Nunca está de más hacer un repaso por algunos números duros y contundentes, los que seguro están viciados de imprecisión, pues hablamos de un país en una situación de cataclismo y, en estos contextos, el subregistro es moneda corriente. Veamos que sabemos:

Más 3.7 millones personas han abandonado Venezuela en los últimos años. ¿A dónde se han ido? A Colombia, con 1,2 millones, y el resto a Panamá, Brasil, Perú, Ecuador, Argentina y España. Es un éxodo forzado, donde el 80 % de los venezolanos se han desplazado a países de la región, algunos más o menos preparados para absorber la demanda laboral, social y sanitaria, más o menos amigables en general, y en lo formal, otorgando documentación y revalidaciones de oficios y profesiones.

La opinión pública de Latinoamérica y del resto del mundo se acostumbra a las hecatombes cuando son lentas e insidiosas, y casi las naturaliza.

Nada justifica la discriminación de poblaciones desplazadas, aunque los países arriba mencionados traen de arrastre sus propias limitaciones económicas y sociales, lo cual alimenta la creencia que “el extranjero se queda con lo poco que hay”. Y no es solamente una sensación o un sentir nacionalista o xenofóbico, para Colombia el costo de la ayuda a los migrantes representará el 0,4 % del PBI, aunque se debe reconocer también que en las últimas semanas el Banco Mundial les ha entregado treinta y cuatro millones de dólares para atender esta crisis.

El discurso de la migración en todos los continentes esta en crisis. Desde Estados Unidos y su muro, la llegada de migrantes a países europeos a causa de Siria y otros conflictos, hasta la diáspora venezolana y centroamericana muestran señales de alarma, acompañado de la casi total ausencia y relevancia de las agencias ocupadas de la migración y las y los refugiados.

La opinión pública de Latinoamérica y del resto del mundo se acostumbra a las hecatombes cuando son lentas e insidiosas, y casi las naturaliza. No les parece urgente que, desde el 2017, los venezolanos hayan perdido un promedio de diez kilos, debido a que el 89 % de la población está por debajo de la línea de pobreza (¿Quiénes serán el 11 %? ¿Los oficiales, del ejército, los políticos y unos pocos de la burguesía?).

Otro indicador clave es el incremento de la tasa de mortalidad infantil, que hoy se ubica en 26 por cada 100.000 nacimientos, en un contexto donde la leche materna es pobre como la dieta de las madres, casi no hay fórmulas lácteas y hay carencia de aguas seguras. Se estima que entre siete y diez personas mueren al día de complicaciones relacionadas con el SIDA y las personas con VIH en su mayoría no tienen aún acceso a los antirretrovirales, ni siquiera a aquellos comprados por el Fondo Mundial, y se ha extinguido totalmente la existencia de insumos para pruebas de Carga Viral, por lo que si no se han enfermado es porque han tenido suerte.

Ayuda tardía

"América Latina pasa a segundo término porque es más desarrollada y tiene sus propios recursos", dijo Peter Maurer.

La crisis no comenzó la semana pasada; sin embargo, recién la semana pasada, la Federación Internacional de la Cruz Roja y la Comisión Internacional de Cruz Roja (CICR) consideró que era tiempo de ocuparse de Venezuela. ¿Cuál fue la excusa de su tardío desembarco? Que estaban abocados a otras crisis humanitarias en Siria y países de África.  Así lo reconocía Peter Maurer, presidente del CICR, en una entrevista, quien también agregaba: “Somos escépticos sobre el vínculo de la ayuda humanitaria con agendas políticas”. Gran descubrimiento. En el mundo de la ayuda humanitaria se sabe que cuando no se responde a una catástrofe natural, se está interviniendo en un desastre causado por el hombre, tragedia atravesada por la política en la peor de sus formas.

