Son las tres de la tarde, y María regresa agotada y con las manos vacías. Siente que ha hecho poco en todo el día, cuando en realidad no ha conseguido lo que necesita. Salió caminando a las cuatro de la mañana. Entre las cinco y las diez estuvo en una larga fila en el hospital, urgida por retirar los medicamentos para tratar su VIH y un antidiarreico para el menor de sus hijos. Hace días que la insidiosa diarrea lo consume, no para, ya poco come y no se levanta de su cama. Cuando llegó al mostrador de la farmacia no había nada de lo que necesitaba.

Con sus manos vacías atraviesa el maloliente pasillo central del hospital, tapizado de camillas y lechos improvisados en el piso, de enfermos que esperan ver un médico, una cama para internarse y medicamentos. Está mareada por el hambre y atravesada por esa rara mezcla de resignación y desesperanza, que avanza desplazando el miedo. De regreso a su casa pasa por el mercado para comprar algo de comida, pero no tiene dinero, sólo un carnet. El Carnet de la Patria, un mecanismo de control y subordinación. Sin efectivo, hoy será, con suerte, una bolsa de carbohidratos y nada de proteínas. Otra interminable fila serpentea las calles alrededor del mercado. Serán muchas horas de espera, el sol ya golpea y calienta el asfalto. De vez en cuando, pasa por las calles, con rapidez, alguna camioneta sellada por sus vidrios polarizados, que oculta personas felices, con dólares que han acumulados gracias a un empleo en el gobierno.

¿Cuánto tiempo podrá sobrevivir María y su familia? ¿Cuáles serán las secuelas en la salud y desarrollo de sus hijos? ¿Cuánto tardará el pueblo venezolano en bajar los brazos, ese pueblo que adolece de todo, pero abunda en sufrimiento? ¿Es el régimen en Venzuela el único responsable o también la comunidad internacional se estaría manchando de sangre sus manos?

La información confiable sobre las crisis sanitaria y alimentaria es poca y censurada. Es el resultado esperable de la combinación entre un golpe mortal a todos los sistemas y servicios públicos y el ocultamiento sistemático por parte del gobierno de las evidencias catastróficas. Después de un cataclismo de la naturaleza, por ejemplo, las agencias del sistema de Naciones Unidas, los gobiernos de la región y las naciones más ricas no piden datos confiables, por el contrario, actúan rápido y de acuerdo con la emergencia. En Venezuela no han hecho nada. Y son partícipes, cómplices necesarios, del lamentable estado de las cosas. Poco a poco parecen despertar, más preocupados por las epidemias que resurgen en el país y se desparraman en la región junto con la diáspora, que por la supervivencia de los venezolanos. Porque no es nuevo que el que puede huye, y junto con ellos las epidemias que no conocen fronteras.

Los datos económicos posicionan a Venezuela en el primer puesto de los rankings de inflación y pobreza. Las evidencias sobre el resurgimiento de enfermedades, antaño controladas incluso eliminadas, vuelven agudizadas por la falta de profesionales de salud, medicamentos, vacunas y otros insumos. Más de 22,000 médicos han emigrado, todos los centros de salud pública del país están en situación crítica y existe una carencia total de los medicamentos esenciales y otros específicos para tratar enfermedades más complejas.

La mortalidad infantil se ha disparado, y aquellos niños que logren sobrevivir a la larga crisis, vivirán con los efectos de la malnutrición, en su desarrollo físico e intelectual. El 87% de los hogares del país están por debajo de la línea de pobreza y el 61% de la población se acuesta con hambre porque no ha tenido dinero suficiente para comprar alimentos.

El Sida, la tuberculosis, la difteria y la malaria arrebatan cientos de vidas al día. El 2018 está marcado por el deterioro de la salud en general y en particular para las personas que viven con VIH, habiendo llegado ya al 100% de desabastecimiento de antirretrovirales, otros fármacos y reactivos para pruebas. En 2010 se registraron 2.190 casos de tuberculosis y en 2015 se elevaron a 7.278, lo que significa que la incidencia de la enfermedad pasó de 21,9 casos por 100.000 habitantes a 23,5. Después de 24 años sin registrarse ningún caso de difteria, en abril de 2016 se detectó el primer caso y al cierre de 2017 se registraron 324 casos. Para finales de 2017 se conoció la alarmante cifra de 319.765 casos de malaria, un nuevo récord para la región. Se registró un aumento del 65,79% en mortalidad materna, indicador que revela el estado precario del sistema venezolano de salud.

Nuevas formas de resistencias viral y bacteriana trazan el futuro sanitario del país. Venezuela es una fábrica imparable de enfermedades que diezman a los venezolanos, dentro y fuera del país. Un porcentaje de los 4 millones de desplazados viven en forma precaria en otros países de la región, victimas del trabajo esclavo, la vulnerabilidad de ser indocumentados y una creciente xenofobia.

Las agencias del sistema de Naciones Unidas y organizaciones de derechos humanos, de salud, de desarrollo y humanitarias merodean impotentes el país, siendo testigos quietos de una masacre. Esperando ser invitados a ayudar por un gobierno que necesita sostener una mentira, pero que no pierde su tiempo en rapiñar los restos de lo que otrora fuera un país próspero. Muchas agencias multilaterales y bilaterales están agotando sus excusas para la inacción. Poco a poco, los medios internacionales reflejan el calvario venezolano evidenciando la parálisis del sistema internacional de cooperación.

Podrán decir que el gobierno no pide ayuda, como tampoco declara la emergencia humanitaria que ellos crearon y alimentan por la inestabilidad política, quiebre y fragmentación del Estado. Afirmarán que ésta es una crisis causada por el hombre y que Venezuela es un país soberano. Mientras no hacen, desarrollan una colección de excusas del no hacer frente a un inocultable genocidio. El presente y el futuro de las y los venezolanos se derrumba frente a la vista del resto del mundo y sus instituciones ineptas ven extinguirse a la “Siria” de América Latina. La fría cortedad insensible, ya es la corresponsabilidad que mancha sus manos y la conciencia con sangre, tanto al régimen de Venezuela, como al resto de la humanidad.

¡SOS Venezuela!

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Fuente: Este documento fue desarrollado por un grupo de trabajo de apoyo a Venezuela con las activa participación de organizaciones y líderes dentro y fuera del país.

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