En Honduras, 14,965 de los 31, 675 de los casos de VIH registrados hasta el 2013, corresponden a mujeres, es decir más del 45%. En este contexto, muchas historias de lucha y superación se cuentan en diversos espacios. Aprovechando la conmemoración del Día Internacional de la Mujer compartimos aquí una de esas historias.

Wendy

Wendy tiene 34 años de edad y 18 años de haber recibido su diagnóstico positivo de VIH. Ahora más que nunca está dispuesta a continuar fortaleciendo el activismo de los grupos de auto apoyo en su comunidad y en el país, mientras se reincorpora a las actividades de una respuesta al VIH colapsada a causa de una crisis política y organizacional del país.

Wendy prepara el té de la tarde. Su madre comparte las tareas de la cocina.

Solo en el año pasado, al menos 3 organizaciones que trabajaban en la respuesta al VIH tuvieron que cerrar operaciones y, en la actualidad, muchos grupos de auto apoyo luchan por sobrevivir en un contexto en donde la salud va camino a ser privatizada.

Wendy regresa luego de casi 3 años y medio en los que se dedicó a ser madre, esposa, hija y vecina en su pequeño barrio rodeado de árboles y casi inadvertido por los gobiernos y el resto de la población. Apartarse del trabajo en VIH le valió críticas y comentarios. “La gente piensa que el haberme quedado en casa, es algo impuesto por mi pareja, mas no saben mi historia. Si bien es cierto, pasé -y aún paso- mucho tiempo en mi hogar como ama de casa, es simplemente porque al final de cuentas es un trabajo que he decidido aceptar, mi compañero de casa paga por mis labores y soy la que administra el lugar, cosa que a muchas no les permiten”, dice con mucha firmeza Wendy.

Ella siempre camina con una gran sonrisa y trata de mantenerla, es madre de dos hijas, está casada y para llegar a su casa se debe cruzar todo un pasaje detrás de un pequeño huerto, en donde vive con su mamá, su padrastro, su hija menor, su esposo y, donde vivía hasta hace un año, con su hija mayor, Emely, quien nació cuando ella tenía 16 años: “Fui madre en mi adolescencia y a mis 18 años ya tenía a mi hija, a un esposo enfermo y un diagnóstico de VIH que en aquel momento, era catastrófico. La forma en cómo la gente se expresaba de la infección era dura y casi una sentencia de muerte”, relata, mientras le pide a su segunda hija, de ocho años, que haga sus tareas.

En aquel momento del diagnóstico, Wendy y su pareja, padre de su hija mayor, decidieron integrarse al grupo de auto – apoyo Génesis. Allí empezaron a conocer sobre su condición de salud y las opciones que tenían para mantenerse saludables; sin embargo, en ese proceso, un diagnóstico más afectaría la salud emocional y física de la familia; le detectaron cáncer linfático a su pareja por lo que debieron iniciar una serie de quimioterapias y tratamientos, además de la terapia antiretroviral, lo cual hizo que en muchas ocasiones ambos cayeran enfermos al mismo tiempo.

Wendy, al centro con su actual pareja, acompaña a Emely en su graduación.

Motivada por las ganas de crecer y salir adelante, sin limitarse a ser madre y esposa las 24 horas al día, Wendy decidió salir a trabajar, dejar su casa y a su familia, una decisión que ella reconoce como la más dolorosa que ha tomado, pero que la ayudó a crecer y a empoderarse desde otra perspectiva.

Aunque con el transcurso de los años, la relación entre madre e hija se ha ido fortaleciéndo poco a poco, tanto para Wendy como para Emely, ese fue uno de los peores momentos de sus vidas, cuando -además de separarse- ocurrió el fallecimiento del padre de Emely, que entonces tenía 7 años de edad.

Emely

A Emely, siendo una niña, le tocó afrontar una realidad en la que su padre había fallecido y su madre la había dejado a cargo de la abuela materna. “Me tocó vivir bullying en la escuela por ser huérfana de padre y porque mis padres tenían VIH, fue duro; pero mi madre siempre me tuvo con psicóloga y puedo decir que mi convivencia con ella es plena y normal como la de cualquier madre e hija; en donde hay problemas, discusiones y también reconciliaciones. Nunca dejó de darme información, sé que no es un tema fácil de explicar a una niña (…), pero mi madre siempre buscó la manera de hacerlo”, relata Emily.

A la edad de 8 años es difícil de comprender comentarios e insultos, sin embargo, Emily nos cuenta que haber trabajado en proyectos junto a su madre, una mujer con VIH, visible y referente en su comunidad, tener la apertura de hablar de diversos temas con ella, hizo que lidiar con la discriminación fuera menos difícil: “Mi madre nunca me dejó sola y eso fue hermoso, sentía que el mundo se caía encima, pero gracias a mi mamá, que siempre estuvo pendiente de mí, hizo que no sucediera nada malo; estar involucrada en actividades y espacios donde me podía informar, como la red de comunicadores de COMVIDA, hizo que yo supiera mejor mis derechos”, dice.

