Hace cincuenta años, la división de moralidad de la policía de Nueva York realizaba otra redada contra uno de los bares gay sobre la calle Christopher del Greenwich Village. Esto, de por sí, no era nada nuevo, lo nuevo fue la reacción de las personas reprimidas y otra gente que fue testigo y se involucró. Los disturbios de aquella noche continuaron por días y se trasformaron en un hito histórico que en su primer aniversario, el 28 de Junio de 1970, daría lugar a la primera Marcha del Orgullo.

Fachada del bar Sonewall, donde se iniciaron las manifestaciones. Foto: Wikipedia.

Stonewall es -hace décadas- un lugar de turismo, un hito en la historia de los movimientos de liberación sexual y la fecha marcada en todo el mundo para ganar las calles, mostrar el orgullo y utilizar este día para socializar diversas reivindicaciones.

El punto de inflexión

Desde la década del 50, existían organizaciones de la diversidad sexual en los Estados Unidos de Norteamérica, grupos de élite intelectuales cuyo fin último era “normalizar y ampliar la tolerancia sobre la homosexualidad”. Sin desestimar su noble y difícil tarea, buscaban demostrar que no se trataba de una enfermedad y, por ende, contrarrestar el uso de las terapias curativas. Antes y después de Stonewall, la represión y persecución policial contra la comunidad eran moneda corriente, incluyendo las detenciones arbitrarias y la exposición pública de la orientación sexual, entre otros apremios ilegales.

No es casual que este giro más revolucionario ocurriera en el contexto de la era hippie, la contracultura de los 60, las masivas demostraciones contra la guerra en Vietnam y el crecimiento del movimiento afroamericano de los derechos civiles. Una época donde los ciudadanos le perdían el miedo a la autoridad y las instituciones haciendo oír sus disidencias en masivas protestas pacíficas y actos de desobediencia civil. La noche del 28 de junio fue una reacción visceral contra la violencia, que se sostuvo por semanas y movilizó la solidaridad de un número significativo de ciudadanos progresistas que habitaban esa parte de la ciudad, y algunos medios. Pero, sobre todo, catalizó dos procesos significativos: por un lado, la creación de un movimiento renovado para la liberación sexual de acciones más directas, y por el otro, el efecto contagio. Para junio de 1971, se documentaron marchas del orgullo en otras ciudades y en países de Europa.

Desde entonces, pasó de ser una cuestión de discreción y tolerancia, para pasar a ser una nueva cultura en torno al orgullo, con expresiones en las calles y la luz del día, que años más tarde forjaría un movimiento centrado en la reivindicación de los derechos civiles de Gais, Lesbianas y transgéneros.

Stonewall tuvo un efecto de contagio hacia muchos países, hoy se celebra a nivel mundial el Día del Orgullo.

Este, como otros movimientos, se vieron atravesados por la cuestión de clase y de género generando formas de segregación hacia las personas trans, bisexuales, entre otras, una cuestión no resuelta hasta la actualidad, solo que “lo políticamente correcto” contemporáneo impera, aunque muchas veces en lo discursivo y no en los actos. Sin embargo, en cada marcha del orgullo, luego de largas negociaciones, concurren y marchan juntes -aunque sea simbólicamente- Lesbianas, Gays, Trans, Bisexuales, Intersexuales y Queers, logrando en muchas partes la atención de la prensa y la opinión pública.

En la actualidad, en muchos países, los edificios públicos se visten con el arco iris, se realizan festivales entorno a la semana del orgullo, campañas y talleres en centros educativos y empresas, ampliando el impacto educativo y de concientización de la conmemoración. El resto del año, quienes trabajan y militan sobre estos temas es una pequeña minoría de personas respecto de las que inundan las calles el Día del Orgullo.

La décadas del miedo

Durante los años posteriores a Stonewall, la comunidad pudo disfrutar en muchas partes del mundo un destape progresivo y una mayor libertad de expresión de las diversidades de orientaciones e identidades, logrando un esparcimiento con menor grado de persecución.

