecciones y entre el colectivo juvenil de 15 a 24 años, este porcentaje asciende al 36 porciento.

Parece ser que el concepto y el enfoque de las poblaciones clave es parte del problema, de donde se excluyen a los jóvenes, aunque representen la mitad de los nuevos casos por VIH de acuerdo a IPPF, de donde se excluye a la población heterosexual y a las mujeres cuando llegan a representar el 51% del total de la población adulta con VIH a nivel mundial, de acuerdo a ONUMujeres y en América Latina, en 2015, las mujeres representaron un 29 porciento del total de nuevas infecciones y entre el colectivo juvenil de 15 a 24 años, este porcentaje asciende al 36 porciento.

Ante este contexto, recientemente el Movimiento Latinoamericano de Mujeres Positivas, mediante un comunicado público solicitó a la comunidad internacional la incorporación de las personas con VIH -y de las mujeres en particular- dentro de la definición de poblaciones clave, pues afirma se ha logrado invertir recursos en el “afán” de la detección de nuevos casos en las poblaciones clave que son reconocidas como tal, en contraposición, a la prevención secundaria en donde ha sido poco lo invertido para las personas con VIH.

Estos son algunos pasos iniciales de una sociedad civil que exige nuevos paradigmas de financiamientos, pero que aún quedan cortos para responder a la epidemia. Pareciera que cada red u organización exige en función de sus intereses y del público con el cual se identifican, sin entender la importancia de una visión universal. Seguramente, en un contexto de recursos limitados, será difícil ver a organizaciones LGBT incidiendo por recursos hacia la población heterosexual, ni a organizaciones con acción en los centros urbanos demandando el abordaje de las comunidades indígenas o rurales, ni a jóvenes presionando por la atención del adulto mayor (que también tiene sexualidad hasta que muere, pero se nos olvida) o el histórico divorcio entre las organizaciones lideradas por personas con VIH y por aquellas que no tienen el virus, segregando los enfoques de prevención primaria, de un lado,  y  secundaria, por otro, sin llegar a entender la importancia de la prevención combinada.

No dejar a nadie atrás

Es importante repensar la respuesta al VIH. Pensar que con dos poblaciones que se agreguen se solucionarán las brechas de la respuesta al VIH, es seguir creyendo que la solución a la respuesta está en cercar los recursos; y eso desconocería los principios de gestión, desarrollo, sostenibilidad y de creación, ejecución y evaluación de proyectos.

Hasta hace pocos años, el Fondo Mundial ha subvencionado acciones de sensibilización a la población general. Pero poco a poco estos recursos se han ido limitando.

Hay mucho trabajo por hacer para detener el VIH y revertir su impacto, dependiendo del enfoque de las intervenciones, sean en prevención primaria o secundaria, reducción de prejuicios y discriminación, educación sexual integral o servicios de atención, la población objetivo podrá variar y no necesariamente será una población clave. Por ello es necesario que la respuesta se planifique en función de las necesidades de cada país y la dinámica de la epidemia y no en función de las limitaciones que imponen las instituciones financieras.

Por ejemplo, en relación con la discriminación: En España 1 de cada 2 personas se sentirían muy incómodas de mandar a un hijo a un colegio donde se sabe que otro estudiante tiene VIH. Posiblemente la población meta de un proyecto orientado al abordaje de este caso y a la eliminación del estigma sea: “Padres, madres y docentes”. En relación a la educación sexual integral: IPPF señala que Bolivia, Paraguay y Venezuela reportan los avances más deficientes para alcanzar una educación sexual integral, entre las principales razones: no han hecho una revisión y actualización exhaustiva de los pensum educativos y tampoco han capacitado al personal docente. Posiblemente la población meta de un proyecto que resuelva esta debilidad sea “Los docentes”. En relación con la prevención primaria: De acuerdo a un informe realizado por la ONU, 7 de cada 10 mujeres con VIH lo adquirieron en medio de una relación estable. Posiblemente la población meta para el abordaje de esta situación sean: “parejas heterosexuales”. Desafortunadamente, ninguno de estos grupos entra en la categoría de población clave; sin embargo, este trabajo revertirá el impacto de la epidemia y contribuirá a reducir los nuevos casos.

Las definiciones de poblaciones clave y poblaciones vulnerables limitaron el enfoque del financiamiento internacional, que terminó por limitar también el enfoque de la respuesta. En los inicios del Fondo Mundial y otros grandes donantes, los países pudieron incluir el trabajo con mujeres, con jóvenes en escuelas, la sensibilización al personal de salud y a la población en general para reducir el estigma y la discriminación hacia las poblaciones más afectadas por el VIH, pero todo el financiamiento para esas grandes actividades se fue acotando, con la idea de que los presupuestos públicos u otros donantes cubrieran esa parte de la respuesta, pero no fue así y hemos tenido varios años de respuestas que quedaron cortas frente a las nuevas dinámicas de la epidemia.

Es momento de exigirles a los fondos nuevos enfoques. El concepto de poblaciones clave debe replantearse con urgencia, o se expande o los resultados del próximo informe Bajo La Lupa de la ONU no serán muy diferentes. El trabajo desde la sociedad civil es un universo de posibilidades, no debemos cerrarnos a categorías estándares de poblaciones claves y vulnerables, el Fondo Mundial dentro de su estrategia establece el desarrollo de un modelo de financiamiento para proveer fondos de una manera más proactiva, flexible, previsible y efectiva; no obstante, no están siendo nada flexibles en cuanto a las poblaciones y los países a los que debe apoyar.  Los países, por su parte, deben construir planes comprehensivos para responder al VIH, algo que se hacía en los inicios del siglo pero que poco a poco se fue dejando de lado.

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