El Día para salir del Closet nace en 1988 en Washington D. C, Estados Unidos, cuando el Dr. Robert Eichberg y Jean O’Leary, aprovechando la celebración de la Segunda Marcha por los derechos de gais y lesbianas, pretendieron darle una cara más familiar a la problemática LGBTI.

Salir del closet es un paso difícil para muchas personas, sobre todo si viven en ambientes hostiles donde se refuerza el estigma y la discriminación hacia las personas que son diferentes.

En Ecuador, hasta hace solo veinte años (1997), el mismo Código Penal tipificaba como “delito” la homosexualidad y se castigaba con penas de cárcel de entre cuatro y ocho años. Algunos años después, el crítico Raúl Vallejo describía claramente el contexto: “Una sociedad como la nuestra, en la que a un ex ministro de Estado no se le ocurrió mejor insulto para una periodista que llamarla ‘defensora de gays’, el prejuicio contra la homosexualidad constituye uno de los tabúes más enraizados en el alma social de tal suerte que una manera de exorcismo (…), es definirlo como delito. Permitir que la intimidad de las personas sea acosada es una de las formas a través de las que el autoritarismo, la

El 11 de octubre es el Día para salir del Closet.

prepotencia y la arbitrariedad son sembrados en el corazón ciudadano”.

En este contexto, subsiste la necesidad de establecer factores protectores para la comunidad LGBTI, para promover su aceptación y el pleno ejercicio de sus derechos. A continuación compartimos algunas experiencias de personas con las que Corresponsales Clave conversó y que se animaron a contar sobre su salida del closet.

Para Alex, de Esmeraldas, su salida del closet fue una etapa muy difícil: “Tenía 19 años (…) después que les dije (a la familia), llegué a recibir comentarios ofensivos (…), me escapé de casa. Después de un tiempo recapacitaron (…), cuando regresé a casa me dijeron que les alegraba tenerme consigo pero que habían ciertas reglas (…), una de ellas era que no llamara la atención y que tenga cuidado con quien salía”, dice.

En el caso de Leonardo, de Quito, sucedió a la misma edad y comenta: “Hubiera querido que fuera distinto, pero no me arrepiento a la final (…), no fue voluntario, pues mi madre lo descubrió por unos mensajes en mi celular (…), fue una experiencia fea (…), mi madre se sentía culpable por mi orientación sexual, me obligó a ir al psicólogo (…), ahora lo tolera mejor; ahora estoy tranquilo y no me arrepiento que haya sucedido”.

Edison, de Riobamba, sigue en dicho proceso: “A los 21 fui a un desfile, una actividad que usualmente no hago, mi madre me preguntó por ello (…) yo le mencioné que había un chico que me gustaba y lo quería ver (…) mi madre se distanció un poco, pero considero que sigue en la etapa de aceptarme”.

Matilde salió hace dos años del closet y hoy se reconoce como pansexual: “(…) La primera vez que me animé (a contar sobre mi orientación sexual) fue con mi segunda hermana (…) era una noche cuando hablamos sobre los problemas con el novio (…) ella estaba triste (…) yo lloré diciendo que es triste porque dos personas que se amen no deberían estar con problemas (…) me preguntó por qué lloraba, ya que nunca me ve llorar por esos temas (…) a lo cual dije que era que en mi caso estaba enamorada de una persona con la que no podía estar porque tiene una pareja (…) mi hermana me consoló (…) pero le dije que es más difícil porque no es ‘él’ sino ‘ella’”. Matilde mencionó que le sorprendió la reacción de su hermana, ya que la considera muy conservadora, pero eso le dio fuerza para comentarle al resto de su familia sobre su orientación sexual. “No tenemos una salida del closet, tenemos varias, empezando desde una misma, es cuestión de observarte y analizarte”.

Fernando tiene 23 años y su salida del closet fue una experiencia positiva que vivió a los 18: “Mis padres ya sabían, mi padre me dijo que esperaba que se llene de valentía para decirlo (…) mi madre lloró pero me dijo que soy parte de la familia y puedo tener una familia sin ningún problema (…) mi abuela me dijo que ame a quien ame lo importante es que lo ame con el corazón y lo trate como me gustaría que me traten a mí (…) Actualmente tengo novio y mi familia lo quiere mucho, pasa en casa y compartimos.”

Para otras personas con las que conversamos, la salida del closet aún no ha sucedido y subsisten temores, muchas veces con base en situaciones vividas o dichos de alguno de los miembros de la familia y otras veces en base a estereotipos y percepciones que se asume existen en la comunidad a partir de las propias experiencias o de experiencias de terceros. En algunos casos, incluso, el rechazo y el maltrato que sufrieron los obligó a negarse a sí mismos y vivir una vida de apariencia heterosexual.

Stefano tiene 25 años y aún no sale del closet: “si se entera mi familia, generaría una división (…) mi madre quizá me apoyaría, mi hermana se separaría un poco de mí por su hijo, pensando que podría ‘contagiarlo’ (…) mi padre como aún tiene un pensamiento tabú de ello, pues se alejaría totalmente”. Actualmente, Stefano no se siente ni adentro ni afuera del closet: “Una psicóloga me dijo que solo deben saber las personas que me importan, así que mis amigos lo saben y tengo apoyo (…) Mi familia no la considero como un aporte debido a muchas cosas del pasado”.

José tiene 19 años, él nos comentó que ‘entró’ y ‘salió’ del closet: “Cuando tenía 17 años, mi familia se enteró porque tenía un novio de pocos meses (…), mi familia me encerraba, no me dejaba salir, me llevaron con psicólogos, me llevaron a la iglesia, quemaron mis cosas ‘poco masculinas (…)’, en fin, no lo resistí más y les dije que era una etapa (…) me conseguí una novia y ahora soy heterosexual para mi familia”.

A pesar de los años, en Ecuador resulta muy vigente lo publicado por Luiz Mott, en ‘Etno-historia de la homosexualidad en América Latina’: “el estudio del amor y erotismo entre personas del mismo género o continúa prohibido, o es considerado tema marginal y de menor importancia en el medio universitario. (…) solamente el prejuicio y la discriminación podrían explicar el desprecio por el conocimiento de tan significativo contingente demográfico.”

Si no expresamos nuestros sentimientos o tratamos de disimular para encajar en un arcaico sistema social se continuará dañando a todas las personas LGBTI+. Podemos combatir el miedo -aún muy persistente- y demostrar que aquí estamos, que somos cientos de miles. Aquí radica parte de la importancia de ‘salir del closet’, ya que es un proceso que nos beneficia como individuos y como comunidad.

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