Si tienes menos de 65 años, es probable que el peor momento de tu vida lo pases esperando al virus, que quizás no llegue, y si te llega, sea como una mala gripe. La cuarentena es quizás una de las situaciones más dañinas psicológica y emocionalmente; necesaria, pues cumple seguramente su razón de ser en la protección y contención de la circulación viral, pero no por eso menos dañina.

Mal organizada y mal llevada, una cuarentena es altamente peligrosa. Imagina que no pudieron encontrar un peor sinónimo que “distanciamiento social”, término tan cargado de connotaciones negativas. Si tienes el privilegio de no vivir solo pero tampoco amontonados, no estás solo, no estás distanciado de personas con las que estableces relaciones sociales. Sean estas más o menos disfuncionales, pero si no puedes salir a la calle, al menos tienes alguien con quien comunicarte y llevar adelante una vida social.

La crítica y la desvalorización del mundo virtual, quedará saldada luego de esta cuarentena.

Redes sociales y soledad

Solteros y solteras (separades y divorciades) del mundo, por obligación o por opción, adultos mayores, en parejas o viudos son -sin lugar a duda- las personas que más sufren del confinamiento obligatorio. Sobre todo porque mucha gente que normalmente interactúa con ellos y ellas no se les ocurren muchas buenas ideas para reemplazar la presencia física.

Habrá muchas cosas que cambiarán post-COVID-19, pero la crítica y desvalorización al mundo virtual, quedará saldada. Debes tener muchos amigos, amigas y familiares que están pasando la cuarentena solos, sea quizás una buena idea pensar formas creativas de no abandonarles.

Mi madre juega a los dados con sus nietos por Skype, de esa forma ellos no se aburren y mi madre se da el gusto de verlos y jugar, en una situación menos forzada, que un llamado dónde los padres fuerzan a sus hijos a mantener una conversación con sus abuelos. Mi madre también disfruta descubrir, con el apoyo de mi hermano y el mío, el mundo de la banca virtual y así pagar las cuentas que nunca se animó a poner en débito automático. También tenemos la hora diaria en la que ella me cuenta todos los fake-news y cadenas horribles de WhatsApp y yo la ayudo a desactivarlas. Pero no puedo dejar de pensar, que tiene salud y alma joven, aunque los días se hacen eternos, para todos, y para algunos más.

También, puedes organizar tu edificio o comuna, hablar entre vecinos, hacer un listado de las personas vulnerables y aquellos que estén solos a metros de distancia, pues vemos en los países más golpeados, personas solas, adultos mayores y personas con discapacidad que mueren solos y a veces de hambre. Si cada edificio pudiera hacer eso, de seguro barajaría la morbi-mortalidad del COVID19.

El aquí y ahora

¿Quién no ha hecho algún taller, curso o practicado Mindfulness con un podcast? Bueno, parte del concepto central de esta práctica (como de otras similares) es el de conectarse con el aquí y ahora. Gestionar y gobernar nuestra mente, siempre inquieta que piensa y sueña futuros tenebrosos.  Bueno, parecería que el aquí y ahora es sombrío y los vaticinios científicos sobre el futuro no son mejores. Yo creo que meditar o hacer ejercicios de respiración sirven para parar la cabeza cuando empieza a conducirse en dirección a lo oscuro y profundo del miedo y la incertidumbre, así que nunca está de más buscarse algunos audios. Vivir positivamente en cuarentena, cuando parece que la pandemia está arrasando el planeta puede ser el resultado de una mente muy sabia, mucha práctica formal de la meditación, yoga y sucedáneos, o una distorsión del campo de la realidad que nos haga negar la realidad.

Ahora mantente lejos de la televisión, que no sea para ver ficción, porque tu estado de bienestar se evaporará muy rápido.

El periodismo carroñero

Creo que los medios de comunicación están mostrando su lado más pobre y mediocre. Necesitan hablar de la epidemia las 24 horas del día los siete días de la semana, eso requiere decir muchas medias verdades y repetirlas hasta el cansancio, preguntar 25 veces los mismo a 25 infectólogos en el mismo día, algunos de los cuáles no saben mucho de COVID-19 y colaboran con la confusión generalizada.

Por un lado, los medios se transforman, junto a los uniformados, en la regla para pegarles en los dedos a los díscolos ciudadanos que pisan la calle sin una razón aparente. Son quizás la más eficaz caja de resonancia del discurso represivo. Y además son la fuente más eficiente de desinformación y sensación de catástrofe. No están formados para comunicar en crisis y en emergencias sanitarias, y si lo estuvieran, trabajan en empresas privadas que lo que busca es raiting, que se traduce en pautas publicitarias. Vemos la colección más completa y diversa de la mala práctica periodística, sumado a una narrativa vigilante y patriotera. Además, han perdido todo espíritu crítico, dado que una de las funciones de la prensa es vigilar y denunciar los excesos del Estado. Estamos en estado sitio, aunque lo presenten como una cuarentena y es difícil que no haya algunos abusos en su implementación.

Prevención y salud para la clase media

Toda la narrativa y comunicación en torno a la pandemia del Coronavirus está dirigida para la clase medida (además de las clases altas). Primero, el COVID-19, salvo en China es importado, ¿quién lo trajo a país?, además de aquellos que viajan al exterior por trabajo, todos aquellos privilegiados que vacacionaron en el exterior. Nos olvidamos de que los países de América Latina, por las dictaduras y los desaguisados económicos, tenemos una gigante diáspora en el exterior, y hay muchos padres, hermanos y abuelos que juntan cada moneda para ir o traer de visita a su familia expatriada. No todo es parques temáticos en Orlando y Museos en Europa.