El fin de semana pasado, más de 3 millones de personas marcharon en Sao Paulo.

A principio de la década de los 80, tomaría estado público esa rara enfermedad, el sida, que afectaba sobre todo a hombres que tenían relaciones sexuales con otros hombres. Durante los primeros quince años de la epidemia, el virus del VIH, sin un tratamiento efectivo, diezmó el movimiento, arrebatándole la vida a una parte importante de la comunidad. Pero también, trajo aparejado el miedo, el estigma y la discriminación.

En la actualidad, la mayoría de los varones gais, bisexuales y personas trans son contemporáneos al sida. Una minoría de supervivientes lleva grabado en sus cuerpos el haber vivido la mayor parte de su vida sexualmente activa con el virus o con el temor de adquirirlo.

Un presente de esperanza

Hoy, todas aquellas personas que viven con VIH, están en tratamiento y con carga viral indetectable saben a ciencia cierta que no pueden transmitir el virus, y esto, además de su beneficio sanitario, tiene un poderoso efecto en la reducción del auto-estigma y el miedo de transmitir el virus. Pero lo que es aún más importante, es la variedad de esquemas antirretrovirales que han logrado detener completamente el avance del virus en el organismo y los daños al sistema inmune.

El concepto de “indetectable es igual a intransmisible” desactiva la profunda sensación de transitar la vida pudiendo poner en riesgo al otro. Sumado a esto, la ciencia aplicada a la prevención combinada, nos ha provisto de la Profilaxis Pre-exposición (PrEP) que permite que una personas VIH negativa, continúe siéndolo, aun cuando no utilizara condones. Quizás entonces, se logre prácticamente reducir a su mínima expresión la circulación del VIH antes del descubrimiento de una vacuna.

Estas intervenciones y abordajes, sin embargo, han polarizado una parte del movimiento, con el empleo incluso de argumentos moralistas que nos empujan en un túnel del tiempo a los 80, cuando los gobiernos y algunas organizaciones se negaban a entregar preservativos pues “promovería el aumento del número de relaciones sexuales y no protegían contra algunas ITS”. Lo que no es otra cosa que empujarnos aún más atrás en la historia, antes del 28 de junio de 1969.

En la respuesta al VIH y al sida, y en particular para Gais, HSH y personas Trans estamos en un punto de inflexión, dónde la gente se releva a las instituciones, incluso de su propia comunidad para gozar de la vida.  Por ahora, la diferencia entre el mejor acceso a tratamiento integral de la infección por VIH y enfermarse de complicaciones relacionadas con el virus, esta dictado por tu código postal. Si aún eres VIH negativo, y formas parte del 50% de tu comunidad, que no usa condón o lo hace en forma inconsistente, ya estarás tomando la PrEP, si eres de clase media alta o clase alta, si tienes recursos para comprarte los medicamentos que te protegen con un 99% éxito de la infección por VIH. El resto, la mayoría, por ahora o tienen suerte de no infectarse o integran el número de miles nuevas infecciones que se notifican en nuestros países. Porque vivir con VIH y vivir sin VIH, independientemente de tu comportamiento, es un derecho, un derecho sexual, y un deber de nuestros Estados de proveer los medios necesarios.

Aun cuando las organizaciones LGTBIQ y de trabajo en VIH han sido y son instrumentales para una mejora progresiva en el pleno ejercicio de los derechos y de un vida plena, vienen perdiendo la capacidad de sostener un movimiento con una masa crítica de personas activamente involucradas. Pues la mayoría de las personas de nuestras comunidades, entre marcha y marcha del orgullo, aún en la era de las redes sociales, son espectadores de las luchas y beneficiarios de los logros.

Quizás sea tiempo de promover un cambio u otro punto de inflexión. Mientras tanto, este 28 de junio, por todas y todos aquellos que aún siguen reprimidos, discriminados y segregados, pintemos las calles de nuestras ciudades con los colores del arco iris, sin dar un paso atrás por los derechos, el respeto y el orgullo de ser.

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