Una de las tantas lecciones que el debate frustrado del proyecto de Ley del aborto legal, seguro y gratuito nos dejó fue la existencia de bolsones y reservorios conservadores en todos los estratos de la sociedad, incluyendo en el sector salud. Analizando las narrativas que emergieron en el debate, quedó en evidencia que muchos profesionales ejercen su quehacer, exponiendo o sometiendo a sus pacientes a sus creencias, más o menos sutiles, dominados inconscientemente por  una especie de “maestra de escuela” interna.

Aun cuando era claro y evidente, casi sin matices, si un experto estaba a favor o en contra de la interrupción del embarazo, quedó flotando una evidente e inocultable cuestión: el relativo valor que se le otorga en la practica de la salud a la voluntad, deseo y consentimiento del “sujeto paciente” o lo que podríamos llamar, en un sentido amplio, garantizar el derecho a decidir (libre e informado). En nuestra idiosincrasia humana, parece que todos sabemos lo que sería bueno para el o la otra, la diferencia es como los y las profesionales logran controlar este saber en respeto de la voluntad plena de la otra persona.

Y es que en las carreras del “arte de curar” se aprenden las complejas funcionalidades clínicas de los órganos y su disfunciones, pero poco y nada sobre el ser que las porta y lo que siente. Las expresiones más habituales son: “Mis pacientes”, “mis chicas o chicos” y “las madres, padres y parejas de mis pacientes” que no solo evidencian un sentido excesivo de pertenencia, casi iatrogénico, sino del poco valor que el “yo” del consultante tiene. Es difícil asegurar la existencia de buenos servicios, inclusivos y amigables, si no hay un número determinados de médicos y médicas “buena onda” que coincidan bajo el mismo servicio.

Esta “deformación profesional”, este discurso médico-centrista, caló profundamente en nuestro sistema de creencias y cosmovisión, de quienes trabajamos en VIH, salud sexual y derechos reproductivos, seamos o no médicos. Esto nos ha blindado, y nos aleja de la gente con la que trabajamos, interfiere al punto que no nos permite escuchar y leer lo que refieren, qué piensan, sienten y hacen,  y se tiñe con el “deber ser” que nuestros poros exudan.

Veamos un ejemplo: el uso del condón o preservativo. Uno de los cuestionamientos más verbalizados relacionadas con la profilaxis pre-exposición y las evidencias de que las personas indetectables no transmiten el virus se ha centrado en el posible abandono de la promoción del condón y, en consecuencia, una caída en su uso. Como si hubiera alguna evidencia científica que sostenga que su promoción mejora, o garantiza, su uso.

Hemos escuchado: “¡No podemos darnos por vencidos con el condón!”,  “Estamos diciéndole a la gente que puede no usar más preservativos”; “¿Y qué pasará con las ITS?”  Las personas, y en particular aquellas que pertenecen a los grupos en riesgo sustancial al VIH, usan poco los preservativos; no hay estudios que prueben si menos ahora que antes, pero lo que sí sabemos es que lo usan menos de lo que dicen usarlo. Y dos variables sanitarias que sostienen lo antes dicho son: que no hemos podido controlar el número de nuevas infecciones de VIH y que hay un número creciente de diagnósticos de sífilis y otras ITS.

¿Qué vamos a hacer con esto? ¿Aporrearnos la cabeza contra la mesa y culpabilizar a los díscolos? ¿Volver con los abordajes de criminalización, como el repudiable proyecto normativo que se discutió en días pasados en la Provincia de Mendoza? ¿Continuar interfiriendo y negando el acceso urgente a la PrEP, que es hoy una forma de condenar a muchas personas a convertirse en VIH positivas? Es evidente que hasta hoy, con el discurso y los abordajes de raíz sanitaria no hemos podido interponernos exitosamente entre dos o más cuerpos deseosos y ardientes, para que se pongan un preservativo antes de penetrarse con gozo.

Es hora que reformulemos el abordaje con aquellos grupos de personas que no usan preservativo ni lo usarán.