El año pasado, Emely se graduó con honores.

Apoyo entre mujeres

En un duro contexto como el que ofrece Honduras, Wendy y Emely de alguna forma fueron creciendo juntas en el activismo por la respuesta al VIH. Desde que Emely era pequeña, Wendy le explicó por qué sus padres debían tomar muchas pastillas, por qué pasaban tanto tiempo en el hospital y por qué ella, siendo hija de una pareja con VIH, no tomaba pastillas.

“Creo que todo mi trabajo, ayudó a mi vida personal; empecé a tomar mejores decisiones, a conocer mi cuerpo, mi situación de VIH y empecé a comprender que debía cuidarme mucho, que no podía ser educadora si yo no me estaba cuidando. En todo este proceso a la única que siento que le debo pedir perdón y que ya lo he hecho, es a mi hija, por haberla dejado”, relata esta costeña que, detrás de un carácter fuerte, alberga a una mujer sensible y orgullosa de la mujer que es ahora su hija de 18 años y que se acaba de graduar del colegio con honores.

Wendy, además de tener una hija fuerte y empoderada en el tema que la ha inspirado y dado fuerzas para seguir adelante, también tiene una madre con la que tiene una relación bastante cercana, quien fuera su mano derecha desde que tuvo a Emely, que la ayudó a seguir adelante luego de la muerte de su primer esposo y que la apoya ahora con la crianza de su segunda hija, fruto de un amor genuino –como dice ella- que casi le cuesta la vida, por ser un embarazo de alto riesgo, y por el que recibió muchas críticas de su comunidad por ser una mujer con VIH, madre soltera y estar en pareja con un hombre menor.

A partir del nacimiento de su hija menor y en medio de una crisis de salud, Wendy decidió dedicarse a tiempo completo a ser madre, administradora de su hogar y a pescar, siendo esta última una de las actividades que más le apasiona y que la realiza en el muelle rodeada solo de hombres, ya que suele ser una actividad reservada para ellos. Es por eso que su regreso al activismo se vuelve tan importante; “ahora tengo una perspectiva diferente de todo, no ha sido fácil, pero sé que podré lograr lo que me proponga, aunque eso me cueste algunas relaciones”, expresa luego de comentar que en su regreso no solo ha visto nuevas formas de hacer activismo y luchar por los derechos, sino también le ha tocado volver a vivir el acoso de algunos compañeros de lucha, que le han ofrecido puestos de trabajo a cambio de favores sexuales. “Eso, obviamente, no lo voy a permitir (…) con toda la formación en género que he tenido, así que no me he quedado callada ante ello”, puntualiza.

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Emely, por su parte ahora que se ha graduado del colegio, se ha propuesto ser ingeniera de sistemas y sacar más adelante una maestría en telecomunicaciones. “Antes quería estudiar medicina para poder atender casos de VIH, pero ahora que he estado sin estudiar estos meses, al ver lo difícil que es tener un trabajo y además tener que pagar una universidad privada, (…) considero que lo mejor es trabajar medio tiempo, estudiar el resto y seguir haciendo mi activismo como joven en la ciudad”, afirma.

Esta joven, con apenas 18 años, ha emprendido un viaje sola, en el que busca reconciliarse con su familia paterna con la cual hubo una ruptura. Es una joven inteligente, que sobresale en su ciudad, tenaz y llena de aspiraciones que han hecho que se desempeñe como comunicadora en canales de televisión, educadora en espacios como COMVIDA, maestra de ceremonias, maestra y líder en grupos juveniles.

La vida para ambas dio más giros que una ruleta de feria, cada etapa les ha regalado lecciones de vida que comparten en sus espacios como activistas, aprendizajes que les han fortalecido individualmente, aunque el proceso haya sido doloroso, como dice Wendy.

“Yo deseo que mi madre sea lo que una vez fue, una mujer fuerte, independiente, que no se queda callada ante nada, por eso estoy feliz de que haya regresado al activismo y estoy aún más feliz de poderla acompañar en esta etapa desde una perspectiva más madura de mi parte en la que yo también hago un activismo más consciente”, finaliza Emely.

Esta madre e hija no solamente se han enfrentado al estigma del VIH, sino también han salido adelante siendo mujeres en un país golpeado política, económica y socialmente por la corrupción, la violencia y el machismo; en una Honduras sin garantías para el acceso a la salud integral, a educación pública y con una brecha enorme en la respuesta a la epidemia.

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