Pertenezco  al porcentaje de mujeres que ha vivido diferentes tipos de violencia desde muy temprana edad, ese grupo al que le ha tocado vivir discriminación, estigma, violencia intrafamiliar, acoso laboral y violencia sexual. Viviendo en un país marcado por el machismo y el patriarcado, aprendí a normalizar el acoso y la violencia sexual.

Ser la mayor de cinco hermanos e hija de un matrimonio fundamentalista me hizo cargar desde la infancia con responsabilidades que no me pertenecían, al punto de parar mis estudios porque debía atender asuntos del hogar. Con la adolescencia llegó la rebeldía, las interrogantes de una niña/mujer; empecé a sentir que no encajaba en el mundo que vivía y entendía que debía haber otras opciones de vida, no eran temas fáciles de abordar o discutir en mi familia.

Ser mujer activista en la sociedad dominicana representa vivir desafiándome cada día a fin de disminuir las desigualdades.

Con estos cuestionamientos llegué a la adultez y con ella el deseo profundo de transformar mi vida. Mis primeros pasos en el activismo fueron en el año 1995 cuando todavía no se articulaba de manera clara ni estaba tan organizada la sociedad civil. Tuve desmontar mis mitos y tabúes inculcados por el sistema y reconstruirme desde mi condición de mujer y los roles sociales impuestos, abriéndome a la diversidad de pensamientos, sexualidades y todo lo que limitan las normativas patriarcales.

Articular con redes diversas ha abierto un mundo de oportunidades que me han permitido calar e incidir en la sociedad dominicana en temas de derechos humanos y grupos vulnerabilizados, poniendo especial atención en las personas con VIH y sus necesidades. Dentro de un grupo poblacional existen características diferentes y la población con VIH no es la excepción; las mujeres con VIH se enfrentan a discriminaciones tanto por tener el virus como por el hecho mismo de ser mujeres; cuando se trata de derechos sexuales y reproductivos, estas acciones cobran matices que ameritan atención para disminuir su impacto. Ser miembro de la Comunidad Internacional de Mujeres con VIH (ICW) me ha dado la oportunidad de empoderar en temas de derechos sexuales y reproductivos, violencia e identidad a más de cincuenta mujeres que a su vez están empoderando a otras en sus comunidades.

Ser mujer activista en la sociedad dominicana representa vivir desafiándome cada día a fin de disminuir las desigualdades, romper mitos sobre la vida que decidí llevar, levantar la voz sobre temas que solo se hablan bajito, estar de frente ante una sociedad con pensamientos retrógrados donde reina la doble moral. Aún hoy, el Estado es gobernado por las iglesias y el empoderamiento de las mujeres es la manifestación de Satanás que marca el fin de los tiempos.

El activismo es mi modo de vida, simboliza el motor que me impulsa cada día a reaprender y a reafirmarme; me llena de orgullo ser parte del colectivo de mujeres que estamos transformando nuestra historia como país y como región, más allá del diagnóstico, de las etnias, de la orientación sexual  o la identidad de género. El empoderamiento y la articulación colectiva marcarán la diferencia y el legado a las futuras generaciones.

Si tuviera que hacer un llamado a las mujeres del mundo, diría que se unan a la lucha de todas por la reivindicación de nuestros derechos, mismos que nos han sido negados desde siempre solo por el hecho de haber nacido mujer.

Para mí han sido años de lucha y de conquistas, de frustraciones y reconocimientos, de esperanzas y transformaciones; avanzar un paso a la vez y colocar en la agenda pública nuestras necesidades ha sido mi mayor triunfo.

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