Porque el peor de nuestros “pecados”, además de la soberbia, fue creer que podíamos organizar el placer. Nos convencimos que con Información, Educación y Comunicación dentro y fuera de un consultorio podíamos cambiar los comportamientos. Bueno la epidemiología nos estaría indicando que nos hemos equivocado, y bastante.

De más está decir que debemos seguir promocionando y proveyendo condones y lubricantes, pero con la certeza que eso está lejos de ser suficiente. El universo de personas que usan consistentemente el condón, es más o menos el mismo de los 80, los 90 y en la actualidad, para ellos, solo acceso a los insumos y mantenimiento. Pero es hora que reformulemos el abordaje con aquellos grupos significativos de personas que no los usan, ni lo usarán.

Los exorcismos del santón

Hace más de dos décadas, antes de morir, el poeta, político, ensayista e investigador Néstor Perlongher analizaba el impacto político de la epidemia del sida: “El dispositivo social desarrollado en torno de la irrupción del sida lleva paradójicamente a su máxima potencia la promoción planificada de la sexualidad -tratada esta como un saber por un poder- y marca de paso el punto de inflexión y decadencia. Es curioso constatar como estamos a tal punto imbuidos de los modernos valores de la revolución sexual que nuestro primer impulso es denunciar coléricamente su reflujo… Otra vuelta de tuerca del propio dispositivo de la sexualidad, no en el sentido de la castidad, sino en el sentido de recomendar, a través del progresismo médico, la práctica de una sexualidad limpia, sin riesgos, desinfectada y transparente. Con ello no quiero postular un viva la pepa sexual, dios nos libre, tras todo lo que hemos pasado (sufrido) en pos de la premisa de liberarnos; sino advertir (constatar, conferir) cómo se va dando un proceso de medicalización de la vida social. Esto no debe querer decir (confieso que no es fácil) estar contra los médicos ya que la medicina, evidentemente, desempeña, en el combate contra la amenaza morbosa, un papel central”.

¿Cómo controlar la epidemia?

También escuchamos que la falta de campañas de sensibilización y prevención del VIH y las ITS son parte del problema y causa de las nuevas infecciones. Bueno nunca estaría de más que hubiera campañas de comunicación que nos ayudaran a visibilizar que la crisis del sida no ha terminado y, sobre todas las cosas, invitar a más personas a realizarse la prueba. Pero en países con epidemias concentradas las únicas campañas con algún relativo grado de éxito son aquellas dirigidas a las poblaciones específicas.

Hoy tenemos todas al herramientas para controlar la epidemia, pero no la voluntad política. Si en los próximos años logramos: 1) duplicar el número de gais, HSH y personas trans que se hagan la prueba (y se la sigan haciendo periódicamente); 2) que aquellas personas que resulten VIH positivas y/o con alguna ITS reciban tratamiento inmediato y 3) que a aquellas que resultan VIH negativas pero tienen o han tenido una ITS recientemente, refieren una vida sexualmente activa y dificultades en el uso del condón (aunque la presencia de la ITS basta para subsanar las últimas variables) les ofrecemos la Profilaxis Pre-exposición (voluntaria, informada y gratuita), si hiciéramos posible esto, entraremos en un ciclo virtuoso donde el número de nuevos casos comenzarán a caer, lo que no es otra cosa que la evidencia que el VIH circula menos y que habremos controlado la epidemia.

En unos años, la ciencia nos ofrecerá la PrEP y el tratamiento antirretroviral de alta eficacia en inyecciones de meses de duración, la adherencia será un problema menor y algunas de las toxicidades y efectos adversos serán historia. Quizás entonces la mayor de nuestras preocupaciones siga siendo los precios, las patentes y el acceso. Muchas cosas irán cambiando y tendremos nuevas herramientas para poner fin al sida, no podemos darnos el lujo de no hacer buen uso de estas.

Todos los artículos pueden ser compartidos y publicados siempre que sean citados los datos de la fuente.