Juan Luis Salinas hizo público que es una persona con VIH con el libro “El peso de la sangre. Viaje personal al Sida” este 2019. Desde su experiencia y desde su trabajo como periodista, pudo urdir una historia que no solo es confesional sino también la historia de la repuesta a la epidemia en Chile que, en los dos últimos informes de ONUSIDA, ha presentado un alza significativa de nuevos diagnósticos respecto a sus pares de América Latina.

En su libro también cuenta lo que atestiguó en República Dominicana o en la República Democrática del Congo; y el modo en que la ruta de la migración haitiana y venezolana ha impactado en el cono sur del continente. Hay muchas voces en su crónica: De personas que se levantaron como héroes en la lucha de la sociedad civil o que se ahogaron prematuramente en la muerte por la discriminación y la inacción del Estado chileno.

“La frase la escribí tres veces. Tengo Sida”. Así empieza el relato de Juan Luis Salinas en “El peso de la sangre”.

Corresponsales Clave pudo conversar con Salinas, que, en 2018, ganó uno de los premios del Tercer Concurso de Periodismo de Investigación en VIH y Sida de la Aids Healthcare Foundation y UNESCO, sobre las lecciones de la historia del virus en Chile y sobre el modo en que la epidemia se ha vivido, de diversas maneras, en América.

Corresponsales Clave: ¿Qué caracterizó el movimiento social en respuesta al VIH en Chile?

Juan Luis Salinas: A diferencia de Estados Unidos o de países europeos como Francia e Inglaterra, donde los movimientos sociales empezaron casi de inmediato o a los pocos años que aparece el virus; en Chile, los movimientos sociales para defender los derechos de los enfermos o para pedir ayuda respecto a medicamentos fueron súper tardíos. Todo parte súper tímidamente. Durante los ochenta, se hacen unos grupos de conversación muy clandestinos, obviamente porque estábamos en dictadura, donde participan solo algunos. Las organizaciones civiles empezaron a organizarse entre los enfermos de los hospitales, porque muchos de ellos, a principios de los noventa, habían sido expulsados de sus trabajos y no los querían ver en sus casas. Entonces, empezaron a pulular en los centros médicos para matar el día. En el Hospital San Borja Arriarán (de la capital) se creó la Fundación Arriarán que fue súper básica. Se empezaron a hacer ciclos de conversación y a dar comida, inclusive, a la gente. Y de ahí empieza tímida, tímidamente, la lucha de las organizaciones civiles, pero era todo de puertas adentro. Eran organizaciones como “centros de madres”, comunitarias, nada era de acción directa o salir a la calle o protestar. Eso solo empieza después de 1996, cuando se asume la terapia efectiva en el mundo y a Chile no llega esa terapia y empiezan a exigirla y no obtienen respuesta del gobierno. Comienzan los primeros recursos de protección porque los enfermos querían los medicamentos.

Juan Luis Salinas junto al escritor Oscar Contardo y la infectóloga Claudia Cortés de Fundación Arriarán en la discreta presentación del libro en Santiago en medio del estallido social del país.

El asunto es que la lucha de esas organizaciones termina cuando la presidenta Michelle Bachelet, siendo ministra de salud, garantiza que estos medicamentos serán entregados al 60 por ciento de los enfermos de FONASA (el seguro público de salud). Cosa que no fue tan así, pero que los tranquilizó. Amainó la tormenta. Hasta que llegó el Plan AUGE (sistema de garantías explícitas en salud) y después vino el rollo con el Fondo Mundial (de lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria) que lo perdimos por un mal manejo y un desfalco de dinero. Desde ese momento, el ministerio de salud desarticula todas las organizaciones civiles intrahospitalarias. Sin eso, todo quedó en nada. Y si a eso se suma la falta de campañas (de prevención), fue una mezcla para que todo se fuera al carajo.

CC: ¿Crees que la situación de la respuesta estatal al VIH en Chile ha sido muy distinta al resto de América Latina y el Caribe?

