Por Jorge Labrador

Tengo que irme de Venezuela, pero no sé si pueda con VIH”. Este es el testimonio de Alexander, quien así quiso que lo identificara para resguardar su nombre verdadero. En medio de sus angustias, me contó sus temores por no saber a qué país emigrar o, como dice él, huir para poder sobrevivir a la crisis de salud  que está viviendo su país, no solo con el tema de los antirretrovirales sino con el 80% de las faltas de otros fármacos para tratar enfermedades crónicas.

Marcel Quintana, coordinador general y director de la Asociación Civil ASES de Venezuela.

“No quiero irme pero tengo hacerlo. Lo que no sé es a qué país”. Así comenzó nuestra conversación en las torres de Parque Central, donde queda una de las fundaciones que atienden a personas con VIH o sida en Caracas.

En pleno centro de la capital y en medio del bullicio de una ciudad que se niega a morir ante la indiferencia de sus autoridades, encontré a este venezolano de 42 años, de profesión ingeniero, que se acercó a la Asociación Civil ASES, la cual desde 1999 ofrece ayuda psicosocial y, en algunos casos, desde que empezó a volverse recurrente el desabastecimiento de antirretrovirales, tratamientos a través de donaciones.

Alexander me comentó que lleva tomando el esquema Atripla o Viraday, un  compuesto de efavirenz, emtricitabina y tenofovir, desde marzo de 2016, luego que en diciembre le diagnosticaran que tenía VIH. Conocer su diagnóstico fue desconcertante, contó, pues desconocía lo que significaba todo este nuevo mundo que se le venía encima, con cambios de hábitos alimenticios e incluso de sus rutinas de vida: “Al principio estaba aturdido, no sabía qué hacer, no entendía qué eran las pruebas de CD4 y las de carga viral, pero poco a poco me fui familiarizando con estos exámenes y entendí su importancia para saber cómo estaba funcionando el tratamiento en mi cuerpo”, comentó.

Luego de seis meses de estar tomando el tratamiento y gracias a los exámenes de carga viral que le hicieron, supo que su carga viral estaba  indetectable: “Todo marchaba bien, con cierta incertidumbre por los constantes anuncios de algunos voceros de organizaciones sociales en Venezuela, que alertaban de las fallas de algunos esquemas y que se agudizaban en algunos estados del país”, señaló el ingeniero.

Alexander seguía acudiendo una vez al mes a la farmacia asignada para recibir su tratamiento en el Departamento de Infectología del Hospital Vargas de Caracas. Entre constantes denuncias de fallas de algunos componentes de los esquemas, a él muy pocas veces se le pasó por la mente que la crisis lo iba a afectar y empujarlo a tener que pensar en irse del país: “Me puse a pensar qué hacer, ya que en marzo de este año no llegó más Viraday y solo me queda  una reserva hasta septiembre de 2018 de  algunos frascos de pastillas  que logré conseguir a través de donaciones de amigos y fundaciones”, relató.

Marcel Quintana, coordinador general y director de la Asociación Civil ASES de Venezuela nos contó que un alto porcentaje de personas viviendo con VIH se han ido a países como Colombia, Perú, Ecuador y Chile. Sin embargo, señala que irse de Venezuela no es tan fácil, primero por lo costoso que implica comprar los pasajes, ya sea por tierra o en avión; y segundo, irse con una condición de salud implica saber muy bien cuáles son los programas que hay en los diferentes países y tomar en cuenta en qué estatus va a estar la persona que emigra para poder insertarse y conseguir el tratamiento.

Según los datos más recientes de ONUSIDA de 2016, se estima que 1.892.000 personas viven con VIH en Latinoamérica (sumando los países hispanohablantes de la región y Brasil). Panamá, Cuba y Chile son los que reflejan las mayores tasas de incidencia de nuevos casos registrados el año pasado en proporción a su población.

¿Qué hago, a dónde me voy?

Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía en Venezuela.

No queda claro a dónde podría emigrar una persona con VIH desde Venezuela. Así lo señaló Alexander, quien ha buscado información en varios portales, páginas web e incluso ha pedido información a otras personas que han emigrado, pero como su condición de salud no es pública y la mantiene en secreto para él ha sido difícil enfrentarse a la sociedad: “Para mí no ha sido fácil, mi familia no sabe que tengo VIH, ni mis amigos; son muchas preguntas que tengo y que me gustaría que me ayudaran a resolver”, dijo Alexander.

De acuerdo con datos ofrecidos por la organización social STOPVIH, en algunos países como España, Argentina o Chile, migrantes venezolanos han logrado insertarse en programas públicos de atención para recibir sus tratamientos antirretrovirales. Señala esta organización que en Venezuela las personas que han contraído el VIH no solo se enfrentan a la escasez de antirretrovirales y reactivos para las pruebas, sino también a la falta de especialistas infectólogos, lo que agrava la situación, viola el derecho a la salud y el derecho a la vida, entre otros.

Desde el año 2009, cuando se empezó a agravar la crisis con el suministro de antirretrovirales en Venezuela, activistas y defensores de derechos humanos libran una dura batalla, pues aseguran que el gobierno nacional no garantiza ni la atención médica ni el arribo al país de los tratamientos para la infección, mientras las personas pasan el tiempo sin consumirlos y esto las expone a enfermedades oportunistas.

Lo más difícil –no solo para Alexander sino para muchos venezolanos que tienen familia, casas, trabajos–es “huir, ser desterrado de tu propia tierra, y todo porque el gobierno no quiere comprar los antirretrovirales”, concluyó nuestro entrevistado.

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