Con el hashtag #QuedateEnCasa, los países han tomado medidas de cuarentena.

Al menos el Estado Argentino, quebrado, pero presente, está inyectando grandes sumas de dinero en las clases más desfavorecidas para que el hambre no los mate o no los declare en rebeldía y desobediencia civil; pero la mayoría de los internados y fallecidos en países aún con bajas prevalencias son de clase media.

Todas las campañas de prevención se centran en el lavado de manos con agua y jabón; pues sucede que entre un 30 a 40 por ciento de los ciudadanos de esta región no tiene ni tendrá acceso a agua corriente y segura. Muchas obras de infraestructura de aguas seguras se las quemó la corrupción. Ni que hablar del alcohol en gel, cuyo precio es prohibitivo.

Las compras de supermercado en línea, el delivery de diversos productos y la atención médica y psicológica en línea solo benefician a una determinada clase. Las cuarentenas son democráticas, pero no equitativas, siempre sufrirá el que menos tiene. Y un Estado presente puede subsanar con medidas de contención social a los más pobres, un segmento que irá creciendo. Saquemos de la ecuación casas de preparación de comida, tiendas de venta de alimentos (incluyendo veterinarias) y farmacias/droguerías, el resto de los comercios están cerrados, sus dueños quebrados y sus empleados sin trabajo. Lo mismo ocurre en las grandes empresas, por ejemplo, las automotrices no ensamblan más automóviles, ¿que vendrá después de esto?, despidos masivos.

Ciencia, medicina y las emergencias

Los gobiernos más juiciosos han conformado un comité de expertos, en su mayoría médicos y médicas especialistas en infectología, virólogos e investigadores, que sabrán más o menos de los coronavirus y , recordemos que éste es nuevo, conocen como podría desarrollarse en el cuerpo humano, incluyendo la sintomatología. Sin han estudiado salud pública, quizás desconozcan el ejercicio de la medicina en contexto desafiantes, de emergencias, epidemias u otras catástrofes naturales.

Primero, el COVID19 no ingresa y se reproduce en entes iguales según género edad y condición física, sino en personas, en las que se agrupan un montón de variables que omiten. Hay casas, hoteles y pensiones, dónde en un solo dormitorio vive una familia entera y si uno o más de sus integrantes se enfermaran no hay forma de aislarlo.

Entonces, la respuesta de un Estado presente es construir hospitales de campaña y poner a disposición miles de camas, pero sabemos que muchas personas, por diversos motivos, no concurren espontáneamente a un servicio de salud. Las emergencias requieren mucho trabajo sanitario extramuros, y no de voluntarios sino de profesionales capacitados. Operar en un estado de emergencia es una especialidad de la medicina y la salud pública, que no sirve solo realizar una especialización o un post-grado, sino tener experiencia real en como trabajar en esas condiciones. ¿Cuántos profesionales de la salud tenemos formados para trabajar en un contexto de un desastre de esta naturaleza? Es obvia la carencia, porque tampoco se les ve en los comités de expertos. Los expertos responden dudas, comparten información y conocimiento, pero no gestionan. Desconocen, en su gran mayoría como organizar un sistema que atienda lo urgente, la epidemia, la prevención y tratamiento de los afectados, y al mismo tiempo un equipo que siga con la práctica de la continuidad de las operaciones, atendiendo a los desafíos, por ejemplo, de la cuarentena.

Entonces vemos en los países de la región miles de personas que dependen de antirretrovirales, drogas oncológicas, insulina, etc., distanciados de esa medicación vital por la cuarentena. Y gobiernos que han pensado en excepciones como el delivery de la pizza, pero no como una persona con VIH llega a buscar sus antirretrovirales. Y desde los presidentes hasta el personal de salud que entrevistan en la puerta de una clínica, si van a ser voceros, requieren del apoyo de expertos en comunicaciones en crisis, que los preparen y revisen qué y cómo se dice. Sin trabajo en equipo, sin saber lo que se sabe y lo que no, la respuesta es limitada.

El COVID19 llegó para quedarse, aún con vacuna y antibiótico, y que lleguen en forma equitativa a quienes lo necesitan; nos queda por delante reconstruir nuestros países, sus sistemas y la economía.

Son años por delante, con el virus domesticado. Hay lecciones que podemos aprender de otras epidemias, con el sida, para evitar el estigma, la discriminación y criminalización, pero no alcanzan. El mundo no aprendió del Ebola, de Venezuela o de Haití y ahora nos tenemos que poner a prueba. Las sociedades son más resilientes que sus sistemas (ha quedado claro y evidente) y no hay duda de que este coronavirus no es nada cercano a un apocalipsis, pero sí una crisis global que sacudirá los cimientos de muchas de las cosas que creemos y hacemos, de las instituciones y el rol que nos toca jugar.

No podemos omitir la labor heroica de profesionales de la salud que están en el frente de la epidemia, en los centros de salud y en las ambulancias, como tampoco de billones de personas que han mostrado su mejor lado, el de la solidaridad y el amor hacia los suyos y los extraños.

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