JLS: La respuesta de Chile durante la vuelta a la democracia fue muy mala, bien básica. De hecho, más fuerte e impecable fue lo que hizo México o Venezuela. Este último país, hasta antes de la crisis, incluso con Chávez, tuvo un sistema médico de primera para las personas con VIH. Después vino Maduro, vino todo el descalabre y ahí se produjo el desabastecimiento. Argentina también tuvo una buena respuesta al VIH y Brasil también fue uno de los primeros en trabajar, saltarse las patentes de medicamentos y trabajar en prevención con campañas más directas. De lo que he leído en reportajes, ahora, especialmente en los países de Centroamérica o del Caribe, la tasa de infecciones es muy alto, no existen cifras claras, hay situaciones en que no hay control en los bancos de sangre, la transmisión vertical es muy alta, hay esterilizaciones y estigmatización para las personas con VIH. Son echados, incluso, de sus trabajos.

CC: ¿Cuál ha sido el impacto de la migración en los últimos años en la respuesta al VIH en Chile?

JLS: Hay algo que siempre he dicho: El VIH es un virus migrante. Ha viajado por el mundo. En África, las personas migran a otros países en busca de medicamentos por situaciones sociopolíticas y conflictos. En la India, las personas de países cercanos van ahí a pedir tratamiento. En Chile, nos asombramos porque llegaron los venezolanos en los últimos dos años. Ellos viven una crisis humanitaria real y concreta. Necesitan los medicamentos. Venezuela fue clave para los países de la región: Colombia, Panamá y de El Caribe. Incluso hubo chilenos que iban a buscar terapia allá. Que ahora los venezolanos vengan a buscar terapia a Chile no me parece extraño. Es algo súper humano. Es devolver la mano. Yo mismo fui a buscar medicamentos a Brasil y a Estados Unidos. No considero que estuviera haciendo algo malo. Solo estaba sobreviviendo.

Me parece que es más terrible aún lo que pasa con los haitianos. Nos asombramos que sean diagnosticados tardíamente con VIH o que lleguen gestantes con VIH, pero no entendemos la barrera cultural, el idioma, ni su historia ni la forma de ver el mundo. Es un país en constante crisis y, por lo mismo, no hay centros médicos. Las mujeres tienen a sus hijos sin controles médicos. El parto domiciliario es de lo más normal. La muerte de los recién nacidos es muy alta. Hay que entender ese contexto y no culpabilizarlas. Entonces, condenar al migrante como causa probable del aumento del VIH en Chile me parece súper irresponsable, porque, si miramos las cifras, esto viene creciendo desde mucho antes que llegaran los migrantes.

CC: ¿Qué lecciones puede sacar la sociedad civil en respuesta al VIH de la historia de la pandemia en Chile?

JLS: Las lecciones son muchas. Tenemos que terminar con la discriminación. Sí, aún existe. Aún se mira raro a las personas con VIH. Se les culpabiliza. También, tenemos que entender que el VIH nunca se ha ido. Yo vi un titular en un diario, cuando salieron las notas del crecimiento alarmante del VIH en Chile, que decía: “Volvió el Sida”. Me pareció de una insolencia y de una estupidez tremenda. Todavía hay gente que muere y el Sida está muy asociado a la pobreza. Y hay que entender que lo que ha pasado con la historia del virus en Chile reflejó muy bien los problemas que hay en la salud pública chilena: Desconocer, ignorar las cosas; esconder cifras; y tratar de minimizar los problemas. Las personas con VIH deben esperar mucho en los hospitales públicos para acceder a un examen o a una consulta médica cuando tienen un problema específico. Creo que la sociedad civil tiene que entender que los primeros discriminados por este sistema, en los últimos 30 años, fueron las personas con VIH.

Si bien “El peso de la sangre” está disponible en las librerías de Chile, es posible descargarlo en las plataformas Amazon, Googleplay y Itunes. Asimismo, uno de los capítulos del libro: “Generación sin miedo” fue publicado, como adelanto, en la revista electrónica The Clinic, puede verlo en este vínculo http://bit.ly/2ZZyRSA_Chile.

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