Jaqueline Fowks para el periódico El País entrevista a Maurer y pregunta: “Hay miles de migrantes venezolanos en situación de carencia desde 2017. ¿Por qué tardó el CICR en incrementar la atención en Venezuela?”; a lo que el presidente del CICR responde: “La mala suerte de América Latina en los últimos cinco años es que la dinámica de conflictos en otras partes del mundo era tan apabullante, que llegamos a nuestros límites de capacidad de hacer. En seis años el CICR ha duplicado sus recursos, de uno a dos billones de francos suizos [casi la misma cantidad en dólares], y de 10.000 a 20.000 personas en el equipo. Nuestras 20 operaciones más grandes están en África y Medio Oriente y puntos como Bangladés, Afganistán, Ucrania. América Latina pasan a segundo término porque es más desarrollada y tiene sus propios recursos. Pero la situación de violencia en contextos urbanos, la violencia en Centroamérica, los movimientos migratorios, la dinámica de los conflictos en Colombia, y finalmente Venezuela que llegaba a un punto muy difícil -uno de los países con más población y potencialmente más rico- nos hizo reflexionar sobre cómo trasladar algo de nuestra experiencia de los conflictos tradicionales a ese escenario, como ser útiles a los Gobiernos y a la sociedad de la Cruz Roja en Latinoamérica”.

Sólo pensar en poder controlar, diagnosticar y tratar el VIH, la tuberculosis y la malaria parece una tarea titánica, pero también ha vuelto, por ejemplo, el sarampión, con 5500 nuevos casos.

En otras palabras, en la región y en Venezuela, tuvimos la mala suerte que agencias humanitarias prestigiosas como el CICR estuvieran apabulladas salvando otras vidas, en otras partes, que parecieran valer más que las nuestras. Como quien dice: “jugando a Dios”. ¿Qué pasó con los principios fundamentales de este movimiento?, a saber “Humanidad, Imparcialidad, Neutralidad, Independencia, Carácter Voluntario, Unidad y Universalidad”.  Parece que no se aplicaban a Venezuela, Nicaragua u otros países de la región. En realidad, la ausencia de manejo del multilateralismo en Venezuela, Siria y otros países muestran el grado de profunda crisis que atraviesan y como han quedado paralizados por la mala política, incluso la Cruz Roja. Y estemos atentos, pues cada cargamento de ayuda humanitaria es recibido junto a representantes del gobierno y las fotos usadas como propaganda política.

Todas las enfermedades transmisibles, algunas en vías de eliminación, volvieron a Venezuela (y zonas adyacentes). Sólo pensar en poder controlar, diagnosticar y tratar el VIH, la tuberculosis y la malaria parece una tarea titánica, pero también ha vuelto, por ejemplo, el sarampión, con 5500 nuevos casos. Les invitamos a leer la actualización del informe recientemente actualizado de “Venezuela: Triple Peligro” editado por ICASO que ofrece muy buena calidad de datos y análisis de los mismos (para leerlo en español, visiten éste vínculo).

Probablemente, los responsables del genocidio venezolano serán juzgados dentro y fuera del país por los crímenes y violaciones de los derechos humanos. Pero reconstruir un sistema de salud, controlar todos los brotes epidémicos, reconstruir una economía y una industria, bajar la inflación anual de un millón por ciento y generar la confianza para favorecer el retorno de las y los venezolanos en la diáspora llevará décadas.

A diferencia, por ejemplo, de los genocidios de la segunda guerra mundial, la guerra civil española, las guerras internas sangrientas como Ruanda o, más recientemente, Siria; hoy vivimos hiperconectados, podemos ser testigos directos de lo que está pasando, convivimos a diario con los desgarradores relatos de los que huyeron, como de aquellos, que siguen dando la lucha dentro.

Esta vez, costará más hacerse los distraídos y los sorprendidos cuando se vaya conociendo la realidad y el legado del régimen. Y si podemos “rasgarnos las vestiduras” por el accidental incendio de una catedral gótica parisina del 1200 (que ya movilizó, en veinticuatro horas, más de mil millones de euros en donaciones para su reconstrucción – link) , creo que podríamos intentar ejercer una mayor empatía, que se traduzca en pequeñas grandes acciones por los hermanos y hermanas que sufren en Venezuela.

El silencio duele y mata.

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